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¿Por qué odiamos a la Teletón?

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Nací en 1978, el mismo año de la primera Teletón. Muchos de mis recuerdos infantiles giran en torno al evento: mis padres en el supermercado eligiendo sólo la mercadería adherida; el fervor de que ese día -en una época sin cable, de sólo 2 ó 3 canales que se iban a negro a medianoche- habría transmisión continuada por 27 horas para ver en familia; o alucinar viendo al Profesor Rossa, Cachureos y Patio Plum compartiendo pantalla, junto a otras personalidades que el resto del año se ignoraban como si pertenecieran a universos paralelos.

Sí, por entonces la Teletón era el gran evento que unía a todo Chile.

34 años más tarde, me sorprendo al caminar por el paseo peatonal de Concepción y ver casi la totalidad de los letreros de la Teletón destrozados o rayados. No se trata del loco o vándalo de turno: prácticamente todos los avisos de la ciudad han sufrido algún daño, muchos de ellos con consignas que critican a la “gran cruzada de amor”.

Un panorama similar es el que me encuentro al ver noticias relacionadas con la campaña en medios de comunicación o redes sociales. Una gran cantidad de personas -muchas amparadas en el anonimato, otras con nombre y apellido- lanzan sus dardos hacia Mario Kreutzberger, el equipo de artistas y las empresas que secundan a la Teletón. Incluso a la campaña en sí.

¿Cómo pasamos de un evento capaz de unir a la gente aún en Dictadura -algo que ni siquiera el fútbol pudo lograr- a uno donde la opinión ciudadana parece, al menos, dividida?

Recuerdo que los primeros en criticar públicamente a la Teletón fueron el escritor Enrique Lafourcade y el entonces senador Jorge Lavandero, quienes la sindicaron -por lo bajo- como una estafa.

¡Vaya cosas! Cual castigo divino, uno de los hijos de Lafourcade sufrió un accidente que lo obligó a asistir a un centro de rehabilitación; lo de Lavandero… mejor ni mencionarlo.

Pero ambos marcaron el inicio de un viaje sin retorno: repentinamente, criticar a la Teletón ya no era tabú. Algunas personas comenzaron a expresar sus dudas, sus sospechas y claro, también los rumores que habían oído… eso que el padre del primo del tío de un hermano le había contado a un amigo, donde se dejaba en “irrefutable evidencia” que la Teletón era en realidad un confabulación imperialista con el afán de manipularnos.

¿Por qué odiamos a la Teletón? ¿Hay fundamentos para criticarla o es simplemente seguir la moda que nos hace llevar la contraria a cualquier situación que siga la masa con apoyo de los medios?

Tras consultar a mis conocidos y reflexionar sobre ello un instante, creo que hay 6 razones por las cuales la Teletón de 2012 no es vista con los mismos ojos de aquella humilde Teletón de 1978:

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1. Las audiencias han cambiado

En 1978 no había Internet ni TV cable y, con suerte, podían sintonizarse dos canales. Pero no era sólo un asunto de oferta: la gente en esos tiempos era mucho más cándida. Eran tiempos en que Rambo podía dar de baja a un batallón completo de soviéticos con una ametralladora y no sólo ser creíble, sino también heroico.

Es que en aquella época si la TV lo decía, tenía que ser verdad.

(“Algo habrán hecho” y todas esas cosas, ya saben…)

Aunque no hemos crecido mucho en inteligencia, el siglo XXI nos sorprendió más escépticos, a fuerza de desilusiones. No creemos en la iglesia, ni en los políticos, tampoco en las empresas, los medios ni menos en la policía. Si el sujeto nos sonríe y ofrece algo, es porque debe querer algo a cambio.

El concepto popular es simple: no puede haber tanta gente trabajando desinteresadamente. Algo debe haber como recompensa. Un billetito, un punto de rating, un contrato a largo plazo, una posibilidad de trabajo. No. Ya nadie hace algo a cambio de nada.

2. Los mitos y las redes sociales

Existen innumerables mitos en torno a la Teletón. Que don Francisco se queda con el 5% de las ganancias, que los artistas cobran como alucinados y que la campaña está arreglada desde el principio con las donaciones de las empresas: sólo quieren que te quedes mirando su publicidad.

Desde un principio, la Fundación Teletón ha tenido la política de no responder a estos rumores ni a las críticas, algo que tenía lógica hace 30 años, pero no en un mundo de redes sociales, donde un fulano conectado “mata” a un artista famoso e instantáneamente medio Chile está entregando el pésame.

Aunque en realidad, poco importa si el rumor difundido es verdad. Ya lo decía aquella mente privilegiada del nazismo: miente, miente… que algo queda.

3. El festival del codazo

Sería imposible imaginar una constelación de estrellas sin que unas estallen devorando a otras. Aquellos conocidos rostros sonrientes que nos hablan emocionados sobre amor y unidad, en realidad se dan patadas bajo el escenario y no dudan en empujarse -literalmente- para estar más cerca de don Francisco durante el apogeo de la jornada, en lo que por interno se le llama “el festival del codazo“.

Los egos e intereses llegan a tal punto que se pactaron cuotas de participación de animadores para todos los canales, a fin de que no se repitan hechos tan escandalosos como la aparición de una flamante Carolina de Moras en la apertura de la Teletón, espacio reservado para figuras consolidadas.

Al fin y al cabo todos somos iguales… pero unos más iguales que otros.

Chilevisión

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4. La mala imagen de las empresas

Hace 30 años, tener una empresa relativamente rentable era sinónimo de esfuerzo. Hoy, tener una empresa es sinónimo de adorar a Satán. No sin motivo, por supuesto, como bien nos han demostrado las colusiones farmacéuticas, el aprovechamiento del retail, la usura de los bancos, la contaminación de las fábricas, las mentiras de los medios, suma y sigue.

Con tal nivel de mala fama, cuesta entonces tragarnos los rostos sonrientes de los ejecutivos cuando saltan a la palestra para anunciar con voz magnánima que “En Pérez y Cia, don Francisco, no hemos querido estar ausentes de esta maravillosa obra…“, para entregar cantidades que nunca ha estado claro cuánto representan realmente de sus utilidades.

Peor aún fue la idea, hace algunos años, de proponer “tareas” al público, motivándolos a realizar la mayor cantidad de compras posible en Líder o Ripley para que estas casas hicieran un nuevo donativo a la Teletón. Lo peor es que bastaban matemáticas simples para calcular que el beneficio obtenido era mucho mayor para la empresa que para los discapacitados, algo que denunció incluso el ex Vicario de la Pastoral Social, Alfonso Baeza.

5. ¿Caridad o solidaridad con los discapacitados?

No cabe duda que Chile es un país de contrastes. Mientras su gente se contrae en muecas de empatía frente al dolor de los discapacitados y se vuelca masivamente al banco para hacer sus donativos, al día siguiente no tiene empacho en ocupar los espacios reservados en el Mall o los supermercados.

Mucho se ha cuestionado en ese sentido el rol de la Teletón. ¿Realmente contribuye a la integración de los discapacitados fuera de su rehabilitación? 34 años de insensibilidad frente a las necesidades especiales no son precisamente un testimonio de éxito.

6. Y… ¿dónde está el Estado?

Finalmente, una de las principales críticas que se hacen al evento no es por la Teletón en sí misma, sino por el insuficiente rol del Estado en asumir algo que debería ser su responsabilidad.

Aquel era el pensamiento hacia 2001 de una molesta Gladys Marin, que tras negarse a la propuesta de besarse con el entonces candidato Joaquín Lavín, se lanzó con todo en contra de los políticos que participan en la maratónica jornada.

“El problema de los discapacitados es una tarea del Estado y del Parlamento. Más que dedicarse a bailar y a hacer show, debieran dedicarse a legislar para atender a la salud de la gente”, no les mandó a decir con nadie la antecesora de Camila Vallejo.

http://youtu.be/ltmvewHQXrg

Y considerando que este 2012 las isapres obtuvieron por concepto de cotizaciones más de 66.000 millones de pesos en ganancias -monto suficiente para cubrir 3 teletones- ¿no le queda a usted también la duda de si como país deberíamos ordenar mejor las cuentas y evitar que los chilenos financiemos, en la práctica dos veces, la rehabilitación de los discapacitados?

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