El uso excesivo de pantallas, le está haciendo un daño enorme a niños y a jóvenes. A ello se suma ahora la inteligencia artificial, cuyo avance plantea un riesgo real: que sus beneficios no compensen el daño que puede llegar a causar. Por ello, urge proponer una gran moratoria de su uso en la infancia y la adolescencia y, sobre todo, pensar seriamente el espacio que ocupa en la familia, en la formación de los niños y jóvenes, en la escuela y en la sociedad.
En lo inmediato, debemos cuidar de que la tecnología no termine hiriendo gravemente el corazón mismo del ser humano, su libertad, su voluntad y su racionalidad. La preocupación por el espacio que están tomando las redes sociales y la IA, en lo más profundo de las jóvenes, no carece de fundamento. Por de pronto, los resultados de la prueba PISA 2025 –presentados el mes pasado por la OCDE– revelaron una caída histórica del rendimiento escolar en el mundo y un grave retroceso para la educación chilena.
De manera sutil, la IA se va metiendo en el modo en que niños y jóvenes se acercan al mundo, empobreciendo el espíritu crítico y haciendo de la instantaneidad una forma de vida, lo que marchita la capacidad de preguntarse, de asombrarse y reflexionar, de sacar las propias conclusiones y de actuar en consecuencia. Ese es un asunto grave, ampliamente estudiado por psiquiatras y neurólogos.
Este fenómeno, además de debilitar la inteligencia humana, va a pauperizar las relaciones interpersonales. El encuentro con el otro resultará demasiado tedioso y exigente en comparación con un chat siempre disponible. Un joven decía que su mejor amigo era el Chat GPT, porque estaba ahí cuando lo necesitaba y, además, lo comprendía. Muchos jóvenes, y también adultos, se están vinculando con la IA a tal punto, que los está aprisionando, como lo haría cualquier droga. Es una verdadera adicción.
Es bueno recordar que la IA imita ciertas operaciones de la inteligencia humana, pero no puede –bajo ningún punto de vista–, transmitir una experiencia vivida ni responder por sus decisiones, dado que no tiene conciencia moral, y por lo tanto, no sabe de perdón ni, menos aún, de misericordia.
Otra cuestión que está en juego es el poder que van a adquirir algunos. En poco tiempo las personas se van a catalogar entre libres o esclavas. Entre unos pocos que manipulan –los dueños de grandes empresas tecnológicas– y un sinnúmero de manipulados, a quienes se les hará creer que deciden por sí mismos qué pensar, qué desear, qué creer, qué ver, qué comprar e incluso cómo actuar frente a situaciones que requieren discernimiento espiritual y moral.
Gracias a algoritmos, cada vez más sofisticados, reaparecerá la antigua tentación de querer ser como dioses. No nos extrañemos si, de la mano de la biotecnología, se intenta instalar un diseño “de hombre perfecto”: seleccionar genes para producir por vía artificial personas brillantes intelectualmente y, a la vez, personas con genes menos dotados, para disponer de mano de obra para las tareas más elementales o, incluso, con ciertas características físicas que las hagan más aptas para ir a la guerra. Todo eso que hasta hace poco parecía ciencia ficción, hoy comienza a estar a nuestro alcance.
Estamos frente a un momento sin igual de la historia, en el que urgen voces libres, valientes y conocedoras de la esencia del ser humano, que lo defiendan de esta avalancha de información y conocimientos. Sin embargo, en este tiempo tan marcado por la confrontación en torno a temas sociales importantes, estamos descuidando un fenómeno que ya entró en nuestras casas, está al alcance de nuestras manos y nos envuelve con una facilidad alarmante.
Llegó la hora de tomar conciencia y de adoptar decisiones claras a nivel familiar, educacional y gubernamental frente a esta tecnología que amenaza con anestesiarnos al punto de que ni siquiera podremos distinguir lo verdadero de lo falso, lo real de lo artificial.
Hasta los mismos creadores de la IA están preocupados, pero la competencia es despiadada, y el poder ya no estará concentrado en la voluntad popular que elige a sus gobiernos ni en las aulas universitarias, sino en un puñado de tecnócratas, que según el propio confundador de Anthropic, Christopher Olah, se mueven según la lógica de la competencia, hay detrás intereses geopolíticos y como si fuera poco, están siempre tentados por el orgullo y la ambición.
La carta encíclica Magnifica Humanitas del Papa León XIV es un referente importantísimo en esta materia, y su enseñanza tiene que traducirse en un diálogo a gran escala acerca de las implicancias de la IA en todos los ámbitos de la vida. Ello requerirá mucha sabiduría para comprender en toda su magnitud el impacto que esta tecnología ya está teniendo en el mundo.
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