Un día cualquiera en la Fundación Don Bosco no ocurre en un solo lugar. En una residencia alguien prepara el desayuno temprano. En un programa de la tarde, un educador nota que un chico lleva dos días sin hablar y se sienta al lado sin preguntarle nada todavía. Una dupla psicosocial golpea la puerta de una casa donde la última vez no contestó nadie. Alguien acompaña a un adolescente a una audiencia en el tribunal de familia que va a durar quince minutos y de la que depende buena parte de su vida. Al terminar la jornada, la mayoría de esos chiquillos vuelve a su casa. Algunos se quedan con nosotros.

Nada de eso aparece en un informe. Y sin embargo, ahí es donde la Fundación Don Bosco existe de verdad. Junto a esa vida hay otra, también necesaria.

Convenios, supervisiones técnicas, registros de asistencia, evaluaciones, rendiciones, plazos que no se pueden mover. Tenemos que responder por cada peso que recibimos y por cada niño que el Estado y las familias nos confían. Eso no es burocracia inútil: en un país que ha fallado tantas veces a su infancia, rendir cuentas es parte de tratar a los niños con seriedad.

Y es un país que está fallando. Solo en los registros de Carabineros aparecen casi 160 mil niños, niñas y adolescentes como víctimas de vulneraciones de derechos en los últimos cuatro años, y las medidas de protección dictadas por los tribunales aumentaron en un 35%. Detrás de cada una de esas cifras hay una carpeta, una audiencia, un informe psicosocial, una derivación. Y detrás de cada carpeta hay un niño esperando que alguien aparezca.

Ahí está el riesgo que quiero nombrar, y que no es solo nuestro: que en un sistema que exige tanto papel, el papel termine ocupando más espacio que la persona. Que la pregunta “¿cómo vamos con los indicadores?” se haga más seguido que la pregunta “¿cómo está este niño?”.

Porque detrás de cada programa hay una historia que no cabe en una planilla. Un niño que necesita recuperar la confianza. Una familia que atraviesa un momento difícil. Un adolescente que intenta darle sentido a su vida. Ninguna de esas tres cosas se mide, y las tres son exactamente para lo que existimos.

El riesgo que corremos, es que podemos trabajar mucho por los demás y terminar escuchándolos poco. Podemos defender la dignidad de los niños en cada documento que firmamos y, al mismo tiempo, tratarlos con impaciencia en el pasillo. Podemos hablar desde el amor y olvidar expresarlo en los gestos más simples, como estar.

Y esto no ocurre solo en una obra social. Pasa igual en una familia, en una sala de clases, en una comunidad, o en tu hogar.

No se trata de hacer menos ni de renunciar a nuestras responsabilidades. Se trata de no perder el sentido de lo que hacemos. Y eso no se resuelve con buenas intenciones, sino con decisiones concretas que deriven en que, niños, niñas y jóvenes puedan decir que su vida fue un poco mejor porque un equipo los trató con dignidad y les devolvió la esperanza.

P. Víctor Mora
Presidente de la Fundación Don Bosco

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