Hay lugares en el mundo donde mirar al cielo es parte de la identidad. Chile es, sin duda, uno de ellos. Durante la Semana Mundial del Espacio 2026, el mundo vuelve a hablar de la revolución que está transformando la exploración espacial. Y Chile ocupa un lugar privilegiado en esta nueva etapa: sus cielos excepcionales han convertido al país en uno de los principales centros astronómicos del planeta.

Pero la relación de Chile con el espacio también tiene una historia que conecta, de una manera poco conocida, con Ucrania.

En 1967 llegó al cerro El Roble, en la Región de Valparaíso, un instrumento que durante décadas permitió estudiar el cielo austral: el astrógrafo Maksutov. Durante años fue considerado uno de los mejores instrumentos de su tipo, hasta el punto de que se decía que era «el mejor telescopio Maksutov de la Tierra y del Sistema Solar».

Detrás de su nombre estaba Dmytró Maksutov, ingeniero óptico y astrónomo nacido en Odesa, Ucrania. El instrumento instalado en El Roble permitió durante décadas fotografiar grandes regiones del cielo austral y estudiar estrellas, galaxias, cometas y otros objetos celestes. Hoy ya no está operativo, pero forma parte de la historia científica y tecnológica de Chile.

Quizás haya algo simbólico en esta historia: un instrumento asociado al conocimiento de un científico nacido en Ucrania pasó décadas mirando el cielo desde Chile. Y esa mirada compartida hacia el universo también puede ser el punto de partida para pensar en lo que nuestros dos países pueden construir juntos hacia el futuro.

Y si Maksutov representa el vínculo entre la ciencia y la observación del cielo, otro ucraniano llevó esta historia mucho más lejos: Leonid Kadeniuk, el primer astronauta de la Ucrania independiente. En 1997, Kadeniuk viajó al espacio a bordo del transbordador espacial Columbia, como parte de la misión STS-87. Su vuelo fue un momento simbólico para Ucrania: por primera vez, la bandera de nuestro Estado independiente llegó al espacio.

Para nosotros, Kadeniuk representa mucho más que un episodio de la historia espacial. Representa la idea de que el conocimiento, la educación y la ingeniería pueden llevar a una persona mucho más allá de las fronteras de su país. Y precisamente esa capacidad de transformar el conocimiento en cooperación también ha marcado la relación entre Chile y Ucrania.

Esa relación no se ha limitado a historias individuales ni a logros científicos. Con el tiempo, también se ha traducido en acuerdos concretos y en una voluntad compartida de desarrollar capacidades en el ámbito espacial.

En 2002, Chile y Ucrania firmaron un Acuerdo Marco de Cooperación Espacial para promover la investigación y el uso pacífico del espacio, incluyendo tecnologías espaciales, navegación por satélite, observación de la Tierra y cooperación científica e industrial.

En 2021, la Asociación Chilena del Espacio y la Agencia Espacial Estatal de Ucrania firmaron un Memorando de Entendimiento destinado a impulsar la cooperación científica, tecnológica e industrial. La invasión rusa a gran escala de Ucrania en 2022 ralentizó los planes para implementar plenamente este acuerdo. Sin embargo, la voluntad de retomar esta cooperación nunca desapareció.

Y hoy tenemos la oportunidad de llevar esta historia a una nueva etapa. En septiembre de este año, universidades chilenas y ucranianas profundizaron sus contactos. La Universidad de Magallanes y la Universidad Nacional Aeroespacial de Járkiv «Instituto de Aviación de Járkiv» acordaron avanzar en la preparación de un Memorando de Cooperación en áreas como tecnologías aeroespaciales, construcción aeronáutica, diseño de aeronaves e intercambio académico.

Es especialmente significativo que esta cooperación tenga como protagonistas a universidades y jóvenes investigadores. Porque el futuro del espacio no se construirá solamente con grandes cohetes o telescopios. Se construirá también en laboratorios, aulas y centros de investigación.

Chile aporta una condición extraordinaria: algunos de los mejores cielos del planeta y una creciente infraestructura espacial y astronómica. Ucrania aporta una profunda tradición de ingeniería, física, aviación, tecnología espacial y formación científica.

La combinación de estas capacidades puede abrir oportunidades en áreas como la observación de la Tierra, tecnologías satelitales, ingeniería aeroespacial, procesamiento de datos, investigación científica y formación de nuevas generaciones de especialistas.

Incluso la experiencia adquirida por Ucrania en el desarrollo y utilización de tecnologías no tripuladas ha abierto nuevos espacios de diálogo con instituciones chilenas sobre tecnologías emergentes y sus aplicaciones. Todo esto demuestra algo importante: la cooperación espacial no pertenece solamente a las grandes potencias. También puede favorecer a países que poseen conocimiento, talento y una visión de futuro.

Para Ucrania, esto tiene un significado especial. Nuestro país atraviesa una guerra que ha puesto a prueba todos los ámbitos de nuestra sociedad. Pero Ucrania no quiere ser conocida solamente por la guerra. Queremos que también se conozca nuestra ciencia, nuestra ingeniería, nuestras universidades, nuestros investigadores y nuestra capacidad de crear tecnologías para el futuro. Y Chile es un socio natural en esta visión.

Hace décadas, un instrumento asociado al trabajo de un científico nacido en Odesa miraba desde El Roble hacia el cielo austral. En 1997, un ucraniano viajó al espacio llevando consigo la bandera de una Ucrania que acababa de recuperar su independencia.

Hoy, casi tres décadas después del vuelo de Kadeniuk, esa misma idea vuelve a ser especialmente relevante: el futuro de la cooperación espacial comienza con los estudiantes, los investigadores y los ingenieros que hoy están aprendiendo y trabajando juntos.

No sabemos exactamente qué tecnologías existirán dentro de veinte o treinta años. Pero sí sabemos que quienes las desarrollen serán los jóvenes que hoy estudian ingeniería, astronomía, física, informática y ciencias.

Por eso, quizás la mejor manera de celebrar la Semana Mundial del Espacio no sea solamente recordar los grandes logros del pasado. Es preguntarnos qué podemos construir juntos para el futuro. Desde Odesa hasta El Roble. Desde las universidades de Magallanes y Járkiv hasta los nuevos centros de investigación.

Dos países, dos experiencias diferentes y un mismo cielo. El próximo capítulo de esta historia todavía está por escribirse.