Notas
El minero 34
Publicado por: Christian Leal
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Imagen: Francisco Ovalle

Imagen: Francisco Ovalle

Al calor de los restos de una fogata en el campamento esperanza, el mismo que cobijó durante 70 dias a un grupo de personas de distintos credos, estratos sociales, creencias religiosas, tendencias políticas, pienso en lo aquí ocurrido y no dejo de sorprenderme.

Mas all√° de la historia de los 33 compa√Īeros mineros atrapados en este yacimiento de cobre, con la incertidumbre de los primeros 17 d√≠as de no saber c√≥mo se encontraban, creo que se conjugaron extra√Īamente dos sentimientos en todos y cada uno de los corazones de los que vivimos esta experiencia, ya sea a trav√©s de los medios de comunicaci√≥n como espectadores, o como parte del protagonismo impl√≠cito que nos da este oficio de estar en el centro de la noticia, sin ser parte de ella.

Creer y estar convencido. Qué gran dilema se presentó aquí.

Me pregunto, porque tanto af√°n en hacer crecer ese sentimiento, ese estado, esa forma, eso que llaman fe y esperanza.

La fe y la esperanza son validas cuando se sustentan en concreto, cuando las posibilidades son mayores, cuando hay de que aferrarse, pero pierden todo sentido cuando en lo que nos aferramos no tiene solidez. Es en ese momento cuando se tornan peligrosas, porque nos hace convencer de que algo imposible puede ser posible. Y cuando eso que a√Īoramos no ocurre, nuestra naturaleza nos impulsa a resignarnos, a auto convencemos que era l√≥gico que no pasara, quiz√°s como una forma de protecci√≥n psicol√≥gica y as√≠ el dolor no es tan profundo, porque de nuevo volvemos a la racionalidad y lanzamos esa frase: ‚Äúyo sab√≠a‚ÄĚ.

Escuch√© a Alicia, madre de uno de los mineros contar con toda sinceridad que al 2¬ļ intento de rescate, cuando se derrumbo la chimenea de ventilaci√≥n, hab√≠a perdido esa fe y que se entreg√≥ totalmente con una entereza que solo una mujer firme y de car√°cter puede tener. “Est√° muerto, pero no imorta -dijo- porque se lo devuelvo a Dios tal como el me lo entrego a mi, sanito, s√≥lo que un poco mas grandecito”.

Esa conversación la escuché en el mismo fogón, esa fría noche se tomó un par de mates, comió unos panes cocidos a las brasas y se fumó un par de cigarrillos. Fue la noche en que el silencio del desierto sólo era roto por el sonido de las perforadoras y de los generadores de los equipos satelitales de los medios de comunicación.

Esa noche se inició el rescate.

“Ahora s√≠ -dijo- es s√≥lo cosa de tiempo”. La vi s√≥lida, atendiendo a cuanto periodista se le acercaba y con una parsimon√≠a envidiable contestaba cada pregunta que le hac√≠an. Un par de rocas eran como el living de su casa en esta improvisada cocinilla repleta de cenizas. Restos de fuego que daban cuenta de los d√≠as y d√≠as que llevaba en vigilia.

En la mina San Jos√© fui testigo de tantas historias humanas, de ese lado distinto, im√°genes imborrables a la memoria, como la hija de de uno de ellos que al ver a su padre en la televisi√≥n a minutos de ser transportado a la superficie, acariciaba la pantalla del monitor dispuesto a un costado del ducto de evacuaci√≥n, como queriendo traspasar ese cari√Īo y esa inconciente fortaleza pueril a trav√©s de la fr√≠a pantalla.

O esa madre del minero más joven atrapado, que me contaba que los dolores que sentía eran dolores de parto, de contracciones y vaya enorme coincidencia cuando la máquina perforadora ese mismo día llegaba al refugio.

Otra historia que me conmovi√≥ fue la de un compa√Īero an√≥nimo del yacimiento, que corri√≥ por el desierto m√°s √°rido del mundo, en medio de la oscuridad, soportando un fr√≠o congelante y con cero visibilidad por la camanchaca, arriesgando perderse en la soledad. Subi√≥ monta√Īa arriba varios metros s√≥lo para conseguir se√Īal de tel√©fono y dar aviso del accidente.

¬ŅQu√© aprend√≠ de todo esto? Creo que esta noticia, la de la operaci√≥n San Lorenzo, el rescate m√°s impresionante del mundo, no vino sino a darnos otra raz√≥n m√°s a los chilenos para sentirnos err√≥neamente los primeros y los mejores.

Somos un pa√≠s que vive de los triunfos extra√Īos, somos un pa√≠s exitista que se vanagloria de tener los mejores ladrones y lanzas internacionales del mundo, tener el r√©cord mundial de consumidores de pan, tener el chaleco m√°s grande, el desierto m√°s √°rido, la empanada m√°s grande, el terremoto m√°s grande, y ahora la tragedia minera m√°s grande del mundo.

Esto estaba escrito en uno de los lienzos del campamento esperanza:

‚ÄúLa fe consiste en creer lo que no vemos y la recompensa es ver lo que creemos‚ÄĚ

Me quedo con la reflexi√≥n lac√≥nica de uno de los mineros tras el rescate, ‚ÄúEstaba mejor enterrado all√° abajo que libre ac√° arriba‚ÄĚ. Que lo puede llevar a pensar as√≠. Creo tener la respuesta.

En el circo romano los leones hambrientos devoraban todos los trozos de carnes que los romanos le ponían en frente. Entonces sin justificar a los leones, podríamos decir que los grandes responsables de esas matanzas eran los romanos y su emperador. Pero cuidado, que el emperador romano lo hacía para saciar el morbo de los propios romanos que se reunían en el coliseo.

En la operación San Lorenzo vi pasar a los leones hambrientos de noticias, ví a los 33 trozos de carne (con la diferencia que estos pueden decidir no salir a la arena deL circo romano mediático) y a través de la pantalla coliseo vía satélite encontré también a los romanos ávidos de morbo en todo el mundo.

Sólo me falta saber dónde está el Emperador.

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