Ninguna sociedad puede relativizar la coacción ni el abuso. El consentimiento es un pilar civilizatorio. Pero cuando el marco normativo comienza a operar sobre zonas grises con presunciones expansivas, el resultado puede ser paradójico: más soledad que justicia.

Hay épocas que se reconocen no por lo que permiten, sino por lo que prohíben. Chile, por ejemplo, está construyendo una sociedad muy protegida y profundamente sola.

Nos hemos convencido de que el riesgo cero es posible, que toda incomodidad puede tipificarse, que toda torpeza puede sancionarse, que toda interacción humana puede regularse sin costo emocional. Y el costo ya se está pagando.

En apariencia, vivimos en la era del consentimiento, la transparencia y la dignidad. Pero en el fondo estamos edificando una sociedad donde el temor a la denuncia comienza a sustituir al encuentro humano. Donde el abrazo es un riesgo, el piropo un expediente potencial y la torpeza emocional un acto sancionable.

Hace años, en Una mujer desnuda, Lola Beccaria escribió que la sociedad necesitaba “un buen repaso a la moralina y el puritanismo”, porque detrás de la fachada de apertura seguía latiendo “la más represiva actitud frente a las alegres, sanísimas y naturales ganas de revolcarnos los unos con los otros”. La frase incomoda, y por lo mismo, ilumina.

En el devenir del tiempo, de manera casi intuitiva, hemos aprendido a juzgar antes que a comprender. Dicha pulsión moralizante hoy encuentra cauce institucional. La llamada Ley Karin, concebida con un propósito moral y cautelar incuestionable —proteger a las víctimas de acoso y violencia laboral— corre el riesgo de deslizarse hacia un terreno delicado: el de la judicialización preventiva del vínculo humano. Como ocurre con toda legislación “cargada de virtud”, su aplicación expansiva comienza a producir efectos colaterales que nadie quiere mirar.

Ninguna sociedad puede relativizar la coacción ni el abuso. El consentimiento es un pilar civilizatorio. Pero cuando el marco normativo comienza a operar sobre zonas grises con presunciones expansivas, el resultado puede ser paradójico: más soledad que justicia.

En entornos laborales ya se advierte un fenómeno silencioso: hombres que evitan reunirse a solas con mujeres; colegas que prefieren la frialdad al riesgo interpretativo; interacciones esterilizadas por protocolos que, en su celo, convierten la espontaneidad en sospecha.

Se está instalando una cultura de autoprotección preventiva donde el principio rector no es la empatía y el respeto, sino la cobertura y el miedo. Las presunciones se están amplificando, la sospecha se ha vuelto sistema. El exceso de presunción es primo hermano del voluntarismo. Y el voluntarismo, cuando se instala en el plano moral, erosiona el principio de proporcionalidad.

No estoy argumentando contra la protección. Se trata de una advertencia contra el miedo estructural. Uno de los grandes aportes del feminismo de la igualdad fue situar en el centro del debate los conceptos de consentimiento y coacción. La sexualidad puede ser fuente de conflicto, no sólo de placer.

Esa verdad era necesaria. Pero la civilización, advertía también Beccaria, “se ha inventado un corsé para evitar los desbordamientos eróticos, cuando no es lo mismo matar que follar”. La frase es cruda, pero apunta a una distinción esencial: el abuso es violencia; el deseo consentido es vida.

Y mientras en oficinas y universidades se instala la distancia profiláctica, el país entero espera cada febrero el beso en la boca de los animadores del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar.

Ese beso —celebrado, viralizado, coreado— es el ritual de un morbo permitido. Un espectáculo controlado donde el contacto es tolerable porque está teatralizado. Porque no es real, no es nuestro, no nos compromete. Se aplaude el beso televisado, se sospecha del roce cotidiano.

Ahí existe una contradicción cultural: condenamos la intimidad espontánea y consumimos la intimidad coreografiada. Tal parece que lo que molesta no es el contacto; es el contacto sin guion. La sociedad chilena parece oscilar entre dos extremos: la prohibición moral y la exhibición mediática, entre el expediente administrativo y el trending topic.

El problema no es la regulación del abuso, sino cuando esa regulación invade la ambigüedad natural de la interacción humana; cuando se olvida que no todo error es delito, ni toda incomodidad es violencia.

En La tabla rasa, Steven Pinker recordaba algo que hoy parece subversivo por su simpleza: hombres y mujeres comparten estructura genética, capacidades cognitivas y sentimientos básicos; ambos disfrutan del sexo, ambos buscan vínculo. No parece razonable perder de vista que contamos con un dispositivo biológico sofisticado, gratuito y profundamente humano. Convertirlo en sospecha permanente no es progreso: es temor.

Una sociedad que convierte cada gesto en potencial infracción produce individuos cautelosos, aislados, desconfiados. Esa desconfianza sistemática es el verdadero enemigo del tejido social. No se trata de volver al desorden ni de minimizar el sufrimiento real que motivó la Ley Karin. El punto es evitar que la respuesta institucional cree nuevas injusticias: denuncias infundadas que destruyen reputaciones; investigaciones sumarias que operan como condena anticipada; climas laborales paralizados por el temor.

Quizás el dilema no es jurídico sino antropológico: ¿es posible proteger sin infantilizar? ¿Sancionar sin sospechar de todos? ¿Fomentar el consentimiento sin convertir la seducción en campo minado?

El beso de Viña es una buena metáfora: se necesita contacto, pero sólo si es seguro, escenificado, aprobado por la masa. Se ha satanizado la espontaneidad y luego se la compra en alta definición. La paradoja es brutal: jamás hubo tanta educación emocional declarada, y jamás hubo tanta soledad silenciosa.

El desafío no es abolir normas, sino recordar que el derecho no puede sustituir la madurez cultural. La ley puede delimitar conductas; no puede enseñar a mirar, a leer el gesto, a distinguir la torpeza del abuso.

Si el miedo reemplaza al encuentro, se perderá algo más que el atrevimiento: se perderá la posibilidad de reconocerse. Hablamos de un tránsito, a gran velocidad, hacia una sociedad que reniega de sí misma en la relación de los factores que nos identifican como hombres y mujeres, seres dotados del derecho elemental a sentir, tan anterior, básico e indispensable que no se encuentra consagrado en ley o código alguno porque se da por sentado, porque es connatural e inherente a la especie humana.

En el camino de la densa y plana realidad que hemos venido construyendo, parece una fantasía soñar con un mundo en que hombres y mujeres pudieran dar rienda suelta a sus genuinos instintos sin pasar por la vergüenza o el escándalo, sin represión ni miedos. Un lugar donde el arte de la mirada se enseñase en la escuela, y la masa no pasara la vida censurándose y negándose a sí mismos bajo la máscara del humor.

Convendría recordar a George Bataille, cuando nos decía que El erotismo es en la conciencia del hombre lo que pone en él al ser en cuestión. Una frase para revisar y debatir en la actualidad, a mi parecer.

Que sería de la vida sin el efecto sanador de un abrazo, la potencia de un guiño para seducir o emparejarse, en la universidad, en la calle, en la micro, donde sea que el azar nos haya conducido y la espontaneidad nos reconozca el derecho natural a la atracción.