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Síndrome de Peter Pan: Cuando los adultos se niegan a madurar

Bryan Rosengrant (CC) Flickr
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Aunque se supone que las personas maduran alrededor de los 24 o 25 años según la ciencia, existen adultos que parecen negarse a madurar, convirtiéndose en “eternos niños”. En estos casos, el rol de los padres es clave.

En psicología se suele hablar de la existencia de un ordenamiento de las etapas de desarrollo de las personas, con características propias y con inicios y términos que muchas veces se funden para dar paso a la etapa siguiente. Sin embargo, el ritmo de este proceso no es necesariamente uniforme en todas las personas y en muchas ocasiones pareciera que algunos seres humanos están viviendo una etapa que no les corresponde a su edad.

Este es el caso de adultos con rasgos infantiles e inmaduros, popularmente conocido como el Síndrome de Peter Pan.

“En ciertos espacios sociales se habla del Síndrome de Peter Pan, refiriéndose principalmente a hombres que tienen dificultades en comprometerse y que buscan relaciones con personas más jóvenes como una forma de alargar la juventud. Aunque también hay mujeres que conservan funcionamientos muy infantiles, pese a que no se hable mucho de ello”, indica María Ester Buzzoni, Secretaria de Estudios de la Escuela de Psicología de la Universidad del Pacífico.

La especialista explica que la dificultad para crecer puede darse en diversos aspectos de la vida adulta: en el manejo de las finanzas, la autonomía y la capacidad para vivir separados de los padres, la capacidad para afrontar ciertas responsabilidades laborales, etc.

Aunque las personalidades infantiles tienen diversas manifestaciones, están marcadas principalmente por una importante dificultad para asumir responsabilidades y hacerse cargo de tareas propias de la adultez.

“En este sentido, es importante volver a pensar que si bien a todos se nos hace difícil algún aspecto, la mayoría de nosotros tendemos a abordarlo, a pedir ayuda, a enfrentarlo y a aprender. Sin embargo, existen algunas personas que no son capaces, que se niegan a ello o que, definitivamente, ni siquiera son conscientes de que no están haciéndose cargo de tales tareas o dimensiones de la vida”, comenta Buzzoni.

Hay que tener claro que de alguna manera todas las personas conservamos ciertos aspectos infantiles y todos funcionamos a partir de experiencias de la infancia temprana, de modo más o menos consciente.

“Lo que puede ser más complejo de abordar son aquellos casos en que el funcionamiento infantil de una persona afecta sus relaciones con los otros o afecta directamente a los que lo rodean. Personas que no se hacen cargo de lo que les ocurre a los demás con su actuar, personas que no asumen sus responsabilidades adecuadamente o que no pueden comprometerse con otros, son personas cuyo modo de funcionar afecta directamente a otros”, precisa.

Pero, ¿qué razones hay detrás de estos comportamientos? La experta de la Universidad del Pacífico señala que muchas veces experiencias traumáticas en la infancia tienden a repetirse en la adultez, así como los conflictos de los padres con sus propias tareas de adultos: los hijos pueden tener conflictos en su vida adulta como producto de la identificación con experiencias difíciles de los padres. Por otra parte, puede haber estilos de crianza que infundan miedo o inseguridad en los hijos frente a ciertos desafíos de la vida.

“Los padres pueden tender a proteger mucho a los hijos y no dejarlos vivir experiencias de confianza en sus propios recursos para afrontar la vida. Y, por el contrario, puede haber casos en que los padres pueden también desprotegerlos mucho, exponiéndolos a experiencias que los superan emocionalmente, de modo que se instale una experiencia traumática que los deje sin recursos para confiar en sí mismos. Tales experiencias pueden tener que ver con la violencia entre los padres, el abuso sexual u otras experiencias que se instalen como traumáticas para un niño”, dice la psicóloga.

No obstante, esto tiene remedio. “Las experiencias de la vida siempre son una buena oportunidad para hacer un nuevo intento de crecer. Sin embargo, cuando una persona se da cuenta de que por más que lo intente, no logra superar sus dificultades, existen las experiencias terapéuticas que pueden permitir sobrepasar con la ayuda de otro esas dificultades. Y también es posible pensar que una pareja puede ser en sí misma una experiencia de cambio”, señala.

Teniendo en cuenta estas consideraciones, es fundamental el rol de los padres desde la niñez, para ayudar a los hijos a crecer en forma autónoma y segura.

“Siempre es importante acompañar a los hijos en sus tareas vitales y estar pendientes de sus dificultades para poder acompañarlos y alentarlos. Asimismo, hasta terminada la tarea de acceso a la adultez, una vez que los hijos finalizan su educación, la función de los padres es ayudar a los hijos a buscar los medios para superar sus dificultades”, concluye la especialista.

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