El riesgo para el gobierno saliente es que su cierre quede definido exclusivamente por la narrativa del sucesor. En ausencia de una agenda potente en estos días finales, el balance del ciclo queda abierto a interpretación externa. Y en política, quien controla la interpretación controla la memoria.
A quince días del cambio de mando, lo que estamos observando no es simplemente el cierre administrativo de un período presidencial. Es algo más profundo: la instalación de un gobierno en fase de administración de salida. Una categoría que en la literatura sobre transiciones políticas describe el momento en que el Ejecutivo conserva formalmente sus atribuciones, pero ha perdido su capacidad efectiva de fijar agenda, ordenar prioridades y estructurar el debate público.
En los regímenes presidencialistas, donde el poder se concentra simbólica y decisionalmente en la figura del jefe de Estado, el desplazamiento del centro de gravedad ocurre con rapidez.
No hace falta que el mandato termine para que la autoridad política se diluya. Basta con que el sistema —actores económicos, partidos, medios, gobiernos extranjeros— internalice que el ciclo concluyó. Desde ese momento, el poder empieza a migrar hacia quien encarna el futuro.
Eso es lo que hoy se percibe en torno al gobierno de Gabriel Boric. No se trata necesariamente de inacción administrativa. El Estado sigue funcionando, los ministerios despachan, los servicios operan. Pero el impulso político está agotado. No hay anuncios de alto impacto, no se abren nuevos debates estructurales, no se observan intentos de fijar el marco interpretativo del cierre. Más que proyectar, se gestiona el término.
La lógica dominante ya no es la de la expansión programática sino la del cierre de ciclos. La preocupación parece estar puesta en ordenar pendientes, concluir reformas en trámite, consolidar legados parciales y asegurar que la transición ocurra sin sobresaltos.
Es una racionalidad comprensible: todo gobierno enfrenta, en sus últimos días, una reducción inevitable de su margen de maniobra. Pero el contraste con el dinamismo del presidente electo acentúa la percepción de repliegue.
En paralelo, el mandatario entrante comienza a comportarse como poder efectivo antes de asumir. Viajes internacionales, señales económicas, conversaciones con actores estratégicos y definición anticipada de equipos no son solo gestos protocolares. Son actos performativos de autoridad.
El mensaje es claro: el próximo ciclo ya comenzó. En términos políticos, el tiempo dejó de contarse en función de lo que resta al gobierno saliente y empezó a medirse en relación con lo que vendrá.
Este fenómeno no es exclusivo de Chile. En sistemas presidencialistas, la asimetría temporal es decisiva. El gobernante en retirada opera bajo la lógica del “cierre”, mientras el entrante lo hace bajo la expectativa del “comienzo”. Y en política, la expectativa moviliza más que la conclusión. La opinión pública, los mercados y los propios partidos tienden a alinearse con quien concentra la promesa de decisión futura.
Sin embargo, una administración de salida no es irrelevante. Su responsabilidad institucional es garantizar estabilidad, preservar la continuidad del Estado y evitar decisiones de última hora que comprometan al sucesor. La prudencia es una virtud en este momento. El problema surge cuando esa prudencia se transforma en vaciamiento político. Cuando no solo se evita innovar, sino que se renuncia a orientar el relato final del período.
El riesgo para el gobierno saliente es que su cierre quede definido exclusivamente por la narrativa del sucesor. En ausencia de una agenda potente en estos días finales, el balance del ciclo queda abierto a interpretación externa. Y en política, quien controla la interpretación controla la memoria.
Lo que estamos viendo, entonces, no es solo un gobierno que cuenta los días. Es la manifestación visible de un traspaso anticipado de centralidad. El poder formal permanece en La Moneda hasta el último minuto. Pero el poder real —entendido como capacidad de fijar prioridades, estructurar expectativas y ordenar alineamientos— ya comenzó a desplazarse.
Las transiciones ordenadas son una fortaleza democrática. Pero también son momentos de redefinición simbólica. En estos quince días finales, más que decisiones administrativas, lo que está en juego es la manera en que se cerrará el ciclo político iniciado en 2022. Porque en política, el modo en que se termina suele pesar tanto como la forma en que se comenzó.
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