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La anormalidad de ser normal

Love Actually | Universal Pictures
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¿Alguna vez les ha atraído alguien de su mismo sexo? Al menos a mí sí… aunque por entonces me resultara bastante traumático.

La primera vez fue cuando estaba en secundaria. Recuerdo haber estado sentado en el gimnasio, como era usual con alguna excusa para no hacer educación física, y sorprenderme mirando con insistencia a uno de mis compañeros de clase cuyo físico era imponente.

La situación se repitió durante algún tiempo y me mortificaba. ¿Significaba aquello que yo era homosexual? Grave encrucijada cuando se estudia en colegio católico. Yo ya me había enamorado -e incluso declarado, sin éxito- a un par de chicas, entonces, ¿por qué me quedaba mirando a este chico?

El tema me angustió en cierto modo hasta que tuve la oportunidad de conocer las curvas de una mujer y saber que allí era donde quería quedarme.

Sin embargo la misma sensación me embargó nuevamente durante mi primer año de universidad. Otro de mis compañeros -ninguno de mis amigos cercanos, para su tranquilidad- atraía mis miradas. ¿Por qué? No era especialmente atractivo ni inteligente, pero había “algo”.

Para entonces yo ya había entablado relaciones con mujeres varias veces e incluso tenido sexo. ¿Significaba esto que me estaba volviendo bisexual? Nuevamente la interrogante me abordó en una institución católica, aunque poco me importaría en adelante ya que saldría de allí siendo ateo.

Sobre aquella extraña atracción, bueno, se perdió tras algunos días. Nuevamente las mujeres ganaron la partida. Y por nocaut. (Aunque de ser gay no me molestaría reconocerlo. De hecho una vez dormí en la misma cama con un amigo homosexual -sí, sólo dormir, no muerden- aunque a él le traiga pesadillas cuando lo molesto recordándoselo).

Desempolvé estos recuerdos cuando tuve una extensa y sincera conversación con una amiga lesbiana, la cual me contó sobre lo difícil que fue el proceso de asumir su sexualidad, pese a que desde la infancia supo que le gustaban más las mujeres que los hombres. Su historia es muy similar a la de otros amigos homosexuales que conozco, quienes se “asumieron” solamente tras largos periodos de guardar las apariencias, sufrimiento o reflexión.

Los menos tuvieron el apoyo o al menos la comprensión de sus familias. Los más, un drama familiar que hasta derivó en expulsarlos del hogar. Algunos nunca lo han contado, por temor a enemistarse con sus padres o incluso perder sus trabajos.

Lo curioso es que sólo pude hablar de este tema con tranquilidad desde hace unos años, cuando, como quizás recordarán, la UDI (el poderoso partido ultraconservador de Chile) se escandalizó al descubrir que en ciertos textos del Ministerio de Educación se enseñaba a los niños de secundaria que, durante la pubertad, las hormonas hervían y en ese caldo de confusión era perfectamente normal que la sexualidad no estuviera definida.

¿Eres chica y te gusta otra? ¿Eres chico y te atrae otro? Tranquilo. No sólo no es nada malo ni pervertido, sino que pasarán algunos años hasta que sepas si eres parte del 10% homosexual de la población o del 90% heterosexual.

Así de simple.

Sin embargo esto encolerizó a la UDI que lo veía como una apología a la homosexualidad e incluso una incitación a la promiscuidad, forzando -nunca entendí cómo- al Gobierno a quitar aquella información de los libros.

Lo interesante es que si yo hubiera tenido esa información durante mis años escolares me habría ahorrado mucha angustia. Una angustia de sentirme “anormal” que es la que actualmente sufren en silencio miles de niños, jóvenes y adultos que no pueden hacer las paces con su propio sexo.

Quizá por ello me gusta tanto aquella escena de la película Love Actually (Realmente Amor), donde Liam Neeson es el padre de un aproblemado hijastro pequeño (Thomas Brodie-Sangster), que finalmente le revela su tribulación de estar enamorado.

Tras el alivio de que no fuera algo más grave, el personaje de Neeson le pregunta con toda seriedad:

- Bueno, ¿y quién es el o la afortunada?

Aquella pregunta en cualquier preadolescente chileno, actualmente acarrearía desde risas hasta un enojo del niño. ¿Qué me está tratando de maricón?

Pero no. En la película, el hijastro simplemente le responde que es ella, una chica. Y la conversación sigue normalmente…

Normalmente.

Creo que cuando seamos capaces de entender que la sexualidad no viene en blanco y negro sino en diferentes tonos de grises, y que no sólo no hay nada malo en sentirse desorientado durante la adolescencia, ni menos abominable al reconocer que se es homosexual (como se podría reconocer que uno es zurdo, lo cual también era motivo de burla y castigo en siglos pretéritos), tendremos una nueva generación mucho más capacitada para amar en vez de hundir el dedo sobre los traumas de otros para tratar de sepultar los propios.

Christian F. Leal Reyes
Director
BioBioChile

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