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Putin se burla de difíciles condiciones de prostitutas rusas: "son las mejores del mundo"
Publicado por: Christian Leal La información es de: Agence France-Presse
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Vladimir Putin elogi√≥, con sarcasmo, a las prostitutas rusas “como las mejores del mundo”, pero obvi√≥ decir que est√°n obligadas a trabajar en la clandestinidad y la indiferencia en un pa√≠s que casi siempre ignora sus denuncias.

“Las prostitutas rusas son parias absolutas, no tienen ninguna posibilidad real de defenderse”, resume con amargura Irina Maslova, fundadora de la √ļnica asociaci√≥n del pa√≠s que ayuda a estas mujeres, “La rosa plateada”.

La prostitución es ilegal en Rusia, donde puede sancionarse con una multa simbólica de 1.500 rublos (poco más de 16 mil pesos chilenos).

Seg√ļn los defensores de los derechos de las prostitutas, la polic√≠a se apoya a veces en esta prohibici√≥n para no investigar los abusos contra ellas.

“Los polic√≠as se niegan a registrar las denuncias de las chicas sobre las agresiones a las que las someten los clientes. Y con frecuencia les abren un expediente por prostituci√≥n en lugar de defenderlas”, explica Maslova.

Las agresiones, las extorsiones y las amenazas de revelar su actividad a sus familias son moneda corriente, lamenta.

So√Īar con un sindicato

Irina habla con conocimiento de causa. Esta esbelta rubia cuadragenaria fue prostituta durante seis a√Īos en San Petersburgo hasta que en 2003 comenz√≥ a militar por los derechos de las trabajadoras sexuales.

Intenta, por ahora en vano, crear “un sindicato de trabajadores sexuales” en Rusia porque est√° convencida de que es la √ļnica forma de acabar con los abusos. Pero “nos contestan oficialmente que este oficio no existe”.

En San Petersburgo, la segunda ciudad m√°s importante de Rusia, entre 4.000 y 6.000 mujeres viven de la prostituci√≥n, seg√ļn diversas estimaciones. S√≥lo el 10% de ellas ejercen en la calle; la mayor√≠a lo hace en salas clandestinas: apartamentos compartidos, con una secretaria que contesta al tel√©fono y un guardia a la entrada.

En la √©poca de la Uni√≥n Sovi√©tica, la prostituci√≥n no exist√≠a oficialmente. Empez√≥ a verse en las calles de Mosc√ļ en los a√Īos 1990. Y desde el comienzo de los a√Īos 2000 se lleva a cabo en locales ilegales, a menudo bajo “la protecci√≥n” de polic√≠as corruptos.

Promocionan su actividad pegando peque√Īos anuncios en los muros de los edificios, en las paradas de autobuses y en otros lugares. Prometen “pasar un buen rato”.

En teor√≠a los proxenetas se exponen a hasta tres a√Īos de c√°rcel pero pocas veces se concreta ante la dificultad de trazar el dinero de los servicios de las prostitutas.

Perfil

“El perfil es muy variado”, explica Reguina Ajmetzianova, una militante de la asociaci√≥n “La rosa plateada”. “Hay estudiantes, mujeres divorciadas, incluso amas de casa. Su marido no est√° al corriente o dice no estarlo”.

Por la noche, Reguina acude a estos locales clandestinos para distribuir preservativos y proponer pruebas de detección del virus VIH a las prostitutas.

Y es que la enfermedad causa estragos en el pa√≠s, con m√°s de 103.000 nuevos casos registrados en 2016, un alza de 5% en un a√Īo.

Llama a una puerta en la sexta planta de un gran edificio de estilo estalinista del sur de San Petersburgo. Una rubia treinta√Īera le abre y le da la bienvenida con una sonrisa. Regina la llam√≥ por tel√©fono para avisarle de su visita.

“Vaya a la cocina. Nadia trabaja, Nastia y Madina est√°n all√≠”, dice la rubia. Se llama Inna y es la administradora del local.

Nastia, de 31 a√Īos, y Madina, de 20, beben t√©. Encima de un minicamis√≥n sexi, visten una camiseta.

Las tres chicas reciben entre 10 y 15 clientes por noche pero cobran la mitad de los 2.000 rublos por hora (33 euros) que les pagan.

‘Ocultar el miedo’

“Por supuesto que he vivido situaciones dif√≠ciles con clientes en varias ocasiones. He aprendido a no mostrar el miedo”, cuenta Nastia, una pelirroja de ojos verdes originaria de los Urales.

En voz baja, Madina, una uzbeka que apenas habla ruso, enumera los abusos: “S√≠, me han pegado, amenazado con un cuchillo, forzado a hacerlo sin preservativo…”

Reguina prepara los test. De repente alguien llama al interfono.

“¬°Venga, chicas, r√°pido!”, exclama Inna mientras mira las im√°genes de las c√°maras, en las que se ve a un hombre subir al apartamento. Nastia y Madina se quitan las camisetas, se calzan zapatos de tac√≥n y desaparecen.

Unos diez minutos m√°s tarde, Madina vuelve sola: el cliente ha elegido a Nastia.

“Hacemos lo que hacemos por iniciativa propia, es verdad. pero somos seres humanos y nos gustar√≠a que nos tratasen como tales”, suspira Nadia, justo cuando se va un cliente.

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