Ya llevo 2 años cubriendo la llegada de los peregrinos al Santuario de Lo Vásquez durante la jornada nocturna y no dejo de sorprenderme por esas muestras de fervor. Es imposible no emocionarse ante tanto sacrificio, ante las historias de vida que me han contado los peregrinos. Promesas cumplidas de sanación, enfermedades terminales que desaparecieron, paralíticos que caminaron, y así suman y siguen.
Pero intentar entender los misterios y los designios de ese ser superior al que muchos llamamos Dios, es en realidad una tarea titánica.
He buscado por años (seguramente como la gran mayoría de los mortales), alguna explicación lógica, centrada, sin apasionamientos y racional al eterno cuestionamiento, o en realidad, a varios cuestionamientos religiosos: ¿existe? ¿a qué vinimos? ¿hay milagros?…
Sin pretender bajo ningún punto de vista herir suceptibilidades, vamos por partes. Primero, entender qué es la religión. Religión viene de religar, por lo tanto, se puede entender que la religión no es tan antigua como nos han hecho creer. La religión nace con aquel hombre al que llamamos Jesús quien, de acuerdo a la historia, tradición, o catequesis, vino a la tierra a RELIGAR lo que estaba roto, es decir, la relación hombre-Dios.
¿Pero qué es o quién es Dios? O mejor cambiemos la pregunta: ¿podría haber más de un Dios? Hay algunas teorías que indican indicios suficientes para creer o pensar que hubo dos dioses: uno del antiguo testamento (el Dios de Abraham), un Dios que estaba dispuesto a quemarte con fuego si no hacías su voluntad; y otro Dios, el del nuevo testamento (el Dios de Jesús), ese bonachón y amable que todo lo perdona. Ahora, si existe o no, esa una decisión o convicción personal.
Por años los teólogos y religiosos se han dado de cabezazos tratando de entender o darle una explicación y respuesta a estas interrogantes.
Hace unos años llegué hasta lo que se conoce como una nueva forma de hacer teología, la “teología moderna” que le llaman algunos. Ese estudio (logía) de las cosas de Dios (teo) que tratan de darle una explicación racional a los ”misterios divinos” y leí por ahí una explicación simple a uno de esos grandes misterios. Justificación por la fe.
La fe (aquello en que nos hace creer y confiar en algo que no vemos) no sirve de nada si no hay obras de por medio… y las obras son nada si no se hacen con fe. Simple, ¿verdad? En otras palabras, si doy una limosna (una obra de caridad) y lo hago sin fe (sin estar convencido), no sirve de nada. Si por el contrario tengo mucha fe pero no hago ninguna obra para demostrarlo, tampoco vale.
Pero no se trata de creer o no creer, de justificar o no justificar, de si tienen o no explicación racional todos esos llamados milagros. Simplemente se trata de FE, de creer y confiar en algo que no vemos. ¿Has visto el viento alguna vez?, literalmente no, ¿verdad? Pero sabemos que existe porque vemos sus efectos sobre la tierra y los efectos de la fe (o de la mano de Dios) son los que vemos, o así por lo menos tratan de explicarlo aquellos que nos guían espiritualmente.
Estoy absolutamente seguro de que si algún día se demostrara que Dios no existe, inventaríamos algo a lo que llamar Dios y a quien darle ofrendas y sacrificios, porque nuestra naturaleza nos obliga a aferrarnos a creer y confiar en algo superior. Esto simplemente porque nos aterra sentirnos desprotegidos, inseguros. Quizá por eso hay tanta expectación por dilucidar si estamos solos o no en el universo y en el fondo, aquello en que creemos, nos da esa seguridad y protección que tanto necesitamos.
Estar en el santuario de Lo Vásquez, como lo dijo un amigo, es como estar en una pelicula de la víspera del fin del mundo. Música religiosa constante que se confunde con los vendedores ambulantes gritando calendarios de “a 3 por 500″ o velas “a 5 por luca”. Personas sufriendo y de rodillas yendo a un altar, sacerdotes confesando, gente durmiendo en las escalinatas como en espera de una hecatombe nuclear y, como si bajo el manto invisible de la protección divina, pudieran estar seguros.
Es como un campo de guerra. La guerra entre el bien y el mal, la batalla que se da en el día a día, en cada uno de nuestros corazones. Todo envuelto en un casi nauseabundo olor a fritanga y “sánguches” de potito.
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