Lo que la ciudadanía observa no es quién grita más fuerte, sino quién actúa con seriedad y cumple su palabra.

Cuando una autoridad recurre al insulto, no es por carácter: es porque se le acabaron los argumentos. Es la evidencia más clara de la pobreza de ideas y de la ausencia de razón.

Eso es precisamente lo que ha demostrado el ministro Iván Poduje. Cree que, por su cargo, por su investidura o incluso por su presencia, puede pasar por encima de otros e insultar a quien quiera. Se equivoca.

Lo ocurrido en Valdivia entre el ministro de Vivienda y el senador Alfonso De Urresti reviste la mayor gravedad. Es una falta de respeto del poder Ejecutivo contra el poder Legislativo, de una autoridad designada contra una autoridad electa. Tiene, a mi juicio, la misma gravedad que lo ocurrido con la ministra de Ciencias, también en Valdivia, lo que tampoco debió haber pasado. No puede ser agredida una persona por hacer su trabajo o por pensar distinto.

Ministro, usted es una autoridad designada. Está ahí por la decisión de un Presidente, no por el voto de la gente. Un senador, en cambio, representa directamente a miles de personas. Esa diferencia no es menor, y exige respeto.

Por eso, más que levantar la voz, le recomiendo algo más básico: humildad, respeto, modales. Esas cosas no las da el cargo, se aprenden en la casa.

Porque en política, como en la vida, gritar más fuerte no te hace tener la razón. Siempre habrá alguien que grite más. Pero lo que la ciudadanía observa no es quién grita más fuerte, sino quién actúa con seriedad y cumple su palabra.

Y ahí está el punto de fondo: usted le prometió a la ciudadanía eliminar las inhabilidades para postular un subsidio habitacional en dos semanas y, si no, renunciaba. Pues bien, ha pasado un mes, no ha cambiado las inhabilidades ni ha renunciado.

Dicho sea de paso, las inhabilidades están dadas precisamente para que el beneficio sea otorgado a quienes realmente lo necesitan y no a aquellas personas que tienen dos o tres viviendas y que lucran con ellas.

Anunció reconstrucción de viviendas, pero no se ven avances concretos; y frente a situaciones críticas como Valparaíso, lo único que se escucha son anuncios de demolición que nadie más respalda. Entonces, el problema no es el tono, es la falta de cumplimiento.

Mientras tanto, aparece proponiendo beneficios para quienes tienen segundas o terceras viviendas, favoreciendo a los que menos lo necesitan, mientras las familias que realmente requieren apoyo siguen esperando.

Ministro, el respeto no se exige, se gana. Y cuando alguien no le responde en el mismo tono, no es por miedo, no porque asuste —porque la verdad usted no asusta a nadie—. Es porque a muchos nos enseñaron en nuestras casas que uno no debe rebajarse en el debate.

Yo, por lo menos, siempre recuerdo algo que me dijo mi padre, que a pesar de ser obrero tenía por costumbre estudiar mucho: “Nunca luches con alguien a quien le gusta revolcarse en el barro: ambos terminarán salpicados, pero a esa persona le gusta”. La verdad es que lo decía de otra forma, pero no quiero ofender a nadie.