A simple vista parece sacado de una mezcla imposible: cuerpo de oso hormiguero, cola larga y gruesa, garras enormes y una armadura de escamas que recuerda a una piña. Ese animal existe y se llama pangolín, un mamífero de tamaño mediano que habita solo en África y Asia.
Su apariencia lo vuelve único, pero también lo puso en peligro. Las escamas que cubren su cuerpo se convirtieron en el principal motivo de su caza ilegal, hasta transformarlo en el mamífero más traficado del mundo y en uno de los animales con mayor riesgo de extinción.
Ahora, un nuevo estudio publicado en la revista Communications Biology sumó una pieza clave para entender y proteger a estos animales. La investigación confirmó la existencia de una especie asiática que había pasado inadvertida durante años: el pangolín del Himalaya, cuyo nombre científico correcto es Manis aurita, consignó Eurekalert.
La especie vive entre los árboles de Nepal y el norte de India, y su reconocimiento no solo amplía el conocimiento científico sobre los pangolines, sino que también podría ayudar a combatir la caza furtiva.
“No podemos proteger lo que desconocemos, y ahora que hemos confirmado la existencia de esta otra especie de pangolín, podemos utilizar esa información para ayudar a proteger a estos animales en peligro de extinción”, afirmó Anderson Feijó, conservador adjunto de mamíferos de Negaunee en el Field Museum y coautor del estudio.
La nueva especie de Pangolín
El hallazgo llega después de más de cinco años de investigación iniciada en Nepal. Según explicó Narayan Koju, investigador del Colegio de Ingeniería de Nepal en la Universidad de Pokhara y primer autor del estudio, el trabajo permitió confirmar que los pangolines del Himalaya representaban un linaje evolutivo distinto.
“Este hallazgo marca la culminación de más de cinco años de investigación que comenzaron en Nepal, donde documentamos por primera vez evidencia que sugería que los pangolines del Himalaya representaban un linaje evolutivo distinto”, señaló Koju.
El camino para llegar a esa conclusión no fue simple. En 2025, otro grupo de científicos había planteado que los pangolines chinos no correspondían a una sola especie, como se creía durante mucho tiempo, sino a dos. Una vivía principalmente en China, mientras que otra habitaba las estribaciones del Himalaya, en zonas de Nepal, India, Bután y Myanmar. A esta última la llamaron Manis indoburmanica.
Sin embargo, Feijó y otros investigadores ya revisaban desde hacía años el árbol genealógico de los pangolines, combinando rasgos físicos y ADN. En ese proceso apareció un dato clave: en 1836 ya se había descrito una especie llamada Manis aurita, que luego quedó reclasificada como una subespecie de pangolín chino.
La duda era evidente. “Esto nos dejó con un enigma taxonómico fundamental: ¿cuál es la relación entre indoburmanica y aurita? ¿Son la misma especie o especies diferentes?”, explicó Kai He, coautor del artículo e investigador del Centro de Investigación de la Biodiversidad del Sur de China en la Universidad de Guangzhou.
La importancia de la conservación
La respuesta llegó desde el Museo de Historia Natural de Londres. Allí, los científicos lograron secuenciar ADN directamente desde un ejemplar histórico de 1836, es decir, una muestra de casi 190 años. Ese análisis confirmó que los pangolines modernos del Himalaya coincidían con M. aurita. Por eso, la especie descrita en 2025 como M. indoburmanica debe llamarse en realidad Manis aurita.
Aunque las diferencias con el pangolín chino son sutiles, resultan importantes. “En comparación con el pangolín chino, el pangolín del Himalaya tiene un cuerpo más grande, una cola más larga y orejas más pequeñas”, explicó Feijó. Además, ambas especies viven en regiones distintas que no se superponen.
Esa información puede marcar una diferencia concreta en la conservación. En la medicina tradicional china se atribuyen propiedades afrodisíacas a las escamas de pangolín, lo que alimenta el tráfico ilegal. El problema es que en los mercados clandestinos generalmente solo aparecen escamas, no animales completos, y eso dificulta saber qué especie fue cazada y desde dónde proviene.
“En los mercados, básicamente solo se encuentran escamas de pangolín, no animales enteros, lo que dificulta saber qué especies se cazan y de dónde provienen”, explicó Feijó.
Rastrear la especie
Con los nuevos análisis de ADN, los científicos podrán identificar con mayor precisión qué especies terminan en el comercio ilegal y rastrear las zonas donde enfrentan mayor riesgo. Esa información también permitirá evitar errores en programas de reintroducción.
“Antes, se podían introducir pangolines chinos en Nepal por desconocimiento”, sostuvo Feijó. “Al definir las diferencias entre las especies y los límites de distribución de cada una, podemos tomar mejores decisiones de conservación”.
Para los investigadores, el caso también demuestra el valor de las colecciones de museos. Gracias a ejemplares preservados hace más de un siglo, la ciencia pudo recuperar una identidad perdida y abrir una nueva posibilidad de protección para un animal tan extraño como amenazado.
“Utilizar las colecciones de los museos nos permite tener acceso a más ejemplares de toda la distribución de la especie”, destacó Feijó. “Es una gran ventaja contar con este recurso como repositorio de material al que podemos recurrir y del que podemos seguir aprendiendo”.
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