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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

El efecto de verdad ilusoria, fenómeno que hace que las afirmaciones falsas parezcan más creíbles al repetirse, preocupa en la era digital. La familiaridad de una mentira puede confundirse con credibilidad debido a la fluidez de procesamiento del cerebro. Estudios indican que la segunda exposición a una falsedad aumenta su percepción de veracidad. Aunque la repetición no garantiza creer en una mentira, puede hacerla parecer menos absurda. Este mecanismo evolutivo se vuelve problemático en redes sociales, donde la desinformación se difunde fácilmente. Incluso personas críticas pueden ser vulnerables al efecto de repetición.

En redes sociales, grupos de WhatsApp, videos virales o conversaciones cotidianas, una misma afirmación puede aparecer una y otra vez hasta instalar una incómoda sensación: aunque al principio sonara dudosa, con el tiempo empieza a parecer menos falsa. Ese fenómeno tiene nombre y preocupa especialmente en la era digital: se conoce como efecto de verdad ilusoria.

La idea central es simple, pero poderosa. Mientras más veces una persona se expone a una afirmación, incluso si es incorrecta, más familiar le resulta. Y cuando algo se vuelve familiar, el cerebro tiende a procesarlo con mayor facilidad. Esa facilidad puede confundirse con credibilidad.

Según explicó a TIME la psicóloga Sarah Barber, profesora asociada de la Georgia State University, cuando escuchamos varias veces una misma idea, esta puede parecernos más veraz que la primera vez que la oímos. No necesariamente porque existan nuevas pruebas, sino porque el cerebro ya la reconoce.

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Este proceso se relaciona con la llamada “fluidez de procesamiento”. En términos sencillos, una frase repetida exige menos esfuerzo mental para entenderla. Como se siente conocida, también puede parecer más confiable, aunque su contenido sea erróneo.

El segundo encuentro con una mentira puede marcar la diferencia

Diversos estudios han identificado que el mayor aumento en la percepción de veracidad ocurre después de la segunda exposición a una afirmación.

Es decir, no hace falta escuchar una mentira durante años para que comience a provocar efecto: basta con encontrarse con ella más de una vez para que el cerebro empiece a procesarla de otra manera.

Barber destaca que cada nuevo contacto con una idea puede reforzar su apariencia de verdad. Sin embargo, esto no significa que una persona crea automáticamente cualquier mentira solo porque la escuchó varias veces.

La especialista distingue entre dos conceptos importantes: la percepción de verdad y la creencia real.

Una afirmación repetida puede no convencernos por completo, pero sí moverse en nuestra mente desde el terreno de “esto es totalmente falso” hacia una zona más ambigua, donde comienza a parecer “menos imposible” o “algo que tal vez podría ser”.

Ahí está parte del riesgo. La repetición no siempre convierte una mentira en una creencia firme, pero puede hacer que pierda su carácter absurdo o sospechoso.

Por qué el efecto de verdad ilusoria antes podía tener sentido

La psicóloga Shauna Bowes, profesora adjunta de psicología en la Universidad de Alabama en Huntsville, plantea que este mecanismo tiene una explicación evolutiva. “Si pensamos en la información transmitida de boca en boca como una forma de prueba, es lógico que valoremos más aquello que oímos repetidamente”, explicó.

En otros contextos, escuchar lo mismo varias veces desde distintas personas podía funcionar como una señal útil. Si muchas voces repetían una advertencia, una noticia o una enseñanza, tenía sentido prestarle atención.

El problema, advierte Bowes, es que ese mecanismo resulta mucho menos útil en el escenario actual. Hoy, una persona puede ver decenas de veces la misma afirmación falsa no porque muchas fuentes independientes la hayan comprobado, sino porque un algoritmo, una campaña de desinformación o una cadena viral la empujó una y otra vez.

Redes sociales: el terreno perfecto para la desinformación

El efecto de verdad ilusoria se vuelve especialmente potente en los entornos digitales. Barber señala que la desinformación sobre salud y la propaganda política suelen circular repetidamente en redes sociales.

A eso se suma otro elemento: muchas veces, esos contenidos aparecen mezclados con publicaciones de amigos, familiares o cuentas que el usuario considera confiables. Esa combinación puede darle a una afirmación inventada una apariencia de legitimidad.

Lo más complejo es que nadie queda completamente a salvo. El equipo de Bowes y la profesora Lisa Fazio, de la Vanderbilt University, demostró que incluso personas reflexivas y críticas pueden ser vulnerables al efecto de repetición.

“Estudio las diferencias individuales para ver si ciertas personas resisten mejor la información falsa, pero con el efecto de verdad ilusoria esas diferencias no parecen tener impacto”, aseguró Bowes.

Incluso quienes suelen analizar con cuidado la veracidad de una afirmación pueden sentir que una idea absurda parece menos inverosímil después de escucharla varias veces.

Saber que existe no siempre basta

Uno de los puntos más inquietantes es que conocer el efecto de verdad ilusoria no elimina por completo su influencia. Entender que la repetición altera nuestra percepción ayuda, pero no funciona como una defensa infalible.

Por eso, los especialistas recomiendan reducir la exposición a contenidos falsos, teorías conspirativas o plataformas donde circula información engañosa de manera constante.

Bowes sostiene que la defensa más realista consiste en limitar el tiempo en espacios que difunden datos erróneos.

Sin embargo, la responsabilidad no recae únicamente en los usuarios. Según Bowes, redes sociales y medios digitales también deberían priorizar la promoción de información comprobada y frenar la circulación de contenidos falsos.

En un ecosistema donde los algoritmos pueden repetir una mentira hasta volverla familiar, elegir bien las fuentes se vuelve clave. Porque, aunque una afirmación no sea cierta, verla demasiadas veces puede bastar para que empiece a sonar peligrosamente creíble.