Señor Director:
Si hoy miras el Festival de Viña del Mar, hay elementos que parecen parte natural de su ADN.
La gala con narrativa propia. Las aperturas que marcan tono antes de la primera nota musical. El backstage con identidad, imágenes de la ciudad y ritmo cinematográfico.
Lo interesante es que esa lógica no nació ayer. Se diseñó en 2013.
Y lo que comenzó como una lectura estratégica del momento televisivo, hoy sigue estructurando la manera en que el festival se presenta a sí mismo.
Ese año (2013) no fue simplemente un ajuste creativo. Fue un cambio de mirada. La televisión abierta estaba entrando en una nueva etapa. Las audiencias ya no consumían pasivamente. Comparaban. Evaluaban. Comentaban en tiempo real.
La pregunta no era “¿cómo hacemos un mejor show?”. La pregunta era más profunda: ¿Quién es el festival en esta nueva era?
Cuando una industria se formula esa pregunta con honestidad, se transforma. La gala dejó de ser desfile. La apertura dejó de ser protocolo. El backstage dejó de ser registro suelto. Comenzaron a tener intención. Dramaturgia. Relato.
No se trataba de hacer algo más grande. Se trataba de hacerlo más consciente. Leer el ecosistema. Entender el pulso cultural. Convertir un espectáculo en experiencia narrativa.
Con el tiempo, esa estructura dejó de sentirse innovadora y empezó a sentirse natural. Ahí es cuando sabes que la siembra funcionó.
Porque cuando una idea permanece más de una década abriendo noches de festival, ya no es tendencia. Es arquitectura.
Hoy muchos recorren ese camino. Pero todo camino comenzó como un sendero. Y sembrar no es gritar que sembraste. Es confiar en que el tiempo lo confirmará.
Pablo Cantero
Creativo del Festival de Viña por más de 14 años
Enviando corrección, espere un momento...