Para toda zona considerada parte de sus intereses, no habrá ley moral ni jurídica capaz de detener esta insaciable ambición de dominio.

Las grandes potencias de la antigüedad son hoy países pequeños o incluso simples regiones absorbidas por otros Estados. De los imperios egipcio, persa, romano, portugués, español, otomano… solo persisten sombras y, a veces, los ecos de un pasado de gloria. Hasta época reciente, Inglaterra y Francia eran potencias mundiales con dominios extensos en varios continentes. Pero, a imagen y semejanza de los seres vivientes, los imperios nacen, se desarrollan, se agostan y mueren.

Los Estados Unidos son, desde hace más de un siglo, la genuina expresión de poderío de un imperio. Vencedores de dos guerras mundiales, único país en haber usado el arma atómica, con un espectacular desarrollo económico, armamentístico y científico, se consolidaron como líder mundial que derrotó a los socialismos reales y ganó la Guerra Fría. Su moneda sirvió de referente en el comercio mundial, y la carrera espacial y nuclear consolidó su poderío.

Sin embargo, como en todos los ámbitos, la evolución de la humanidad se ha vuelto acelerada, y lo que hasta hace muy poco parecía consolidado es susceptible de derrumbarse.

Un águila en descenso

Desde aquella guerra perdida en Vietnam, en la que los B52 bombardeaban con napalm a vietcongs y a niños indefensos, con excepción de dos invasiones puntuales (a Granada en 1983 y a Panamá en 1989), los Estados Unidos han salido derrotados y a la deriva en todos los conflictos bélicos en los que han participado. La debacle sufrida en Afganistán desacreditó su poderío y enlodó su prestigio.

El modelo económico basado no solo en la libre competencia y el mercado, sino también en el rol asignado a los países dependientes, ha impulsado a una fuerte concentración de capital y riqueza, posicionando a una élite cada vez más gravitante en una situación de monopolio que fagocita el poder.

El colapso de la paridad dólar-oro, durante el gobierno de Nixon (¡gracias a Charles de Gaulle!) hizo que el referente pasara a ser únicamente la “confianza”, lo que fragilizó el sistema monetario y afectó la credibilidad del billete verde con el lema “in God we trust”.

En la carrera del desarrollo tecnológico e industrial, el gigante americano ha perdido competitividad e influencia. Las industrias de electrodomésticos, computadores, fármacos, productos químicos, automóviles y aviones… han diversificado sus centros de innovación y fabricación. De las universidades de China y de la India se gradúan anualmente casi 3 millones de ingenieros, quienes después participan en el desarrollo científico y tecnológico de sus países.

En lo social, las desigualdades se han incrementado de un modo tal que una parte importante de la población ha ido quedando rezagada de las bonanzas de un “welfare”, considerado un pacto social de la nación, e ideologizado como el “sueño americano”. Inmigración descontrolada, deterioro educativo y sanitario, narcotráfico y consumo de drogas han hecho el resto…Una parte de la población de los Estados Unidos deambula hoy en la marginalidad de un sistema excluyente.

Finalmente, la aparición de nuevas potencias ha modificado el escenario geopolítico, haciéndolo cada vez más multipolar y reconfigurando bloques y alianzas. El fenómeno es acelerado y constante. Como es lógico, el imperio se siente amenazado y busca protección y reacción.

Los zarpazos de la desesperación

En este marco de decadencia, las alternativas políticas ofrecidas por Republicanos y Demócratas se han ido polarizando hasta llegar a la segunda elección de un hombre procesado por múltiples delitos tales como obstrucción a la justicia, falsificación de documentos, declaraciones falsas y conspiración.

La consigna de campaña y gestión “Hagamos grande nuevamente a América” tiene el mérito de la claridad y apunta básicamente a recuperar la supremacía perdida. Ello, mediante un actuar descontrolado, sin formas ni leyes, sin credos ni moral que lo limiten, sin otro fin que avasallar al resto del mundo a cualquier precio.

El secuestro del dictador —embustero y bufón— Nicolás Maduro se sitúa en este contexto. Quienes, en un instante de descuido, pensaron que la intervención podía haber traído consigo una transición democrática, se han quedado rápidamente desilusionados. Venezuela no les importa, la democracia y los derechos humanos, menos aún.

La agresión militar y las numerosas acciones de piratería en los mares son los zarpazos ilegales de un imperio que busca demostrar su fuerza ante las grandes potencias, con el fin de reconfigurar el escenario geoestratégico mundial.

Pese a existir argumentos sólidos de condena, resulta inútil analizar lo ocurrido a la luz del derecho internacional. No solo los capítulos VI y VII de la Carta de San Francisco, sino también la base de las relaciones internacionales establecidas en el artículo 2.4 y en numerosos pactos y convenciones, han sido deliberadamente pisoteados.

El derecho a veto de los cinco miembros permanentes ha hecho que, desde hace décadas, el Consejo de Seguridad sea un organismo inoperante. ¿O acaso alguien piensa que la ONU sería capaz de hacer razonar al gobierno norteamericano?

La paranoia del poder y su peligro

Esta primera acción militar en Venezuela fue una transgresión que persigue varios objetivos específicos. Lo que está en juego, principalmente, es el reposicionamiento del intervencionismo en el continente. Aquello que se avecina será, probablemente, peor que lo ya visto.

Una “América para los Estados Unidos” parece ser la verdadera doctrina de Monroe que hoy resucita. Las nuevas acciones en Venezuela dependerán del acatamiento de la dictadura chavista a los dictados del administrador del protectorado.

El segundo objetivo es el petróleo, los minerales y tierras. Así lo ha expresado la Casa Blanca en declaraciones oficiales. Pero, por encima de todo, los zarpazos del águila buscan crear una nueva correlación de fuerzas con China, Rusia, Irán y otros países. El amedrentamiento hacia México, Colombia y Canadá apunta en el mismo sentido.

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Trump, Groenlandia y las regiones polares Sábado 10 Enero, 2026 | 08:30

Marco Rubio hará pactos con los peores corruptos y hasta con el diablo si fuera necesario. La oposición venezolana, María Corina Machado y la democracia tendrán que esperar los designios de quien, comportándose como un Duce en guerra permanente, espera el Nobel de la Paz como recompensa. ¡Atroz paradoja!

Intelectuales como Luigi Zoja (La folie qui fait l’Histoire, 2019), Franck Dikötter (Comment devenir dictateur, 2022) se han referido recientemente a la paranoia del poder y de los gobernantes. En el plano literario, abundan las ficciones relacionadas con esta conducta. A título de ejemplo, la novela La Fiesta del Chivo, de Vargas Llosa, evoca la paranoia a la que nos referimos. Esta literatura académica y ficticia nos lleva a deducir, por analogía y empirismo, la evidencia del delirio “trumposo”.

Los gestos descontrolados, las miradas desafiantes, las respuestas imperativas e intimidantes a los periodistas, sus declaraciones indolentes y groseras, las sugerencias —que no son otra cosa que órdenes humillantes— a aliados y enemigos, sus actos temerarios…caracterizan a la perfección al personaje. Entonces, no podemos sino preguntarnos si acaso estará verdaderamente en sus cabales.

Dentro de la incertidumbre reinante en una Europa, desestabilizada por la guerra de Ucrania y sus propias contradicciones, Groenlandia espera su turno. La isla formaría parte del “espacio vital” del imperio. Consternados, Dinamarca y la Unión Europea han tomado debida nota de la gravedad. De no resultar la oferta de comprar el territorio polar, el uso de la fuerza sería la otra opción.

Para toda zona considerada parte de sus intereses, no habrá ley moral ni jurídica capaz de detener esta insaciable ambición de dominio. En nuestro país, más que por el cobre y el litio, habría que preocuparse por la Isla de Pascua. Sí, tal cual.

Ante la impotencia de un mundo confrontado con la barbarie, corresponde no callar y manifestar resistencia. No ceder ante la amenaza, no acompañar los actos de fuerza del aspirante a emperador, condenar el vasallaje, defender la soberanía, unir voluntades entre gobiernos de intereses afines, aprovechar cada oportunidad para crear nuevas alianzas… son algunos de los caminos para afrontar la inmunda desfachatez del gobierno norteamericano. Impedir, al fin y al cabo, que esa dinámica expresada en “in Trump we trust” se vuelva realidad.

Ojalá que así lo entienda el próximo gobierno.