Una querella criminal por el delito de homicidio en contra de Carabineros fue presentada ante el Octavo Juzgado de Garantía de Santiago por la muerte de Abel Acuña. Se trata del joven que mientras se manifestaba -pacíficamente- la noche del viernes 15 de noviembre de 2019 en Plaza Baquedano, sufrió un paro cardiorrespiratorio que minutos más tarde le costó la vida en la ex Posta Central y que, al menos hasta ahora, indica que la acción policial habría impedido la aplicación de protocolos de la asistencia del SAMU.

Vea la querella

La acción legal -patrocinada por el abogado Mauricio Daza- detalla que “las medidas de reanimación del equipo de salud fueron obstaculizadas por funcionarios de Carabineros de Chile, quienes procedieron a disparar perdigones, bombas lacrimógenas y chorros del carro lanza agua no solo al personal de emergencias y la Cruz Roja, sino también al propio Abel”.

De acuerdo a los antecedentes que obran en la presentación, si no hubiera existido la represión policial, es probable que Acuña hubiera tenido una posibilidad de salvar su vida.

A diferencia de lo sostenido por Daza en el libelo, fue el propio ministro de Salud, Jaime Mañalich, quien descartó que el actuar de la policía uniformada tuviera relación con la muerte. Indicó en esa oportunidad que las condiciones de salud anteriores al hecho hacían imposible que cualquier atención médica evitaran su muerte

Los hechos

Aquella jornada, todo comenzó en la tarde, en las cercanías del metro Franklin. Abel y un amigo de trabajo se reunieron con Rodrigo Vergara Izquierdo, con la intención de asistir a una nueva jornada de protesta en el sector de Plaza Baquedano, rebautizada como “Dignidad” luego del estallido social. Subieron al auto de este último y se dirigieron a la concentración.

Siete con quince minutos. Luego de estacionar en el sector de parque Bustamante, caminaron hacia el monumento del general Baquedano -zona cero-, al que llegaron aproximadamente a las 20:00 horas. En ese entonces, la represión de Carabineros era intensa. El texto judicial indica que “la toxicidad causada por los gases lacrimógenos empezó a incrementarse” en el sector.

Fue en ese contexto, cuando un dolor en el pecho encendió las alarmas. “Me siento mal”, le dijo Abel a Rodrigo. Eran las 21:15 horas. Lo que sigue es desesperación y caos. Al poco andar el malestar se intensificó. Con ayuda de manifestantes, fue trasladado hacia el sector donde se encontraban los voluntarios de la Cruz Roja, quienes le practicaron reanimación cardiopulmonar y respiración artificial a través del mecanismo de boca a boca.

Paralelo a la reanimación, médicos del Servicio de Atención Médica Urgente (SAMU), se acercaron al lugar. Entre los especialistas se encontraban Isabel Inostroza Hidalgo y Roxana Cordovéz Urrejola, quienes dada la gravedad de Abel, solicitaron la presencia de una ambulancia en el lugar.

Un carro M3 -de alta complejidad- del SAMU acudió al llamado e ingresó al lugar donde yacía tendido. La querella, indica que “en ese momento miembros de las fuerzas de Carabineros avanzaron en la misma dirección, disparando bombas lacrimógenas y potentes chorros de agua del carro lanza-agua al lugar en donde se intentaba reanimar a la víctima, impidiendo el trabajo realizado por los miembros del SAMU”.

Desde la unidad, rápidamente bajaron el médico urgenciólogo Fernando Zapata Vásquez, la técnico en enfermería Cynthia Hernández Riquelme, el médico Matías Gris y el conductor Cristián Ibarra, quienes con implementos necesarios para darle una asistencia médica hicieron lo posible por atender a Abel.

“El caso de Abel Acuña es muy importante porque da cuenta de que ha existido una conducta en Carabineros de a atacar de manera absolutamente desproporcionada e indiscriminada a quienes participan en una determinada movilización”, sostuvo Daza.

Para la familia de la víctima, la obstaculización de la asistencia médica jugó un papel clave en el desenlace. En el relato judicial se lee: “Una cosa es que Carabineros tenga que poner orden y seguridad, porque para eso están, pero otra cosa muy diferente es no haber respetado los protocolos”, dice el padre de Abel, Anselmo Acuña.