A las 16:59 horas, La Moneda enfrentaba una tormenta política perfecta. La administración del presidente José Antonio Kast pretendía capear el temporal al día siguiente con la promulgación de la Ley de Reconstrucción, conocida popularmente como el megaproyecto, apostando a su libreto habitual: desplegar al propio mandatario para reordenar la agenda cuando el marcador de la opinión pública se pone cuesta arriba.
Esa emergencia tenía nombre y apellido: Michelle Bachelet. Apenas 24 horas antes, durante una entrevista académica con Paulina Astroza transmitida por el canal de la Universidad de Concepción, la exmandataria soltó una frase que remeció el tablero político. Ante la consulta de si no hay primera sin segunda ni segunda sin tercera, respondió sin titubeos: «Yo creo que sí…». Bastaron cuatro palabras para abrir de par en par la puerta a una tercera postulación a La Moneda.
Según el informe semanal La semana política en datos, elaborado por Qualiz, hasta las 16:50 horas del 8 de octubre la conversación digital estaba completamente copada por la expresidenta.
En la oposición el anuncio desató celebraciones inmediatas; en el oficialismo se activó como mantra el cuestionamiento a su legado y a sus derrotas electorales previas, como su respaldo a Jeannette Jara, omitiendo convenientemente su rol protagónico en el rechazo a la propuesta constitucional republicana.
Tener a Bachelet operando como virtual lideresa opositora representaba una amenaza de primer orden. De acuerdo con el sondeo Brecha Pública UCEN y Qualiz, el 45% de la ciudadanía atribuyó la caída de su candidatura a la Secretaría General de la ONU al retiro del respaldo diplomático por parte del Ejecutivo. El relato que responsabilizaba a La Moneda había calado hondo, dotándola de una tribuna privilegiada para crítica eficaz a los recortes sociales del Presupuesto.
Durante la misma semana, el anuncio del fin del programa Yo elijo mi PC encendió las alarmas ciudadanas. En el monitoreo de redes sociales, conceptos como presupuesto y recortes se situaron entre los términos de mayor negatividad, instalando la percepción de un ajuste fiscal severo a costa del gasto social.
Frente al malestar por los computadores escolares, la Dirección de Presupuestos ensayó defensas técnicas que resultaron estériles ante el impacto emocional de la medida. Aunque el subsecretario general de Gobierno deslizó en un punto de prensa matutino que «ningún diseño es rígido y siempre es posible revaluar instrumentos si el beneficio escolar lo exige», el gesto no aplacó el fuego; de inmediato comenzó a incubarse una controversia análoga en torno a la Ley Ricarte Soto.
En términos institucionales, el Ejecutivo corre con ventaja. Mientras escribía estas líneas, un agudo abogado con paso por la Segpres, me hizo ver que el Gobierno cuenta con una pistola cargada, ya que si el Congreso rechaza las partidas, rige el texto original enviado por La Moneda. Y la voluntad fiera del ministro Quiroz es ya conocida, pues no cederá en garantizar el equilibrio fiscal a costa de popularidad o aprobación del gobierno.
A este escenario se sumó el dolor por el asesinato de dos funcionarios de Carabineros. El ministro Arrau buscó tender puentes al declarar en un punto de prensa en el frontis de La Moneda: «Es momento de aunar voluntades en torno a estas cosas prácticas, útiles, más allá de los discursos que uno puede hacer en estos momentos difíciles».
Sin embargo, el archivo digital cobró cuentas inmediatas, reflotando antiguos emplazamientos donde personeros del Partido Republicano exigían renuncias inmediatas ante tragedias de la misma gravedad bajo administraciones previas.
El jueves a las 16:59 el Gobierno parecía haber perdido la batalla comunicacional de la semana y solo le quedaba como recurso la promulgación de su ley más preciada el día viernes 9 de octubre. Y, con un discurso muy preparado del presidente Kast, salir a tomarse la pauta, como ha ocurrido con anterioridad, donde es el propio mandatario quien sale a jugar cuando el marcador de la opinión pública está en contra.
Pero a las 17:01 se desató el aluvión por San Carlos de Apoquindo, arrastrando autos, buses de transporte público, piedras, camiones. Una verdadera emergencia que terminó tomando la pauta de la semana e inaugurando un nuevo festival de culpas sobre las causas de la catástrofe. En palabras del propio presidente: “estamos enfrentando una emergencia”. Esta vez de verdad y no como slogan de campaña.
Pudo haber sido otro desastre comunicacional, dado el silencio de palacio, con la ciudadanía que quedó expuesta a la desinformación en redes sociales; pero el ministro Louis de Grange salvó el vacío peligroso que se estaba produciendo.
Con botas de agua y desde el epicentro del barro, el titular de Transportes sostuvo ante la prensa apostada en la zona cero: “Nuestra prioridad absoluta ahora es despejar los ejes viales y verificar que no existan personas atrapadas en los vehículos arrastrados por el cauce”. En los manuales de comunicación en emergencias, encontrarán un punto de oro para De Grange, que entendió claramente las certezas que hay que dar y las prioridades del primer minuto.
Esta tormenta de verdad hace recordar el clásico recurso del Deus ex Machina de las tragedias griegas, ese artificio imprevisto donde una fuerza exterior desciende súbitamente al escenario para desenredar un conflicto que parecía no tener salida humana. La irrupción de un acontecimiento fortuito capaz de fracturar de improviso la trama de los mortales conecta también con la mirada literaria de Alice Munro, reciente ganadora del Premio Nobel de Literatura, quien revisita varias tragedias griegas en su obra.
Intentando hacer ese ejercicio en la tragedia Medea de Eurípides, el gobierno estaba como la protagonista cercada por el odio de la ciudad de Corinto y la inminente venganza de Jasón. El aluvión funcionó como el carro de fuego entregado por los dioses a Medea y arrebató de golpe al Ejecutivo del cerco público y transformó la derrota comunicacional en una dramática tabla de salvación.
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