La categoría hospitalaria C1 en «Riesgo Vital» es inequívoca, pero el paciente continúa en la sala de emergencias, en espera de ingresar a la Unidad de Cuidados Intensivos de un Ministerio del Medio Ambiente extremadamente centralizado, parsimonioso y tecnicista.

Dentro de los temas en boga de mayor controversia en el Gobierno Regional de La Araucanía durante el pasado marzo, destacó el retiro del proyecto «Plan de Descontaminación para la Cuenca del Lago Villarrica» por parte del Ministerio del Medio Ambiente (MMA). Por fortuna, dicho documento ha sido reingresado a Contraloría para su Toma de Razón y legitimarse como Decreto Supremo.

Para algunos, esta medida de revisión efectuada por el gobierno fue un trámite necesario; para otros, un nuevo retraso en la inversión que demandan con premura importantes agentes de la biósfera chilena, entre ellos, el Lago Villarrica, patrimonio regional y cultural de La Araucanía, poseedor de una atávica belleza que, en medio del presente debate político, casi nadie se detiene a recordar.

Memorias de una prístina lozanía

Esta cuenca hidrográfica, de origen glaciar y data geológica milenaria, fue avistada y documentada por los españoles a fines del año mil quinientos cincuenta y uno, en el contexto de la conquista al sur del Biobío. Al poco tiempo de su llegada y tras la primera ocupación, los invasores adoptaron el hidrónimo que sus habitantes ya tenían para el lago que bañaba aquellas costas: Mallowelafkén, o «Lago donde hay greda blanca», en referencia a los abundantes bancos de arcilla presentes en su lecho.

Indiferentes al conflicto entre ocupantes y nativos, las fértiles riberas obsequiaban su biota exuberante a quienes por ella combatían: columnas de quilas cuyas cañas y moharras contenían la irascible ráfaga del puelche; fecundos humedales cual santuarios purificadores; maquis ofrendando su oscuro fruto aperlado; las quínoas, su semilla albuminosa; silvestres inflorescencias matizando la fronda costera; y en la espesura de los chilcos, colibríes iridiscentes danzando en vaivén.

Más atrás, coihues, pellines y raulíes erguían sus copas centenarias, brindando por la floresta bendecida y a la salud de su pingüe fauna. Era, en esencia, un majestuoso vergel floreciendo a la gracia de un lago de aguas impolutas y bajo el resguardo del Ngenko, espíritu custodio de su cuenca y de la vida que en ella habitaba.

De vuelta a la realidad

Hoy se cumplen cuatrocientos setenta y cinco años desde la primera huella extranjera en el Mallowelafkén. Hoy, atestiguamos su agonía mientras sucumbe infecto y sumido en detritos. La expansión descontrolada y la falta de consciencia no solo han profanado el prístino equilibrio del sistema: lo han sentenciado a muerte. Los síntomas fueron identificados y evaluados hace más de veinte años, postergando un tratamiento que, de administrarse en su momento, habría evitado el colapso.

Porque el diagnóstico técnico que alertó el deterioro irreversible de la cuenca del Villarrica, estableciendo la prioridad jurídica de urgente intervención, fue publicado en el Diario Oficial el 1 de julio del año 2005, en el Acuerdo número 273 del Consejo Directivo de la Comisión Nacional del Medio Ambiente (CONAMA).

Porque recién el 16 de octubre de 2013 se publicó finalmente el Decreto Supremo número 19, que establecía las Normas Secundarias de Calidad Ambiental (NSCA) para la protección de las aguas continentales superficiales del lago Villarrica, oficializando los umbrales de tolerancia ecosistémica de la cuenca.

Y porque mientras transcurría el quinquenio de validación técnica, el recurso hídrico continuó recibiendo cargas contaminantes sin un plan de mitigación activo, obligando al Ministerio del Medio Ambiente, a través del Decreto Supremo número 43, publicado el día 6 de agosto de 2018, a declarar la cuenca del Villarrica como «Zona Saturada por “clorofila a”, transparencia y fósforo disuelto», obedeciendo a su estado de eutrofización, proceso que detona un crecimiento desmedido de microalgas debido a la sobreabundancia de nutrientes (fósforo y nitrógeno) derivados de la actividad antropogénica.

Pese a que dicha norma impulsó la redacción del «Plan de Descontaminación», hasta la fecha continúa desprovisto de fuerza vinculante, a expensas de un cronograma estatal que transita de gobierno en gobierno, navegando al garete.

¿Qué podemos esperar?

Primero: por la histórica inercia administrativa sindicada en esta crónica; segundo: por el hecho de que los vectores contaminantes siguen fluyendo hacia el cauce debido al inexistente rigor punitivo; tercero: mientras continúa el debate presupuestario gubernamental y ese tira y afloja por «quién» ejecuta el decreto, en vez de ocuparse en el «cómo» y el «cuándo»; y cuarto, que aunque todo marchase sobre ruedas desde este punto en el tiempo, la efectividad paliativa del «Plan de Descontaminación» se proyecta hacia un horizonte distante que se extenderá por más de dos décadas —como mínimo—, se puede deducir que el pronóstico para el Mallowelafkén no es para nada halagüeño.

Corolario

La categoría hospitalaria C1 en «Riesgo Vital» es inequívoca, pero el paciente continúa en la sala de emergencias, en espera de ingresar a la Unidad de Cuidados Intensivos de un Ministerio del Medio Ambiente extremadamente centralizado, parsimonioso y tecnicista.

Mientras tanto, al tic tac de un reloj implacable, el veneno de fosfatos y nitratos continúa inoculando su toxina en un recurso desahuciado, que hace siglos tuvo el infortunio de hospedar en sus orillas al depredador más indolente que ha existido en la historia del planeta.

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