El refuerzo de la Clave Única es una buena noticia que llega tarde.

La noticia parece un avance, pero en realidad es un síntoma de una demora preocupante. El anuncio de que la Clave Única incorporará un “PIN Pass” como segunda capa de seguridad para trámites sensibles nos deja una sensación agridulce. Por un lado, el alivio de que finalmente se tomen medidas de estándar internacional; por otro, la pregunta inevitable: ¿Cuánto más teníamos que esperar?

Durante años, la Clave Única ha sido la “llave maestra” de los chilenos. Con ella abrimos las puertas de nuestra ficha médica, nuestro historial tributario, los beneficios del Estado y hasta trámites legales complejos.

Sin embargo, mientras el mundo del cibercrimen evolucionaba con ataques de phishing cada vez más sofisticados, nuestra llave seguía siendo una simple cerradura de madera: una contraseña que, si era vulnerada, dejaba nuestra identidad digital totalmente desnuda.

La exposición: Un riesgo que no elegimos

¿Cuánta exposición hemos tenido que soportar? La respuesta es: demasiada. En un país que se jacta de su digitalización, hemos operado bajo un sistema de autenticación simple que, en la práctica, era un “punto único de falla”. Si un delincuente obtiene tu clave, no solo pierdes una cuenta de correo; pierdes tu identidad frente al Estado.

La implementación de este segundo factor de autenticación no es un lujo tecnológico; es un requisito básico de higiene digital que debió llegar hace años.

La demora en su implementación no solo ha expuesto datos sensibles, sino que ha minado la confianza de la ciudadanía en los sistemas públicos.

¿Reaccionar o prevenir?

Después de múltiples alertas de expertos y filtraciones que han puesto en jaque a diversas instituciones públicas, esta medida busca finalmente reforzar la seguridad. Sin embargo, lo cierto es que el Estado chileno suele ponerle parches a la herida en lugar de invertir en la cura definitiva.

Si usamos esta base para una entrevista, la pregunta clave sería: ¿Es suficiente un refuerzo manual? En un mundo donde ya se habla de biometría obligatoria y claves criptográficas (Passkeys), este cambio es el mínimo ético. El costo de la espera lo han pagado los ciudadanos con su incertidumbre y, en los casos más graves, con la suplantación de sus identidades.

Ahora bien, este refuerzo trae un nuevo reto: la brecha digital. No podemos permitir que la seguridad se convierta en una barrera para los adultos mayores o para quienes tienen menos competencias digitales. El nuevo sistema debe ser intuitivo, pero sobre todo, debe venir acompañado de una campaña de educación digital agresiva.

En conclusión, el refuerzo de la Clave Única es una buena noticia que llega tarde. Es un recordatorio de que en la era digital, la seguridad no puede ser un “anexo” o una actualización de último minuto; debe ser el cimiento sobre el que se construye cualquier relación entre el ciudadano y el Estado. Ya no basta con tener una llave; necesitamos que la puerta sea capaz de resistir los embates de un mundo digital cada vez más hostil.

Carolina Pizarro
Experta en estrategia en Ciberseguridad

Nuestra sección de OPINIÓN es un espacio abierto, por lo que el contenido vertido en esta columna es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de BioBioChile