Al final, la gestión del silencio es un indicador de salud en las escuelas.

En una escuela del sur de Santiago, Sofía espera a que su curso salga al recreo y se queda revisando pruebas en su escritorio. De repente, ve que una niña se le acerca, y escucha su relato, que llega con una mezcla de vergüenza y prisa.

La niña le cuenta una situación grave, y luego se le aprieta la garganta con la frase final: “Profe, pero júreme que no se lo cuenta a nadie”. En ese instante, la profesora entiende que ya no se trata de una historia. Se trata de un contrato de silencio. La docente mira la puerta, piensa en la sala siguiente y también piensa en la niña que ya volvió al recreo corriendo. La Superintendencia de Educación registró 7.523 denuncias en el primer semestre de 2024.

El centro del problema no es el secreto como tal, es lo que la escuela hace con ese silencio. Guardar silencio puede proteger la confianza frágil de la niña, pero también puede hacer que una situación dañina siga ocurriendo. Por eso la conversación no puede girar solo en torno a informar o callar, sino que debe hacerlo en torno a quién sostiene ese silencio, por cuánto tiempo y con qué resguardos.

Cuando un docente dice desde el inicio al estudiante que no puede guardar silencio ante riesgos graves, y cuando él ofrece acompañamiento y explica que compartirá lo mínimo con un equipo acotado, el estudiante conserva agencia, pero el colegio también reduce exposición y daño. Ahí está la clave.

La tensión se siente como traición anticipada. Si la profesora promete silencio total, ella se queda sin salida cuando el relato incluye violencia o peligro actual. Si la profesora rompe ese silencio sin cuidado, ella puede salvarse, pero a la vez dejar a la niña expuesta a rumores, castigos familiares o incredulidad adulta.

En ese escenario, el estudiante no está probando si el adulto es simpático o si lo quiere, prueba si es confiable. Guardar silencio también opera, entonces, como un lenguaje. La niña pide silencio porque teme consecuencias, porque duda de los adultos, o porque quiere seguir yendo a clases sin que la miren distinto.

Ese pedido también revela un mapa social. En algunos hogares, hablar activa vergüenza y control, y un adulto reacciona con negación o con enojo para cerrar el tema. En otros, hablar trae intervención de parientes, vecinas y redes, y el relato se vuelve conversación pública en pocas horas.

En la escuela ocurre algo similar. Cuando el equipo se organiza con fragmentos, cada adulto agrega su interpretación y esa reserva se quiebra en chismes. Cuando la institución no entrega confianza, el alumno pide silencio como defensa, y el profesor guarda silencio como refugio para no quedar solo frente a un conflicto.

Los colegios que se toman en serio este tema tienen reglas simples y hacen gestos pequeños. Una directora deja por escrito, con respaldo en la Ley de Garantías y Protección Integral de los Derechos de la Niñez y Adolescencia, que ningún adulto promete silencio absoluto y que solo un equipo acotado maneja el caso.

Al día siguiente, una profesora acompaña a Sofía a hablar con ese referente y anota hechos sin adornos. En un trimestre, la dirección y los docentes ven menos versiones cruzadas. Además, una inspectora ofrece un espacio breve para respirar y volver a clase, y en un trimestre se ven menos estallidos conductuales, tan típicos en estos casos.

Al final, la gestión del silencio es un indicador de salud en las escuelas. Si durante un trimestre el colegio sostiene una única ruta de resguardo y evita que el relato circule como comentario de pasillo, el alumno vuelve a hablar y la confianza se vuelve hábito.

Si el colegio deja que el silencio funcione como tapa, o si lo rompe como espectáculo, el mensaje queda claro: callar conviene. Lo que se juega es qué tipo de silencio se practica dentro de sus muros.

Entonces, cuando un alumno le pide a un profesor que no se lo cuente a nadie…¿qué silencio elegirá ese docente?

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