Orietta Escámez realizó la actuación que más me ha afectado. Fue en “La estación de la vida”, con textos de Dario Fo, con una actuación medida, sin aspavientos, pero fuerte, que traspasaba, removía.

Sylvia Orieta Escámez Carrasco nació en Cañete, el 19 de abril de 1938. Y desarrolló una fructífera carrera como actriz junto a Humberto (1929-2019, con quien estuvo casada) y Héctor Duvauchelle (oriendos de Bulnes) en la famosa Compañía de los Cuatro.

El nombre de Compañía rememoraba a Hugo Duvauchelle, hermano de Héctor y Humberto, fallecido justo antes de crear la compañía.

La disciplina “ha sido un factor básico en el trabajo de la Compañía de los Cuatro, así como el respeto entre nosotros”, declaró a Leopoldo Pulgar, para Punto Final, Orietta el año 2011.

La Compañía de los Cuatro, formada en 1960, se caracterizó por abordar amplios repertorios de dramaturgos nacionales y extranjeros muy diversos, montando más de 70 obras en una veintena de países.

Después del golpe cívico-militar de 1973, el grupo se exilió en Venezuela, donde desarrollaron una importante carrera. En 1983 fue asesinado Héctor Duvauchelle, lo que significó un gran golpe para ellos. Orietta regresa a Chile en 1985.

Orietta Escámez

Hermana de Julio Escámez, un pintor chileno de gran fama en Costa Rica (donde se exilió) y poco reconocido en Chile, Orietta estudió teatro en la Universidad de Concepción. Ella era de una sensibilidad notable, capaz de captar y transmitir a través de pequeños y sutiles detalles.

Orietta debuto en la actuación a los 14 años, en el papel de Rosaura, de la vida es sueño. Participó en teatro, cine, radioteatros y en difusión poética.

Se la puede ver, muy joven, en Tres miradas a la calle o en La maleta, junto a Héctor Duvauchelle, en la primera película de Raúl Ruiz.

Participó en obras de Raúl Ruiz (Cambio de guardia y La maleta, dirigidas por Víctor Jara, y Dúo) y de Jorge Díaz, entre otros.

De regreso a Chile, en la obra Yo mujer, interpretó 13 roles femeninos. Su última actuación fue en Borges contra Borges.

Orietta, Darío Fo y una actuación soberbia

Tuve el privilegio de conocer a Orietta y a su hermano Julio (1925-2015). Con ella conversé en algunas oportunidades en encuentros fortuitos, donde siempre me sorprendió por su amabilidad, cordialidad y calidez. Y por hacer observaciones lúcidas de muy diversos temas, desde el entorno inmediato a los que estaba pasando en política.

Una vez me pidió ayuda en la postulación de su hermano a Premio Nacional -méritos tenía-, aunque sabía que eran esfuerzos vanos. Era un tema ético.

Pero yo la conocí mucho antes, actuando en La estación de la vida, obra que incluía textos de dos premios Nobel italianos: El guarda vías, de Dario Fo, y El hombre de la flor en la boca, de Luigi Pirandello.

El texto de Fo es punzante, irónico, crítico. Es sobre un guarda vías que debe estar siempre atento a los horarios para mover a tiempo las vías del ferrocarril. Transcurre en la casucha donde vive, que tiembla y parece derrumbarse con el paso de cada tren.

Sin aspavientos y una actuación mesurada, Orietta logró transmitir de tal forma la carga de su personaje, de esa vida oprimida y sin sentido (estábamos a fines de los 80), que terminada la obra fui incapaz de aplaudir. Me levante mareado y, afuera ya de la pequeña sala, casi me desmayo. Fue como si algo mío -que se negaba a salir de la sala- necesitara tiempo para volver a mí.

Sin lugar va dudas, esa ha sido la actuación de teatro más potente y la que más me ha afectado en mi vida.

Una vez, tantos años después, cuando le comenté con admiración esta anécdota -ahí donde la encontré, al borde del Parque Bustamante, cerca de donde vivía-, Orietta simplemente dijo: “Ah, en La estación de la vida”.

Esbozando una leve y bella sonrisa, Orietta pasó a otro tema.