Resulta llamativo que ciertas minorías o grupos sociales gocen de una protección más robusta que otros, lo que se traduce en debates públicos, sanciones sociales e incluso consecuencias legales frente a expresiones consideradas ofensivas.
Revuelo ha causado la intervención del llamado “Pastor Rocha”, personaje creado por Santiago Endara, quien realiza una caracterización socarrona del prototipo de líder pentecostal.
Si bien alcanzó notoriedad masiva tras confirmarse su participación en el Festival de Viña del Mar 2026, ya venía consolidándose en redes sociales a través de la página “Es de canuto”.
Más allá del personaje, su representación provoca polémica, pues por momentos parece sobrepasar la delgada línea que separa el humor de la burla.
El humor y la fe: una relación conflictiva
Es sabido que el humor y la risa son rasgos propios del ser humano; nos acompañan desde los orígenes de la historia. En la tradición occidental, basta pensar en la comedia y en sus grandes exponentes para constatar que reír también es una forma de comprender el mundo. Sin embargo, desde cierta mirada teológica, el humor parecería incompatible con la imagen cristiana, asociada con solemnidad y recogimiento.
No obstante, resultaría extraño negar que Jesús también pudo haber reído. Aunque las Escrituras no lo afirman explícitamente, es posible inferirlo a partir de su ironía y de los recursos retóricos con que interpeló al mundo religioso de su tiempo. En esta línea, Umberto Eco, en su novela “El nombre de la rosa”, retrata precisamente el temor de ciertos sectores eclesiásticos frente a la risa, vista como una amenaza al orden establecido.
Con todo, lo anterior no implica una apología de cualquier forma de humor, pues existen expresiones que, bajo la apariencia de sátira, pueden derivar en escarnio.
El “Pastor Rocha” parece moverse en ese territorio ambiguo: para algunos es una crítica aguda; para otros, un personaje ofensivo. Pero no ha sido el único caso, ya que en su momento, “Las iluminadas” también suscitaron controversia por su representación burlesca del creyente pentecostal.
Pentecostalismo y estereotipo: la persistencia del prejuicio
Ahora bien, no todo tiene que validarse ni tomarse con excesiva gravedad. Sin embargo, tampoco puede ignorarse que el pentecostalismo ha sido históricamente encasillado en estereotipos y con regularidad igualmente se ha vuelto en objeto de desdén cultural. Incluso en el ámbito académico se han acuñado términos como “pentecosfobia” o “canutofobia” para describir esta forma de estigmatización simbólica y social.
Se trata de un fenómeno paradójico: mientras el pentecostalismo forma parte innegable de la identidad chilena y ha tenido un rol relevante en sectores populares y en la configuración del paisaje religioso del país, continúa siendo objeto recurrente de caricaturización. En ese marco, Rocha no sería un hecho aislado, sino la manifestación más reciente de una tendencia cultural más amplia.
Determinar si existe intención de ofender o simplemente de divertir no es tarea sencilla. Puede haber crítica legítima, sátira social o simple búsqueda de impacto mediático. Lo que sí resulta evidente es que la polémica genera visibilidad, y en la lógica del espectáculo, visibilidad significa rentabilidad.
En este escenario, suele distinguirse entre la persona y el personaje; no obstante, la dimensión ética no desaparece por el hecho de tratarse de ficción. Por lo que es factible preguntarse: ¿todo vale en nombre del humor?
Libertad de expresión y responsabilidad pública
Lo cierto es que Rocha divide opiniones: es celebrado por algunos y rechazado por otros. Hay quienes sostienen que su parodia ayuda a cuestionar prácticas problemáticas dentro de ciertos espacios eclesiales; otros la perciben como un ataque directo a la fe. Y aunque la fe es una experiencia profundamente personal, también se vive en comunidad y se ve influida por el entorno social.
Como ocurre con la religión, la política o el fútbol, estamos ante ámbitos que despiertan pasiones intensas y posturas encontradas. Precisamente por ello exigen mayor prudencia.
La sátira puede cumplir una función crítica saludable cuando denuncia abusos —como el mal uso de diezmos y ofrendas, el autoritarismo pastoral o la manipulación espiritual—, pero pierde legitimidad cuando se limita a reforzar estereotipos o a ridiculizar identidades completas.
El equilibrio como criterio ético
Por otro lado, resulta llamativo que ciertas minorías o grupos sociales gocen de una protección más robusta que otros, lo que se traduce en debates públicos, sanciones sociales e incluso consecuencias legales frente a expresiones consideradas ofensivas.
En contraste, la caricaturización del creyente pentecostal suele presentarse como una práctica socialmente tolerada o minimizada, como si no ameritara el mismo nivel de cuestionamiento público ni idéntico estándar de respeto.
En este contexto, cobra sentido la sentencia: “Reírse de todo es propio de tontos, pero no reírse de nada lo es de estúpidos”.
La clave no está en prohibir la risa ni en blindar la religión de toda crítica, sino en ejercer un humor inteligente, consciente de sus efectos. Puesto que, en definitiva, el exceso trivializa; la susceptibilidad absoluta asfixia.
Pero entre ambos extremos se encuentra el equilibrio, donde es posible apelar a participar del humor sin caer en la humillación, cuestionar sin deshumanizar, ironizar sin degradar.
Tal vez esa sea la reflexión de fondo que deja el fenómeno del “Pastor Rocha”, no solo preguntarnos si es gracioso u ofensivo, sino qué tipo de convivencia social estamos promoviendo cuando decidimos de qué —y de quiénes— nos reímos.
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