La historia de Qin Shi Huang es una historia de paradojas. El primer unificador del Imperio Chino, el mismo que el año 221 a.C alineó a los reinos divididos bajo un mismo mandato (el suyo), tenía un solo miedo: el de morir. Y a pesar de sus exóticos métodos para prevenirlo, falleció de la forma más inesperada posible.
Qin era rey del Estado de Qin y se autoproclamó el “Shi Huangdi”, el “Primer Emperador”. “De su mano nacieron no solo la China tal como la conocemos, sino también un modelo de autoridad férrea, centralizada y obsesionada con la grandeza y con su propia eternidad”, describe un reporte de National Geographic.
“Durante milenios la figura de Qin Shihuang di (como se hizo llamar en su mandato), el Primer Emperador, ha sido denigrada por la historiografía oficial china. Los diversos testimonios tendían a presentar a este soberano de finales del siglo III a.C. como un déspota e incluso como un paranoico. La única descripción que conservamos de él no le es en modo alguno favorable: ‘Como hombre, el rey de Qin es de nariz ganchuda, ojos alargados, pecho de ave de rapiña y voz de chacal. De bondad tiene muy poca y su corazón es como el de un tigre o el de un lobo"”, acota la biografía de NG.
Los rasgos paranoicos hacen alusión a una de las obsesiones del emperador: alcanzar la vida eterna, una meta para la que dedicó tiempo y recursos. Pero en ejercicio y en paralelo, también desarrolló reformas importantes. Como por ejemplo, la construcción de la Gran Muralla, que lenvantó con centenares de miles de trabajadores forzados y víctimas de sus conquistas.
“Se decía que, en su locura, ordenó arrasar la vegetación de una montaña que le cortaba el paso y pintarla de rojo, como se hacía con las cabezas rapadas de los condenados; y que en otra ocasión ennobleció a un árbol que le había dado cobijo”, acota NG.
Para Qin Shi Huang, no tenía sentido ser emperador de China si no había vida para disfrutarlo. Por eso, al mismo tiempo, “emprendió una cruzada personal”, detallan desde NG. “Envió expediciones a tierras lejanas, reclutó alquimistas y se rodeó de sabios taoístas que prometían pociones capaces de vencer al tiempo. Y muchos de ellos tenían un ingrediente en común: el mercurio”.
Por esa época, se desconocían los componentes tóxicos de este elemento químico. Entre los taoístas, de hecho, era considerado un material de “vitalidad” propia, capaz de prolongar la vida. “Muchas fórmulas de ‘elixires de inmortalidad’ incluían compuestos de mercurio a menudo mezclados con oro o jade, que supuestamente purificaban el espíritu”, explica la publicación estadounidense.
Esta práctica, sin embargo, lejos de prolongar su vida, es probable que la haya reducido dramáticamente. “Qin Shi Huang no solo los probó, sino que los convirtió en parte de su rutina… Hoy sabemos que la exposición prolongada al mercurio puede provocar temblores, paranoia, alucinaciones, fallos renales y muerte súbita, y eso parece coincidir bastante con los síntomas que mostró el emperador en sus últimos años: cambios de humor extremos, obsesión con la seguridad, comportamiento errático y una misteriosa enfermedad que lo mató a los 49 años”.
De acuerdo a los escritos de aquel periodo político, el emperador estuvo envenenándose de forma rutinaria con elixires de mercurio. “Resulta sorprendente que aguantase tanto: muchos de esos elixires estaban elaborados con cinabrio, un sulfuro de mercurio que al ser calentado libera gases altamente tóxicos. Y cuanto más avanzaba en este camino, peor estaba: en sus últimos años, a medida que envejecía y su salud se deterioraba, el emperador envió varias expediciones en busca de la isla mítica de Penglai, donde supuestamente vivía una estirpe de inmortales”.
En la tumba de Qin Shi Huang, quedaron resabios de su obsesión por la vida eterna: para intentar recrear el imperio en su mausoleo, los ríos fueron reemplazados por cauces de mercurio, tal como dan cuenta registros de las ruinas.
“El mausoleo fue sellado con este elemento tóxico y supuestamente mágico como defensa contra saqueadores y, a la vez, como última ofrenda a su sueño de eternidad. El famoso ejército de terracota que custodia la entrada a la tumba también responde a ese delirio de grandeza”, explican.
Tras la muerte de Qin Shi Huang, China se vio envuelta en una rebelión que arrasó con el palacio imperial y su capital.