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Un sobreviviente de Lampedusa narra “el terror” de los náufragos

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Incendio a bordo, gritos de pánico, caída a las aguas negras del mar: cuando recuerda el naufragio cerca de la isla italiana de Lampedusa, Alí, uno de los 155 sobrevivientes, contiene las lágrimas a duras penas.

“Estábamos cerca de la costa, a eso de las tres de la madrugada. Esperamos mucho pero nadie acudió en nuestra ayuda”, dice el joven, de mirada apagada, sentado en el centro de acogida de refugiados de Lampedusa, que está abarrotado.

“Intentamos mandar señales y el capitán prendió fuego a una camiseta en lo alto del barco”, recuerda Alí, que lleva puesto un chándal de color verde chillón que le pasaron al llegar.

“Cuando la gente vio las llamas, se precipitaron todos al otro lado y el barco se desequilibró. Muchos cayeron al fondo del mar. Ahí empezó el terror”, cuenta.

Más de 300 personas han perecido probablemente, según las estimaciones de las autoridades, en el naufragio de este barco que se recostó el jueves antes del amanecer con unos 500 emigrantes a bordo.

“Tuve que nadar cinco horas antes de que llegaran los socorros. Mi familia y muchos amigos se encontraban en el barco. No puedo hablar de esto, es demasiado doloroso”, dice Alí.

Salió de Eritrea huyendo del régimen dictatorial y dice que pagó 1.400 dólares (cerca de 700 mil pesos chilenos) por embarcar en Libia en este barco con destino a Italia después de seguir un tortuoso itinerario por el Sáhara.

En el campo de Lampedusa, se mantiene al margen, no se relaciona con otros refugiados, que también huyen de la guerra o de persecuciones. Con los llegados antes, son ahora más de mil en un centro habilitado para acoger 250.

Un grupo de parlamentarios que lo visitó el sábado calificó las condiciones de vida de los refugiados de “vergonzosas” e “inaceptables en un país civilizado”.

La organización humanitaria Save the Children instó al Gobierno a evacuar inmediatamente a los 228 menores que se encuentran allí, entre ellos 40 no acompañados que sobrevivieron al naufragio.

Los refugiados están sentado en bancos verdes bajo un techo de chapa ondulada o se juntan bajo los árboles, detrás de una alambrada de espino. Residuos, colchones viejos y mantas sucias siembran las inmediaciones.

Cantos en árabe surgen del patio, donde se forman largas colas delate de las cabinas telefónicas, mientras niños hacen rebotar pelotas contra las paredes de cemento o juegan con un perro de color arena.

Los más pequeños, con los pies desnudos y pañales, miran a sus padres dormidos, mientras las mujeres hacen la colada con un cubo de agua y una manguera.

Mohammed, un sirio de 53 años que abandonó su país con su familia huyendo de los bombardeos, quería viajar a Suiza, pero tuvo que dejarlos en Egipto porque no tenían bastante para pagar los viajes hasta Europa.

“Tomé el autobús para cruzar el desierto y llegar a Libia. Era un viaje aterrador de cuatro días. Sufría porque sabía que debía hacerlo, pero dejaba atrás a mi esposa, mis dos hijas y mis dos hijos. Son muy jóvenes, necesitan a su padre”, cuenta.

“Nosotros salimos huyendo del peligro en Siria, pero también me trataron muy mal en Libia, era desesperante. Cuando llamé ahora a mi familia, estaban felices de saber que seguía con vida, pero no sabemos cómo podré salir de aquí y cómo hacerles venir”.

Mohammed, hombre orondo, de cabello gris, lleva once días en el centro de acogida de Lampedusa, donde le atiende el servicio médico, que funciona día y noche.

“Soy diabético, lo que me hace el viaje más peligroso. Cuando salíamos de Libia, tuve que caminar con el agua hasta la barbilla, sujetando con los dientes la bolsa con mis medicinas. Resultaba terrible pensar que corría el riesgo de perderlo todo”.

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