El reciente planteamiento de la senadora Vanessa Kaiser sobre explorar en Chile un modelo similar al de las Tagesmutter alemanas —cuidado infantil en hogares en lugar de jardines tradicionales— me hizo recordar de inmediato la experiencia que vivieron mis dos hijas en Canadá. Antes de que nuestra familia se mudara a Chile, ambas pasaron sus primeros años en un sistema muy parecido: los home daycares, pequeños jardines infantiles que funcionan en la casa de una cuidadora autorizada y supervisada.
Hasta hoy considero que fue una de las mejores experiencias que pudieron haber tenido durante su primera infancia. En Chile solemos asumir que mientras antes un niño ingrese a un jardín infantil tradicional, mejor. Es una idea que todavía me sorprende, considerando la abundante evidencia sobre la importancia que tienen, durante los primeros años de vida, las relaciones estables con los padres u otros cuidadores principales.
Por ejemplo, una serie de estudios de la psicóloga del desarrollo Megan Gunnar, de la Universidad de Minnesota, encontró que muchos niños pequeños presentan aumentos de cortisol —la hormona asociada a la respuesta al estrés— durante la jornada cuando asisten a jardines infantiles, un patrón que no se observa cuando esos mismos niños permanecen en casa. Estos efectos parecen ser especialmente marcados en menores de tres años.
Al mismo tiempo, en Chile existe escaso cuestionamiento sobre si el tamaño de los establecimientos, la cantidad de niños o el ambiente en que pasan buena parte del día son realmente los más adecuados para un niño de uno, dos o tres años. A mi juicio, esta discusión debiera ocupar un lugar mucho más relevante.
La investigación en desarrollo infantil coincide en que, durante los primeros años, los niños se benefician especialmente de relaciones estables con un número reducido de cuidadores sensibles y emocionalmente disponibles. En la práctica, esas condiciones suelen encontrarse en el hogar, con familiares cercanos o en modalidades de cuidado domiciliario donde una misma persona acompaña a un grupo pequeño de niños.
Los home daycares canadienses responden precisamente a esa lógica. En lugar de grandes salas con muchos niños de la misma edad, ofrecen grupos reducidos en un ambiente hogareño. Los niños comparten la mesa para comer, juegan en el patio de una casa, participan en actividades cotidianas y desarrollan vínculos estables con una misma cuidadora.
Lo que más me marcó fue precisamente esa sensación de hogar. Mis hijas no llegaban cada mañana a una institución: llegaban a una casa. Eran recibidas por una persona que las conocía profundamente, sabía cuándo estaban cansadas, cuándo necesitaban mayor contención o cuándo estaban listas para explorar algo nuevo. Esa continuidad resulta especialmente valiosa durante los primeros años, cuando la seguridad emocional constituye la base desde la cual los niños desarrollan autonomía.
También me llamó la atención la convivencia entre distintas edades. Los más pequeños observaban e imitaban a los mayores, mientras estos últimos aprendían a cuidar, esperar y ayudar a los menores. Es una dinámica mucho más natural que la estricta separación por edades característica de muchos jardines infantiles.
De hecho, organizar a los niños exclusivamente según su edad responde más a criterios de eficiencia administrativa que a evidencia sobre desarrollo infantil. Históricamente, los sistemas de educación masiva adoptaron esta estructura para facilitar la enseñanza simultánea de grandes grupos, aunque durante los primeros años de la educación pública era habitual que los alumnos mayores colaboraran en el aprendizaje de los más pequeños.
Por supuesto, ningún modelo es perfecto. Un home daycare requiere regulación, supervisión y estándares de calidad. No basta con abrir la puerta de una casa.
En este aspecto, la experiencia canadiense ofrece una referencia interesante. Las cuidadoras que desean operar un home daycare deben obtener una licencia y quedan bajo la supervisión de agencias autorizadas y reguladas por el Estado. Estas realizan visitas periódicas, capacitan a las cuidadoras, inspeccionan las condiciones del servicio y elaboran informes para las familias, contribuyendo a garantizar estándares adecuados de cuidado.
El objetivo no debiera ser enfrentar jardines infantiles y cuidado en el hogar como si fueran alternativas incompatibles. El verdadero desafío consiste en ampliar las opciones disponibles para las familias y reconocer que la primera infancia necesita respuestas diversas. Algunas preferirán jardines tradicionales; otras podrían encontrar en las Tagesmutter o en los home daycares una alternativa más acorde con las necesidades de sus hijos.
Mi experiencia personal me convenció de que un hogar pequeño, con pocos niños, una cuidadora estable y un ambiente familiar puede ofrecer, para muchos, un comienzo extraordinariamente valioso. Sus principales fortalezas son los grupos reducidos, la convivencia entre distintas edades, la existencia de una cuidadora principal, las rutinas cotidianas, un menor nivel de ruido, mayor flexibilidad y continuidad afectiva.
Finalmente, este modelo abre oportunidades laborales para muchas mujeres, especialmente para madres solteras o en situación de mayor vulnerabilidad. Para ellas suele ser especialmente difícil incorporarse al mercado laboral cuando no cuentan con alternativas de cuidado compatibles con sus responsabilidades familiares. Permitir que puedan ofrecer cuidado infantil regulado desde sus propios hogares no solo beneficia a las familias que buscan una opción distinta, sino que también genera una fuente de ingresos capaz de transformar su situación económica. Es un beneficio adicional que merece ser considerado en este debate.
Bárbara Sádaba
Académica Departamento de Economía UDP
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