Hoy existen condiciones objetivas para dar un salto en la relación bilateral. Pero ese salto no será automático.

La coordinación reciente entre ambos países no solo aborda la frontera: abre una oportunidad concreta para avanzar hacia una integración estratégica sin precedentes.

Hay momentos en política exterior donde los hechos, más que los discursos, marcan el inicio de una nueva etapa.

El reciente diálogo entre la Cancillería de Chile y la Cancillería del Perú da cuenta precisamente de eso: una relación bilateral que comienza a operar con mayor coordinación, sentido práctico y proyección.

Pero lo verdaderamente relevante no es solo la instancia, sino su contenido.

Ambos países coincidieron en la necesidad de impedir el tránsito irregular de migrantes y enfrentar el crimen organizado transnacional en la frontera, junto con reforzar el funcionamiento del complejo fronterizo Chacalluta–Santa Rosa.

Por parte de Chile, se expusieron medidas orientadas a fortalecer el control fronterizo, en un contexto que comienza a desarrollarse con mayor coordinación con el Perú.

Ese punto es significativo. Porque refleja una disposición a avanzar en una mayor coordinación, con efectos concretos en la gestión del territorio.

Una política exterior que prioriza la región

Este giro se inserta en una definición más amplia impulsada por el presidente José Antonio Kast. Su administración ha planteado con claridad que Chile debe fortalecer sus vínculos con los países vecinos como parte de su estrategia de desarrollo, resguardando relaciones comerciales estables y proyectando una inserción regional más activa.

En esa línea, ha identificado a Argentina, Bolivia, Perú y Ecuador como socios estratégicos, entendiendo que el crecimiento de Chile también depende de la solidez de su entorno.

En el caso peruano, el énfasis en la estabilidad política responde a una lógica concreta: condiciones sostenibles para el comercio, la inversión e integración económica.

De la gestión a la oportunidad

A partir de este nuevo contexto, el desafío es evidente: pasar de la coordinación a la construcción de una agenda estratégica.

Porque -y este es el punto central- la frontera deja de ser concebida únicamente como un desafío de gestión y comienza a proyectarse como un espacio donde es posible construir valor compartido.

La zona franca del cobre: de propuesta a arquitectura estratégica

En ese escenario, el debate ya ha dado un salto cualitativo.

Tal como lo señalé hace una semana ante una nutrida audiencia en el Instituto de Ingenieros de Minas de Chile -en línea con lo ya expuesto previamente en el Instituto de Ingenieros de Minas del Perú-, la creación de una zona franca del cobre entre Chile y Perú debe entenderse no como un instrumento aislado, sino como la base de un ecosistema industrial binacional.

Esto implica avanzar hacia una plataforma que integre: corredores logísticos y puertos, plantas de procesamiento, servicios industriales y metalmecánicos, e infraestructura estratégica, incluyendo la proyección de un ferrocarril binacional del cobre.

El objetivo es claro, dejar de exportar materia prima y avanzar hacia la producción conjunta de bienes con mayor valor agregado, vinculados a la industria global, la electromovilidad y la transición energética.

Se trata de una iniciativa que he promovido de manera sostenida en espacios técnicos y académicos en ambos países, y que hoy encuentra condiciones particularmente propicias para ser analizada a nivel de política pública.

El siguiente paso: abrir la discusión

Corresponde ahora que esta propuesta entre en fase de análisis institucional.

Por tanto, en Chile, ello debiera involucrar al Ministerio de Minería, bajo la conducción del ministro Daniel Mas, junto a los principales gremios del sector, como Sonami, el Consejo Minero y el propio Instituto de Ingenieros de Minas, que a través de la conducción de su presidente y directiva han sido muy receptivos y valorativos respecto de la iniciativa promovida.

Abrir un espacio técnico-estratégico para discutir esta iniciativa resulta fundamental, incorporando tanto la visión del sector público como del privado. Y, posteriormente, avanzar en un ejercicio equivalente con Perú, involucrando a sus autoridades sectoriales.

Porque proyectos de esta escala requieren coordinación binacional, visión de largo plazo y articulación público-privada efectiva.

Más allá del cobre: complementariedad real

La oportunidad, además, no se limita a la minería. Chile y Perú presentan espacios concretos de complementariedad en sectores como el agro, donde la asociatividad, la logística compartida y la proyección conjunta hacia mercados internacionales pueden generar ventajas competitivas significativas.

Pensar la relación bilateral en clave productiva implica justamente eso: identificar y activar esas sinergias.

Un cambio de clima

Lo que estamos viendo es un cambio de fondo. Chile y Perú comienzan a relacionarse desde: mayor coordinación, mayor realismo y una mirada estratégica compartida.

Se abre, en definitiva, una etapa donde la relación bilateral puede proyectarse desde la confianza, la complementariedad y la oportunidad.

Oportunidad que exige conducción

El futuro de la relación entre Chile y Perú no depende únicamente de la voluntad política. Depende también de la capacidad de comprender al otro en profundidad.

Perú es un país que exige conocimiento real: de sus tiempos, de sus códigos, de su forma de construir acuerdos. Es un país donde las relaciones se desarrollan con gradualidad, donde la confianza se construye y donde los procesos rara vez se resuelven mediante imposiciones.

Por eso, la relación bilateral requiere algo más que diplomacia tradicional. Requiere presencia efectiva en Lima, conocimiento directo del entorno político y económico, y capacidad de articulación con continuidad y criterio estratégico.

Hoy existen condiciones objetivas para dar un salto en la relación bilateral. Pero ese salto no será automático. Dependerá de contar con una conducción que entienda el Perú en profundidad y que sea capaz de traducir esta nueva etapa en resultados concretos.

Si eso ocurre, lo que hoy vemos como un avance en coordinación puede transformarse en algo mucho más relevante: una alianza moderna, estable y con proyección de largo plazo para ambos países.