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Rokhsar Azami, la mujer que se impone al machismo y conduce por las calles de Afganistán

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Desde que Rokhsar Azami recorre las calles de Kabul al volante de su Toyota, se enfrenta a la condescendencia o, en el peor de los casos, a la locura de sus compatriotas masculinos dispuestos a chocar con ella para entablar conversación.

Pero en Afganistán, donde las mujeres al volante son pocas, esta periodista de 23 años no piensa echar el freno. Rokhsar comenzó a conducir para evitar el acoso que padecía en la calle cuando esperaba cada mañana que un taxi quisiera llevarla a su trabajo.

Sin embargo, conducir su propio vehículo no la protege de las miradas furibundas de algunos hombres que prefieren confinar a las mujeres en casa. “Como muchos hombres nunca han visto a una mujer conducir, me acosan“, explica Rokhsar.

“A veces, quieren entablar una conversación. Uno de los modos que han encontrado es provocar un accidente”, explica esta mujer, al recordar el día en que se dio cuenta de que un coche de gran cilindrada con cuatro o cinco desconocidos a bordo la seguían.

Los hombres llegaron a bloquearla en una calle medio desierta del centro de Kabul, pero cuando empezaron a bajar del vehículo, Rokhsar dio marcha atrás y pisó el acelerador a fondo logrando huir. “Una experiencia horrible”, asegura.

- Provocación -

Afganistán no ha sido siempre un santuario del conservadurismo masculino. En los años 1970 y en la época del régimen comunista, hasta 1992, era bastante común ver a mujeres al volante y algunas de ellas conducían incluso autobuses en las grandes ciudades.

Todo cambió durante la guerra civil (1992-1996) y, a continuación, los talibanes empeoraron la situación prohibiendo a las mujeres salir sin burka ni acompañante masculino. En este contexto, era inimaginable para una mujer conducir.

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Desde el final del régimen islamista, derrocado por una coalición encabezada por Estados Unidos en 2001, la situación de las mujeres mejoró. Ahora pueden ir al colegio, estudiar en la universidad y conducir, pero ver a una mujer al volante sigue siendo para algunos una provocación.

El islam no prohíbe a las mujeres conducir, pero las leyes y las reglas culturales son muy diferentes en todo el mundo musulmán. En Arabia Saudita no tienen el derecho a tomar el volante, mientras que miles lo hacen en Pakistán e Irán.

En Afganistán, la situación es otra. Las conductoras son para muchos la encarnación del imperialismo occidental y la negación de los valores islámicos, explica Babrak, un afgano de unos cincuenta años.

Los ultraconservadores en Afganistán consideran que el hecho de conducir fomenta la independencia de las mujeres y esto implica riesgos. Sin la tutela de un hombre, pueden mantener relaciones extramatrimoniales, estiman.

“Si las mujeres conducen, sobre todo las más jóvenes, el libertinaje aumenta y esto puede incluso conducir a la prostitución en las sociedades islámicas”, asegura Babrak. “Las conductoras incitan a nuestras hermanas musulmanas al libertinaje. Esto es intolerable”, según él.

- Un ‘ejemplo’ para otras mujeres -

Una opinión relativamente extendida en Afganistán, pero que cada vez más mujeres buscan combatir a los mandos de un vehículo.

Según la dirección de tráfico de Kabul, casi mil mujeres se inscriben cada año en una autoescuela en la capital, una ciudad de unos cinco millones de habitantes.

Justo después de la caída de los talibanes, esta cifra era de unas 50, según el general Asadullah, jefe de la policía de tráfico. “Las mujeres tienen derecho a aprender a conducir, el derecho de conducir y nosotros las animamos a ello”, destaca.

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Sohaila Sama, de 25 años, dice alegrarse con la idea de conducir su propio vehículo a través de las verdes llanuras del norte de Afganistán. “Me siento mucho mejor y he ganado mucha confianza en mí misma desde que he aprendido a conducir”, confiesa.

Los avances son palpables, pero el camino es aún muy largo, si se tiene en cuenta el resurgimiento de la insurrección de los talibanes en todo el país, que hace temer un retroceso en materia de derechos.

Las mujeres que huyeron de Kunduz cuando los rebeldes islamistas entraron en esta ciudad del norte a finales de septiembre cuentan que estos mataron, especialmente, a las activistas por los derechos de las mujeres.

Con el cabello al viento y la radio a todo volumen en su Toyota, Rokhsar Azami no pierde la esperanza. “Estoy orgullosa”, dice la periodista, “porque desde que conduzco, sirvo de ejemplo a otras mujeres”.

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