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¿Quieres educación de calidad? No pienses en los niños: piensa en los padres

Ricardo Hurtubia (CC)
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En una época en que en Chile debate cómo reorganizar su corroído sistema educativo, es posible que la clave para su mejoramiento no esté en la infraestructura o en la cantidad de dinero que se le asigna a cada establecimiento. Quizá, ni siquiera esté en los profesores ni en los propios estudiantes… sino en sus padres.

En una columna del periodista del New York Times, Nicholas Kristof, se expone cómo un equipo de investigadores de la Universidad McGill en Canadá, se percataron de que los ratones de laboratorio cuyas madres habían pasado más tiempo cuidando de ellos mediante lamidos y caricias, demostraban ser más inteligentes, sociables y curiosos cuando llegaban a la adultez e -incluso- vivían más tiempo.

Al analizar el cerebro de estas ratas y compararlo con el de aquellas que no tuvieron padres tan afectuosos, descubrieron que tenían diferencias biológicas que permitían a las primeras manejar de mejor forma el estrés y las situaciones desconocidas.

Pero este particular hallazgo no se queda sólo en los roedores. Un estudio de la Universidad de Minnesota que se viene realizando desde 1970, ha seguido durante cuatro décadas a 267 niños provenientes de familias con padres primerizos de bajos ingresos. En un resultado no tan sorprendente, quienes recibieron mayor apoyo afectivo de sus padres durante los primeros años de vida, tuvieron tanto un mejor coeficiente intelectual como mayores posibilidad de completar su educación superior.

Kristof cita el trabajo del escritor Paul Tough, en su libro “How children succeed” (Cómo triunfan los niños), para demostrar que es precisamente este tipo de apoyo el que marca una diferencia en romper el círculo de la pobreza, y no necesariamente -tal como debatimos en Chile- la asignación de bonos o de una reforma tributaria.

“No existen mejores armas contra la pobreza que la resolución, la resiliencia, la perseverancia y el optimismo, -escribe Tough- sin embargo estas aptitudes no son innatas en los jóvenes ni aparecen mágicamente. Tampoco es un asunto de opción. Están enraizadas en la química cerebral y se van moldeando, de formas predecibles y mesurables, según el ambiente en que crecen los niños. Eso significa que el resto de nosotros, como sociedad, podemos hacer muchísimo para influenciarlos en su desarrollo”.

Para ejemplificarlo, el periodista exhibe los resultados de Nurse-Family Partnership, una agrupación que combate la pobreza en Estados Unidos enviando regularmente una enfermera a visitar a madres solteras en situación vulnerable, hasta que su hijo cumple 2 años. Su misión es desincentivar el uso de drogas o alcohol, así como enseñarles actitudes de paternidad proactiva, como leerle regularmente a sus niños.

¿El resultado? Cuando han cumplido 15 años, estos chicos han tenido menos de la mitad de probabilidades de ser arrestados que los niños en su misma situación, pero que no fueron beneficiados por el programa.

“Quizá estamos comenzando a descifrar la forma de evitar muchos de los problemas domésticos que tiene el país. Esto porque si bien Tough cita evidencia de que el estrés o la indiferencia de los padres daña la corteza prefrontal (del cerebro) en la infancia, este daño usualmente puede revertirse en la adolescencia”, dice Kristof.

Buena muestra da de ello Kewauna Lerma, una adolescente de Chicago que comenzó su educación media no sólo con un promedio inferior a 4, sino también con un arresto. Entonces, un grupo de apoyo llamado OneGoal comenzó a apoyarla tanto en su aprendizaje como en sus afectos.

Y pese a que la familia de Kewauna está en el quintil más desafavorecido económicamente, una vez que pudo centrar su atención en los deberes escolares, para su último año de escolaridad ya no tenía ninguna calificación inferior a un 6.5.

“Logró llegar a la universidad, donde la clase que más le costaba era biología, ya que el profesor usaba términos que Kewauna desconocía. Por eso, decidió sentarse en la primera fila y, al terminar las clases, le preguntaba al profesor qué significaba cada una de las palabras que no había entendido”, narra Kristof.

“Kewauna tenía muy poco dinero, al punto que una vez se quedó sin comer durante dos días. Pero en biología, logró obtener un 7″, concluye.

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