Desde hace ya más de una década, cada encuesta y proceso electoral fue develando la punta de iceberg. Una transición política digna de estudio por su gobernabilidad, pero que iba incubando una desafección hacia quienes eran sus protagonistas.

La lectura economicista del estallido social se ha ido desdibujando. No fue solo el malestar por problemas de acceso a educación y salud de calidad o el monto de las pensiones; es también el deseo de participación política. Un 52% de los chilenos acudieron a las urnas para ratificar la voluntad de un cambio político de envergadura, rompiendo una tendencia a la baja participación electoral
Un panel cualitativo de Contexto-Subjetiva (focus groups) aplicado desde agosto de 2020 y hasta la fecha (8 versiones) nos ha permitido observar la evolución de los discursos públicos sobre el proceso constituyente. En ellos se valora la emergencia de un Chile abierto a la diversidad y las identidades étnicas y territoriales. Se destaca además la emergencia en la Convención de actores alejados de la política tradicional y que se había llevado la política para la casa.

Como todo buen relato, éste se basa en las emociones que han brotado en cada uno de los encuentros. La incertidumbre, la alegría, la esperanza y -más recientemente- la desazón, el sentimiento inicial de que algo no responde a la expectativa que se construyó, el temor a una traición: “Yo como ciudadana me siento triste de verdad”. (Mujer, 41 años).

No es un quiebre definitivo. Es más bien una señal de alerta y que considera ciertos matices: “Por lo tanto, todo lo que ha pasado en estos meses, no es que sea tolerable -hay cosas buenas y cosas malas- pero es parte del aprendizaje.” (Hombre, 52 años).

La alerta debiera motivar una reflexión al interior de la Convención respecto de los esfuerzos por recuperar el alto valor simbólico que tiene para el grueso de la ciudadanía este ejercicio democrático. El vicepresidente Jaime Bassa ha señalado que puede ser que se hayan cometido algunos errores comunicacionales. Pero no se trata solamente de más información o más puntos prensa. Lo es, pero también es el esfuerzo por co-crear un relato que aporte sentido a su quehacer, que vuelva a hacer sentir a las personas que son parte de este proceso o travesía.

No es solamente la ocurrencia de casos en el último tiempo lo que ha complicado esta travesía. Lo del convencional Rojas Vade cristaliza un malestar que se viene incubando quizás desde el momento mismo en que se instaló la Convención. La disputa menor, el gustito personal, el testimonio solo en tanto tal y no en función de un proyecto mayor aportan una percepción crítica. “La tendencia natural es sentarse a conversar y poder sacar adelante esto. Y por lo que yo veo, las personas están dedicadas a eso y claro, obviamente, hay otros factores que se hacen públicos y buscan ensuciar la labor que se está haciendo”, (Hombre 63 años).

La mentira es la expresión mayor de la desazón, especialmente por parte de quienes son depositarios de una confianza construida contra corriente. Ello marca matices en las reacciones de la Convención frente a este caso: por una parte quienes demandan una condena tajante, rechazando cualquier relativización; mientras que otros si bien comparten la condena, hacen ver situaciones similares que no tienen el mismo rechazo, además de atribuir a los medios la amplificación de este caso.

Los acontecimientos de este tipo y otros que puedan parecer nimios para algunos (por ejemplo, el uso de disfraces en los salones de la Convención) abren espacios a otros relatos más críticos que no se observaban inicialmente. Una especie de espiral del silencio tras el 80% de aprobación al cambio de la Constitución: “Yo como que nunca le he tenido esperanza mucho a este proceso y siento que ahora solo se me ha ido reafirmando” (Mujer, 30 años).

Lo anterior abre un segundo matiz. Si en los meses precedentes la representación de un Chile diverso, real y poco reconocido en la foto oficial marcaba la conversación, hoy se abre una visión más crítica: el espacio de la Convención no puede ser solamente el de la suma de identidades, sino el de la búsqueda de un objetivo común. Esto se refiere a una diversidad y representación que haga posible la búsqueda del bien común donde la subjetividad y objetividad son los ejes. Ello señala -de paso- la tensión respecto de Elisa Loncon: en su rol de constituyente se entiende la subjetividad de su liderazgo (mujer y mapuche), pero como presidenta se le demanda objetividad, distancia. A ello se contrapone la figura de Jaime Bassa (distancia y objetividad).

Pero hay un salto más: las dudas sobre la efectiva representación de la Convención y los liderazgos que hacen posible aquello van de la mano de un discurso muy consensuado respecto de la pertinencia de los 2/3 que obligue a decisiones con amplio apoyo y – por lo mismo- al diálogo y convergencia. “Yo creo que los dos tercios, es cierto que lo hace más difícil, pero también te obliga a pensar y te obliga a incluir a todos los chilenos en esa Constitución”, (Mujer, 36 años). El diálogo y la negociación que generalmente son mal valorados respecto del mundo político, pero que respecto de la Convención recupera un sentido más positivo.

Aún es tiempo de conjurar la sensación incipiente de traición y construir una relación que hable de un proyecto futuro, de su sentido más que de los medios e instrumentos. Un sentido que responda a la expectativa ciudadanía que por muy alta que sea, no se despega de la realidad: “La Convención tiene que tomar todo lo que necesita reformar o reestructurar de una manera racional, dejarla plasmada en la Constitución y después va a venir toda la base de cómo vamos a ir cambiando las leyes, para que esto se cumpla” (Hombre, 52 años). La expectativa está instalada, el desafío es no defraudar aquella esperanza.

Sergio España, Subjetiva
Claudio Fuentes, Universidad Diego Portales.

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