Un niño que estudia bajo un paraguas en Panguipulli, los hermanos que asisten a clases en la calle en la ruralidad del Elqui. Una profesora que todas las semanas sube a un cerro para lograr señal de celular y enviar los contenidos a sus alumnos vía Facebook en La Araucanía, o el docente que, de su bolsillo, tuvo que sacar dinero para las fotocopias que luego llevaría a sus estudiantes en el Maule. Eso es lo que significa brecha y postergación en un país llamado Chile del siglo XXI.

La desigualdad siempre duele y genera impotencia, más aún cuando esta se refleja en la educación y, en consecuencia, en el futuro de los niños y jóvenes, perpetuando así un círculo de pobreza e inequidad, difícil de erradicar.

Lo peor de todo es que la pandemia solo vino a complicar más las cosas y a poner en evidencia lo que ya era visible para muchos. La inequidad territorial es una consecuencia inmediata de una educación que no responde a las necesidades de los estudiantes, de un sistema que no favorece un mejor acceso a las oportunidades. No es normal que -en estos años- estemos hablando todavía de estudiantes desertores del sistema educativo, alrededor de 40 mil solo en 2021, según los reportes oficiales.

Cuando fui estudiante de posgrado en Finlandia (con todos mis ahorros, un poco de deuda, y sin Becas Chile), me dediqué a mirar, investigar, y luego reflexionar sobre cómo un país que, a inicios del Siglo XX era el más pobre de Europa, se transformó en referente para todo el planeta. Fue en 2018 cuando por primera vez la pequeña nación de 5.5 millones de habitantes fue reconocida como la nación más feliz del mundo, de acuerdo con The World Happines Report de Naciones Unidas. Ya son cuatro años consecutivos liderando esta medición, y no es casualidad.

La clave es una sola: educación. Sí, educación, porque esa la base de toda sociedad. Porque un país alfabetizado logra mayores índices de desarrollo y Finlandia es una muestra tangible. En los 70, ese país decidió transformar las políticas educativas, con una profunda reforma que no partió en la capital, sino en los pueblos y pequeñas ciudades más apartadas, dando una potente señal de descentralización.

No importa si está en un centro urbano, o alejada en el norte de Laponia. En Finlandia, hasta la escuela más pequeña y apartada tiene educación de excelencia, estudiantes que aprenden idiomas, que tienen acceso a internet. Hay bancos, supermercados, tiendas y servicios públicos. Allí, todos tienen el mismo derecho a educarse, no importa el origen económico o social. En las escuelas finlandesas conviven distintas realidades, todos comparten, se respetan, crecen juntos, conscientes unos de las necesidades, pero también de las capacidades y potenciales de los otros. Allí se construye el respeto, y la conciencia social. Allí, se aprende para la vida.

Hoy, tenemos la oportunidad de ver la experiencia finlandesa para mejorar la realidad en nuestras escuelas. Mientras leen esta frase, muchos pensarán o dirán: “Finlandia es Finlandia y Chile es Chile”.

Ese argumento aquí no califica, pues no significa que seamos iguales, simplemente es darnos la posibilidad de observar y recoger todas aquellas experiencias que nos ayuden a ser mejores, eso sí es posible y requiere nada más que voluntad.

Con el programa Aula Finlandesa hemos ido a escuelas rurales y apartadas promoviendo mejores prácticas educativas, basadas en la experiencia y en los principios del Sistema Educativo Finlandés, como una forma de cerrar brechas, inequidades, deserciones que produce un sistema que no está respondiendo a las necesidades de los estudiantes y sus familias. La verdad, emociona cuando las y los profesores incorporan esos ejemplos en sus rutinas pedagógicas. De eso se trata, de pequeños cambios que nos obliguen a avanzar a una sociedad mejor, impulsando la educación.

Así como un niño descubre la felicidad de aprender, un profesor redescubre o encuentra la felicidad de enseñar, pero para eso, debemos reconocerlos como una piedra angular de nuestra sociedad, y por lo mismo, se les debe permitir mayor autonomía y al mismo promover sus competencias, porque ellos impactan directamente en la vida de otros.

Y no es de otra forma. La educación de calidad genera movilidad social, destruye la postergación y supera las inequidades territoriales. Por el contrario, su inexistencia, aleja a las familias y sus hijos del progreso y de las oportunidades. Somos víctimas de un centralismo agobiante, burocrático e irresoluto, que genera vulnerabilidad y bajos índices de desarrollo local en los campos o poblados distantes. Es una estructura que genera deserciones como las que hemos visto hoy, con más de 35 mil niños y jóvenes fuera del sistema escolar solo en este año.

Tenemos una deuda y una oportunidad.

Hoy, la segregación y el rezago son todavía más poderosos, tanto que obligan a un padre o una madre a enviar su hijo a una escuela imaginaria, a una sala de clases imaginaria, con compañeros imaginarios. Allí solo está el estudiante bajo la lluvia…

Francisco Moreno
Periodista
Máster en Políticas Globales
University of Helsinki, Finlandia
Director ejecutivo Plus Finland