Dentro del contexto de una familia se suele comentar que, habitualmente y mirado desde fuera, es el hermano del medio el más olvidado. Algo similar ocurre con la clase media, el sector más numeroso y dinámico de la sociedad, pero que ha superado el umbral de dependencia absoluta de las prestaciones del Estado y que por lo mismo, ya no cuenta con el foco más importante a la hora de evaluar políticas públicas que vayan en su auxilio.

La clase media es muy pequeña para estar con los grandes y muy grande para estar con los pequeños, es decir, nunca tiene la edad o los requisitos suficientes para obtener los beneficios de los mayores y es muy mayor para los subsidios de los menores. Una frase que se ha popularizado y representa aquello es que los Bancos encuentran a ese tramo económico muy pobre y el Estado los encuentra muy ricos, por lo mismo nunca logran nada a no ser que sea de propio esfuerzo. No podemos seguir perjudicando o castigando el esfuerzo, es hora que el Gobierno resuelva esta situación con urgencia.

La clase media representaba, hasta antes del inicio de la pandemia, al 65,4% de la población en nuestro país. Cabe acotar que este grupo exhibe una heterogeneidad muy variada, que va desde sectores que colindan con la vulnerabilidad, hasta otros con serias aspiraciones a alcanzar un estilo de vida donde las necesidades más esenciales se encuentren cubiertas de sobra. Uno de los problemas más grandes que ha debido enfrentar el Estado, desde hace mucho tiempo, para poder ir en ayuda de la clase media, es que este es un sector que se encuentra en condiciones de contribuir con el pago de impuestos, impuestos desde donde se obtienen los recursos para idear los programas para la clase media, lo que termina creando la idea de que los recursos solo son sustituidos de bolsillo, pero que su impacto sigue siendo nulo.

La pandemia ha exacerbado esta sensación de olvido de nuestra clase media. La restricción de las diferentes actividades económicas, como medida destinada a contener la propagación del virus, ha ocasionado estragos en nuestra economía, dando pie a una crisis que no se veía en nuestro país desde 1982.

En este contexto, hemos visto como gran parte de nuestra población se ha visto sumamente afectada. Respecto de la clase media, e incluso de ciertos sectores más acomodados, se dijo desde el primer minuto que no habían quedado ajenos a la crisis. Desde el mundo político se hicieron llamados inmediatos al Gobierno para acudir en ayuda de estos sectores, a lo que el ejecutivo respondió con una serie de beneficios fiscales, dentro de los que destacan el Ingreso familiar de emergencia y el Bono a la clase media, los que han sido entregados en reiteradas oportunidades.

Pese a que, a nivel mundial, nuestro país sea de aquellos que más recursos per cápita ha gastado durante la crisis, no existe bono que pueda sustituir al empleo, la cual es en última instancia, la única garantía con que ha contado la clase media desde que existe. La pérdida de los empleos (al menos uno por familia) ha significado para Chile una serie de consecuencias catastróficas. Las familias han perdido cerca de un 40% de sus ingresos y más de dos millones de personas han dejado de pertenecer a la clase media, pasando a formar parte de la vulnerabilidad de la que tanto lucharon por abandonar.

La cuota de optimismo es que el Banco Mundial prevé que para este 2021 existiría una dinámica recuperación de la economía. Por supuesto que no se puede ser preciso en lo que respecta a cómo se traducirá esa recuperación económica ni en qué medida afectará a nuestro país, pero sin duda que es una oportunidad para enmendar el rumbo con una olvidada clase media.

Para los padres, el hijo del medio es tan valioso como cualquier otro, de la misma forma como la clase media es tan valorable para el país como cualquier otra. El crecimiento también debe ser reconocido y el Estado debe ser capaz de encontrar los medios para, de una vez por todas, dejar de lado esa lamentable sensación de olvido a la que nuestra clase media se ha visto expuesta durante tanto tiempo.