Lo que vimos fue la confirmación de algo más profundo: la política chilena está hoy organizada en torno a una polarización estructural donde Boric y Kast, enfrentados, se necesitan mutuamente para existir políticamente

Hay semanas que en política producen ganancias estratégicas. Y hay otras que dejan pérdidas para todos los involucrados. La semana del conflicto entre Gabriel Boric y José Antonio Kast por el cable submarino chino pertenece claramente a la segunda categoría: una semana de números rojos para ambos.

Lo interesante es que este episodio no puede entenderse como un simple malentendido diplomático o un error comunicacional. Lo que vimos fue la expresión de una relación política más profunda que ambos actores han venido construyendo desde la campaña presidencial: la articulación de un polo político compartido de antagonismo estructural.

Desde hace tiempo Boric y Kast han operado —consciente o inconscientemente— como los polos de un mismo sistema de poder. Ambos representan extremos de una polarización que estructura el campo político chileno. De hecho, análisis recientes que hemos realizado a través de la encuesta de opinión pública de LCN muestran que las figuras de Boric y Kast aparecen alineadas (matemáticamente) en el mismo eje estructural del conflicto político chileno contemporáneo, un eje que organiza la confrontación histórica entre proyectos transformadores y proyectos de restauración del orden.

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Este es un hecho muy importante. Dicho de otro modo, significa que, aunque estén enfrentados, son mutuamente funcionales.

Boric entendió tempranamente esta lógica. Ya había derrotado a Kast en segunda vuelta en el 2021 y sabía que esa victoria lo convertía en su antagonista natural. Pero hacia el final de la campaña presidencial de noviembre tomó una decisión que en su momento pareció desconcertante: saltarse a la candidatura de Jeannette Jara y entrar en conflicto directo con Kast. Esa jugada fue leída por muchos como un gesto desleal dentro de su propio sector, que lo era.

Los presidentes del mismo sector que un candidato se retiran para no copar el espacio público y dejar lugar a su candidato que está en competencia. Los presidentes entienden que su lugar, en ese instante, está en la retaguardia. Pero el estilo de Boric nunca ha sido el trabajo en equipo y decidió reconstruir el antagonismo con Kast.

Con ello, además, prácticamente garantizaba el triunfo de él, ya que el grueso de la pérdida de votos de la izquierda se atribuye (con mucha razón) al debilitamiento electoral que generó el gobierno. Si Boric establecía su Némesis en Kast, aumentaba el valor de él. Por tanto, sí, era una deslealtad y un esfuerzo de apoyar a Kast porque veía en ese gobierno de derecha mejor expectativas que en los otros. Si Kaiser fuera presidente sería un líder relativamente equivalente y eso sería inconveniente. Si era Matthei, era un retorno a estructuras políticas anteriores y eso quita peso al Frente Amplio. Kast estaba bien. La jugada era inusualmente desleal, pero tenía lógica.

Y hay más. Al consolidar un antagonismo directo con Kast, Boric estaba construyendo un seguro de vida político para el futuro: garantizar su vigencia como el principal contrapunto del nuevo poder.

Kast, por su parte, vio exactamente lo mismo. La política chilena estaba reorganizándose en torno a ese eje. Cuando ganó la elección y tuvo la oportunidad de diseñar la llamada Oficina del Presidente Electo, decidió llevar esa lógica un paso más allá.

Anticipar el ejercicio del poder antes de asumir formalmente era una innovación política en Chile. Siempre hubo “Moneda chica”, pero nunca hubo un plan de pregobierno con alto contenido político. Ningún presidente electo había hecho algo semejante.

Esta semana se evaluará el experimento, ya habrá tiempo para analizarlo. Lo concreto es que la decisión de crear la Oficina del Presidente Electo generó una intensa actividad pública: reuniones, advertencias institucionales, viajes (incluyendo reunión con Trump), debates programáticos. Kast buscaba instalar la idea de que su gobierno ya estaba en marcha. Era una manera de enviar a Boric a la retaguardia antes incluso del cambio de mando.

El conflicto del cable submarino parecía ofrecerle a Kast la oportunidad perfecta para consolidar esa estrategia. Los errores del gobierno de Boric habían sido extraordinarios, más de lo normal, pero las versiones y las acciones emprendidas en torno al cable de la discordia habían pasado todos los límites.

Acá es donde la última semana de febrero había otorgado la gran oportunidad a Kast. Pero apenas entraba en marzo, con una semana diseñada para grandes éxitos, terminando en reunión con Trump; resulta que Kast tomó la decisión de asistir a la reunión para retirarse y construir un divorcio en medio del proceso de transición de gobierno. Es evidente que solicitar retractarse por haber mentido está fuera de las solicitudes viables en política. Kast, por la razón que sea que lo definió, buscaba romper con Boric. Y ocurrió. Desde entonces el cable desapareció y solo quedó el conflicto.

La ley número 1 de la gestión de crisis (cuando la crisis te conviene) es no convertir la crisis en conflicto. Este último tiende al empate, en cambio la crisis es una hemorragia para el afectado (en este caso, Boric). El equipo político de Kast, pensando que hundiría a Boric, no hizo más que desaprovechar su entrada triunfal al cambio de mando. Equivale a perder el penal de último minuto en una final empatada. Y más aún, equivale a lanzar la pelota tres metros sobre el travesaño.

Atrás quedó la enorme oportunidad. La narrativa era tentadora: el nuevo liderazgo corrigiendo los errores del anterior. Esta tentación fue tan fuerte que el propio Kast lo anunció: auditará todo el gobierno de Boric. En sí misma, la idea no es nueva. De hecho, forma parte de una vieja tradición política que suele explicarse con una anécdota muy conocida entre gobernantes.

La historia cuenta que un presidente saliente deja dos cartas cerradas para su sucesor, con la instrucción de abrir la primera cuando aparezca la primera gran crisis. Cuando ese momento llega, el nuevo gobernante abre la carta y encuentra una frase breve: “Échame la culpa de todo”. El recurso funciona por un tiempo. Pero cuando la crisis vuelve, abre la segunda carta. Allí encuentra una instrucción aún más simple: “Escribe dos cartas”. La moraleja es evidente: gobernar a partir de la crítica al antecesor es un recurso de corto plazo, útil para atravesar los primeros meses, pero incapaz de sostener un proyecto político propio.

Sin embargo, ese modelo —que durante décadas fue visto con cierta ironía en la política comparada— ha vuelto a ponerse de moda. En Chile existen ejemplos recientes muy visibles. La gestión municipal de Tomás Vodanovic en Maipú, por ejemplo, se consolidó inicialmente en torno a la judicialización de la administración anterior y a la exposición constante de irregularidades atribuidas a su antecesora. Algo similar ha ocurrido en otros niveles de gobierno: investigaciones, auditorías y querellas se han convertido en herramientas de posicionamiento político.

El fenómeno no es exclusivo de Chile; forma parte de un clima político más amplio en el que la denuncia suele generar más atención pública que la presentación de proyectos. En un escenario de desconfianza institucional —donde, según encuestas recientes, una mayoría de ciudadanos percibe que el país atraviesa una crisis prolongada— la crítica al pasado resulta muchas veces más rentable que la construcción del futuro. Esa tentación alcanzó también a Kast. Pero como suele ocurrir con la lógica de las dos cartas, la eficacia de ese recurso depende de algo muy simple: que la política no se quede atrapada demasiado tiempo en la primera carta.

Lo cierto es que no funcionó. La semana terminó mostrando que Boric logró su posición en la disputa por el control del relato desde la fallida reunión en La Moneda. Boric incluso quiso pasar a la ofensiva, intervenir rápidamente para explicar la situación y fijar su versión de los hechos, pero esa expectativa era irreal. El movimiento no logró ordenar el escenario.

Al mismo tiempo, el equipo del propio Kast cometió nuevos errores (declaraciones confusas, no compatibles entre Sedini, Kast y Valenzuela). Las tensiones internas y los vínculos de algunos futuros funcionarios con el proyecto del cable empezaron a enturbiar la historia. Lo que parecía un caso claro comenzó a transformarse en un campo de ambigüedades.

El resultado fue una escalada retórica que llevó el conflicto demasiado lejos. Hubo acusaciones implícitas de mentira, amenazas de ruptura en el proceso de transición y declaraciones altisonantes de que ambos líderes no volverían a reunirse antes del 11 de marzo. En política esas frases suelen marcar puntos de no retorno. Pero también suelen revelar algo más simple: una sobre-reacción táctica.

Los datos de opinión pública ayudan a entender por qué esa escalada era peligrosa para ambos. La encuesta LCN de febrero muestra que 65% de los chilenos considera que el país atraviesa una crisis, mientras una mayoría significativa percibe que Chile está desordenado y sin rumbo claro.

En ese contexto, la ciudadanía no busca espectáculos políticos sino señales de conducción. La política de confrontación permanente puede ser eficaz en campaña, pero resulta menos tolerable cuando se espera estabilidad institucional.

Además, el sistema político chileno parece estar moviéndose hacia una estructura de conflicto cada vez más rígida. El análisis factorial de la encuesta muestra que las figuras asociadas a los polos históricos —Allende/Boric por un lado y Pinochet/Kast por el otro— se alinean casi completamente en un mismo eje estructural del sistema político. En términos simples, la política chilena está organizada por una polarización muy profunda, con pocos espacios intermedios. Esa estructura puede producir movilización electoral, pero también genera fatiga institucional.

Tal vez por eso, después de una semana de declaraciones incendiarias, ambos líderes terminaron retrocediendo. Aquella frase rotunda —que no se verían hasta el cambio de mando— terminó diluyéndose rápidamente. Finalmente sí hubo una última reunión antes del 11 de marzo. No hubo altisonancias, ambos con la cola entre las piernas. No es difícil imaginar cómo se llegó a esa decisión. Al revisar el balance de la semana, el resultado era evidente: pérdidas para ambos.

Boric no logró recuperar completamente la iniciativa narrativa y quedó atrapado en una controversia que no controlaba. Kast tampoco consiguió la victoria política que esperaba antes de asumir. Lo que debía ser un golpe de autoridad terminó siendo una discusión confusa que afectó la transición presidencial.

La política tiene un modo simple de medir sus episodios: ganancias y pérdidas. Esta semana, para ambos, el resultado es claro. Números rojos. Un empate desagradable para ambas partes.

La reunión que ahora ocurrirá antes del cambio de mando probablemente permitirá cerrar el episodio con una fórmula diplomática: hubo comunicaciones, hubo interpretaciones distintas, lo importante es la estabilidad institucional. Ese tipo de salida es habitual. Pero no debe ocultar lo más interesante que dejó esta semana: que ambos buscaron la guerra y que encontraron una paz desagradable y amarga, pues ambos quedaron debilitados. Y a ninguno le conviene que esa estructura subyacente se rompa. Son los enemigos favoritos.

Lo que vimos no fue solo un conflicto por un cable submarino. Lo que vimos fue la confirmación de algo más profundo: la política chilena está hoy organizada en torno a una polarización estructural donde Boric y Kast, enfrentados, se necesitan mutuamente para existir políticamente.

Y cuando ambos polos cometen errores al mismo tiempo aparecen los números rojos. Y de esta historia surge una conclusión que nunca hay que desestimar: que en la política actual son los errores más que los aciertos los que construyen los escenarios. Puede sonar triste, pero como dijo Serrat, nunca es dura la verdad, lo que no tiene es remedio.