No todo puede ser igualmente prioritario ni urgente. Reordenar supone volver a mirar lo esencial, cuidando que la innovación y la adaptación no hagan perder de vista la formación integral y de largo plazo.

El cierre de 2025 encuentra a la educación superior en un proceso de transformación permanente, impulsado por cambios tecnológicos, culturales, económicos y demográficos evidentes. Sin embargo, esta adaptación constante no siempre ha venido acompañada de una reflexión estratégica de fondo: ¿Qué papel debe cumplir hoy la educación superior en el desarrollo de Chile y en su aspiración de convertirse en el primer país desarrollado de Hispanoamérica?

La incertidumbre se ha vuelto parte del paisaje. Carreras que hace una década ofrecían trayectorias relativamente estables hoy enfrentan un escenario laboral más volátil, marcado por la automatización, inteligencia artificial y nuevas formas de trabajo.

Frente a este escenario, muchas instituciones han reaccionado incorporando ajustes curriculares, programas breves y esfuerzos enfocados en la empleabilidad inmediata. Si bien estas medidas responden a demandas reales, el riesgo está en que terminen desplazando la formación de largo plazo que requiere un país pequeño que busca aumentar su productividad, sofisticar su economía y fortalecer su capital humano en un mundo crecientemente globalizado.

La tecnología, en particular la inteligencia artificial, aunque aún en un debate incipiente, se ha instalado como un eje infranqueable en la educación superior. Más que discutir si debe adoptarse o regularse, la pregunta central es cómo transforma la manera de aprender, evaluar y producir conocimiento.

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El riesgo no está en la herramienta, sino en el enfoque pedagógico: formar personas eficientes en el uso de tecnologías, pero débiles en criterio, pensamiento crítico y comprensión profunda. Para un país que aspira al desarrollo, estas capacidades no son una rama más de la formación, sino su raíz más profunda.

Otro fenómeno relevante es la expansión del concepto de bienestar estudiantil, impulsado por problemas reales de salud mental, estrés y desafección, los que implican un desafío para la adherencia a los procesos formativos y, en el caso de Chile, con la gratuidad un riesgo fiscal.

Este avance representa una señal positiva de preocupación institucional, pero plantea un equilibrio delicado. Acompañar no puede significar sustituir la responsabilidad individual ni diluir la exigencia académica. Una educación superior de calidad debe ser capaz de cuidar sin renunciar a estándares, fortaleciendo la autonomía y la capacidad de enfrentar entornos complejos, rasgos que caracterizan a las sociedades desarrolladas.

Ad portas del año académico 2026, el principal desafío de la educación superior no parece ser la falta de innovación, sino la necesidad de mayor jerarquización estratégica. No todo puede ser igualmente prioritario ni urgente. Reordenar supone volver a mirar lo esencial, cuidando que la innovación y la adaptación no hagan perder de vista la formación integral y de largo plazo.

Si Chile quiere avanzar con decisión hacia el desarrollo, la educación superior tiene ante sí una oportunidad clave. No se trata de resistirse a los cambios ni de seguir cada tendencia, sino de avanzar con sentido estratégico y propósito. En ese camino, la educación superior no solo puede acompañar el desarrollo del país, sino convertirse en uno de sus principales motores.