El Concierto para piano y orquesta nº 1 de Franz Liszt, fue la composición principal de la presentación número 19 de la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Chile, los días 30 y 31 de agosto en el Teatro Universidad de Chile, donde la agrupación musical tuvo una importante participación porque una de las principales características de esta obra es que, sin quitar protagonismo al piano, la orquesta participa con intervenciones de distintos solistas o en los “tutti” de una formación que emplea, lejos de limitaciones clásicas, todo un conjunto, incluidos los trombones y una rica percusión.
Este concierto está considerado como el más brillante, perfecto y popular de los que Liszt escribió. Se estrenó seis años después de terminada su composición con el propio Liszt al piano como solista y Hector Berlioz en la dirección. En la reciente oportunidad el solista de este concierto fue Armands Abols, pianista nacido en Riga, Letonia y radicado en Chile desde hace varios años. Aparte de recorrer habitualmente el país para ofrecer conciertos, Abols ha efectuado permanentemente giras por diferentes países de Europa y América. Ganó el Primer Premio y Medalla de Oro en el Concurso “María Canals” en Barcelona, España, 1992; Primer Lugar Premio “Claudio Arrau” y Premio del Publico Concurso “Dr. Luis Sigall” en Vina del Mar, 1992. Estudio en la Academia de Música de Letonia Jazeps Vitols con Ilze Graubin. Realizó estudios de posgrado en el Instituto de Música de Cleveland, Estados Unidos con el afamado pianista Sergei Babayan.
Este solista brilló con luces propias, con una impecable participación, muy bien recibida por elpúblico, que lo obligó a dos “encore”, aunque a Abols lo notamos algo impulsivo, tanto al comienzo como al final de la conocida pieza, dándole una velocidad extrema a su ejecución, en que pretendió exhibir su segura técnica, en desmedro de su talento.
En esta segunda semana en Chile, el Maestro húngaro Zsolt Nagy dirigió obras de dos compositores de su misma nacionalidad: una fue la ya mencionada de Liszt y otra, el concierto para orquesta de Béla Bartók, composición compleja, con altibajos de ritmo, entre folklórica y moderna, pero siempre atractiva y gustadora.
Radicado en Estados Unidos, sin dinero y enfermo de leucemia, Béla Bartók recibió la propuesta de Serguei Koussevitzki para componer una obra orquestal con la que pudiera ganarse al público norteamericano que había sido esquivo con su trabajo. Así nació el Concierto para orquesta, una de sus obras más populares. Como número central de este concierto de la Sinfónica, Nagy le sacó partido a la calidad de sus músicos, quienes desde las cuerdas a la percusión cumplieron fielmente con la misión de entregar una buena muestra de calidad y técnica a los asistentes.
Desde sus primeras y exitosas audiciones, Bartók fue criticado de haberse plegado a la manera norteamericana y haberse alejado del estilo bartokiano. A pesar de esos comentarios, la obra sorprendió por su orquestación esplendorosa, por su energía y vitalidad, algo impropio de una persona que estaba enferma como Bartók y que moriría tan sólo dos años más tarde.
El concierto comenzó con la interpretación de Cuatro Estudios para orquesta del compositor argentino Jorge Pepi-Alos, quien había señalado que no había que interpretar su obra como un concierto para orquesta. “Se trata de un trabajo personal sobre la formación sinfónica tradicional, tratando de desarrollar al máximo mis posibilidades actuales de orquestación, estructuración, equilibrio sonoro y tantos otros parámetros de la composición orquestal”, dijo.
Al término, la obra del autor trasandino, con mucho de sonoridades de bronces y percusión, fue bien recibida por el público y el músico visitante se retiró entre reiterados aplausos.
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