Lo que viene es política en estado puro, sin el anestésico del calendario electoral.

Antes que nada, les deseo a los lectores de esta columna un muy feliz año 2026. Seguramente están expectantes ante la batería de cambios que pareciera que ocurrirán en el gobierno de José Antonio Kast. Ya genera curiosidad, tanto por la profundidad prometida como por las formas escogidas.

El solo anuncio de que el presidente viviría en La Moneda, durmiendo de manera espartana —como si el problema del Estado fuera el colchón— bastó para provocar la reacción de Irina Karamanos, quien volvió a subrayar lo arcaico de la institución de la Primera Dama, institución que parecía superada…hasta que volvió a ser noticia.

La proliferación de triministros, las auditorías omnipresentes, los planes de frontera y, por supuesto, la tradicional pelea a cuchillos en los medios entre quienes lograron entrar al gobierno y quienes quedaron mirando desde afuera, entregan suficiente material como para garantizar un enero políticamente entretenido. Al menos, para quienes disfrutan del espectáculo.

Pero lo verdaderamente distinto no está ahí. El 2026 será el primer año sin elecciones de esta década. Desde 2021 hemos ido a las urnas con una frecuencia casi terapéutica: para elegir autoridades, para decidir sobre constituciones y para escoger quiénes debían escribirlas. Votar se volvió un hábito nacional, como el pan con palta o la indignación en redes sociales.

Este período convulso no tiene muchos precedentes en la historia de Chile. Los anteriores revuelos constitucionales se resolvieron de otras maneras. Diego Portales puso orden e hizo caer el peso de la noche antes de la Constitución de 1833. Alessandri optó por los parlamentarios para sacar adelante la de 1925.

Y la Constitución aún vigente fue impuesta bajo un estado de sitio permanente de dieciséis años, coronado por un plebiscito francamente fraudulento. Algunos podrían objetar que, en rigor, tenemos una Constitución firmada por el presidente Lagos en 2005. Es cierto. Pero ya pasó el Día de los Inocentes.

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El camino democrático que elegimos para redactar una nueva Constitución terminó en fracaso y vergüenza, a diferencia de los anteriores, que al menos prefirieron el orden y la aristocracia sin pedir disculpas. A Portales probablemente le habría provocado una sonrisa amarga comprobar que tenía razón cuando escribió: “El orden social se sostiene más por el hábito de la obediencia que por la convicción racional de los pueblos”.

¿Qué debiéramos esperar, entonces, de un año sin elecciones —que en rigor serán varios, porque la próxima ida a las urnas será recién en 2028?

La ausencia de elecciones no equivale, por cierto, a la ausencia de conflictos. Como ha señalado Manuel Castells, los conflictos solo se congelan mediante acuerdos temporales. Y el que se construyó entre la ciudadanía y Kast es frágil y basado en el cumplimiento de las expectativas, en especial de orden público y migración. Lo que viene es política en estado puro, sin el anestésico del calendario electoral.

Para la izquierda, el 2026 será un año particularmente ingrato. Saldrá del gobierno con una derrota estratégica a cuestas, sin el relato refundacional prometido y con una fractura interna que ya no podrá atribuir ni al “asedio de la derecha” ni a la herencia recibida. Por ahora, lo que hemos visto es una suerte de festival de las culpas, donde nadie se equivoca, pero todos explican por qué los demás sí.

El riesgo de dispersión es alto. Cada partido tiene su propia lectura de la derrota y, como suele ocurrir, todas son incompatibles entre sí.

El Frente Amplio pasará de ser el partido de la épica al defensor institucional del legado de Gabriel Boric, con la reaparición de Giorgio Jackson y una nueva tesis audaz que promete explicar por qué perder también fue, en el fondo, una forma de ganar.

El Partido Comunista hará lo que siempre ha hecho: estar en el Congreso y en la calle, simultáneamente. Y el Partido Socialista deberá mirarse al espejo y pensar en estos largos años sin candidato presidencial propio, y cómodamente instalado en los anillos exteriores del poder. No solo en este ciclo electoral: la última vez que alguien de sus filas apareció en una papeleta de primarias fue en 2013.

Del otro lado, las expectativas sobre el gobierno de Kast son altas y, por lo mismo, peligrosas. No tanto por sus anuncios —auditorías, control del gasto, seguridad, frontera— sino porque una parte relevante de sus votantes espera resultados rápidos, visibles y sin excusas. Kast ha dado señales claras de que entiende ese mandato: gestos de austeridad, orden simbólico, mensajes directos, un relato de autoridad que contrasta con la ambigüedad moral de su antecesor.

Pero gobernar no es tuitear ni hacer campaña permanente. El verdadero test vendrá cuando deba priorizar, ceder y administrar frustraciones, especialmente en un Congreso sin mayorías automáticas, donde el Partido Republicano, aun siendo la primera fuerza, necesitará negociar ley por ley. Hasta ahora han construido su identidad política diciendo que no a casi todo, lo que hace difícil —aunque no imposible— pedir comprensión de vuelta.

El nuevo Congreso, además, será un espacio menos ingenuo. La experiencia constitucional vacunó a muchos parlamentarios contra el voluntarismo maximalista. Habrá más cálculo, más transacción y menos épica. El PDG jugará su propio juego, intentando no desmembrarse para seguir existiendo. Chile Vamos buscará recuperar influencia sin aparecer subordinado.

En ese contexto, el 2026 será un año de decantación. Sin elecciones, sin franjas, sin plebiscitos morales cada tres meses. Un año para ver si el orden prometido se traduce en gobernabilidad efectiva y si la izquierda es capaz de iniciar, por fin, una autocrítica que no sea meramente retórica. Porque la política chilena ya no está en fase constituyente, sino en fase de balance.

Quizás por eso volver a Portales no es un capricho. Recomiendo leer sus cartas —no por nostalgia autoritaria, sino por realismo político—. En una de ellas escribió una frase que sigue incomodando casi dos siglos después: “Los hombres se cansan de la anarquía mucho antes de cansarse del rigor”.

El 2026 dirá si Chile también llegó a ese punto.