En 2005 se estrenó Mi mejor enemigo, película del chileno Alex Bowen ambientada en la Patagonia durante la crisis del Beagle. En diciembre de 1978, una patrulla de conscriptos chilenos se pierde en la estepa y termina frente a una patrulla argentina tan desorientada como ella, en una planicie donde nadie sabe dónde termina un país y empieza el otro. Los soldados, que debían matarse, acaban compartiendo el frío, un partido de fútbol y la sospecha de que la guerra la decidían otros.
La ficción apenas exagera lo ocurrido aquel diciembre, cuando la Junta Militar argentina lanzó la Operación Soberanía y debió suspenderla en cuanto el papa Juan Pablo II ofreció su mediación. Su enviado, el cardenal Antonio Samoré, dijo ver “una lucecita de esperanza al final del túnel”, una luz que en 1984 se convertiría en el Tratado de Paz y Amistad, firmado por el gobierno democrático de Raúl Alfonsín y la dictadura de Augusto Pinochet. Dos gobiernos que no coincidían en casi nada aceptaron que la política resolviera lo que las armas amenazaban con arruinar.
Cuatro décadas después, la inquietud regresa al extremo austral a bordo del Danstar, un buque de bandera chilena que prepara para fin de año una ruta mensual entre Punta Arenas y Puerto Argentino/Stanley y que reportes de inteligencia consideran un posible “evento crítico” con Argentina.
En septiembre, empresarios de Magallanes y de las islas mantuvieron más de 800 reuniones en Punta Arenas, mientras en Buenos Aires Javier Milei —que alguna vez elogió a Margaret Thatcher— anunciaba sanciones contra quienes operen en Malvinas sin permiso argentino. Admirar a la Dama de Hierro y perseguir a sus herederos exige cierta flexibilidad. Desde la oposición, diputados peronistas liderados por Santiago Cafiero pidieron citar al embajador chileno Gonzalo Uriarte.
A bordo de la fragata Capitán Prat, José Antonio Kast afirmó que Argentina “no tiene ni tendrá jamás soberanía ni control” sobre el Estrecho de Magallanes, y al día siguiente firmó con Milei un comunicado que respalda los derechos argentinos sobre Malvinas, que Buenos Aires interpretó como un compromiso chileno de no dar apoyo logístico a la explotación de recursos en las islas.
Semanas después, su ministro de Defensa, Fernando Barros, llamó al Reino Unido “país amigo”. A la confusión se sumó el embajador estadounidense Brandon Judd, que sugirió que el apoyo de Washington en el Estrecho dependerá de que Chile atienda “los temas que son importantes” para su gobierno. El canciller chileno le respondió que la integridad territorial no es transaccional. Habría que avisarle a Donald Trump.
En 1982, mientras Chile se declaraba neutral en la guerra de Malvinas, el general Fernando Matthei hizo -según confesó años después- “todo lo posible para que la Argentina perdiera”, aunque en Buenos Aires gobernara otra dictadura anticomunista.
Lord Palmerston había resumido esa lógica en 1848 en los Comunes. “No tenemos aliados eternos ni enemigos perpetuos. Nuestros intereses son eternos y perpetuos, y es nuestro deber seguirlos”. La afinidad de Kast con Milei y con Trump sirve para las fotos. Los intereses de Magallanes exigen acordar con el vecino qué significa apoyo logístico antes de que zarpe el Danstar, y una mesa bilateral que tramite las diferencias lejos de la cubierta de una fragata.
En Mi mejor enemigo, los soldados terminan entendiendo que en la estepa la frontera solo existe si alguien se pone de acuerdo en dibujarla. Kast haría bien en ver la película antes de diciembre.
Lic. Martina Cárdenas
Analista en el Ministerio de Defensa de la República Argentina.
Formación en Gobierno y Relaciones Internacionales (UADE, Argentina)
Posgrado en Seguridad Internacional, Desarme y No Proliferación (Fundación NPSGlobal)
Docente universitaria e investigadora.
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