Por
Rosario Olivares Saavedra
Profesora de Filosofía y Dra. en Estudios Americanos.

Emilia Schneider Videla
Diputada de la República (FA)

Citando a Judith Butler en ¿Quién teme al género?, vivimos bajo el influjo de una verdadera “fantasía del género”: una narrativa que ha construido los estudios de género como una amenaza al orden social, a la familia e incluso a la supervivencia misma de la humanidad.

Esta fantasía no solo distorsiona las demandas y propuestas de los feminismos; también produce pánico moral y legítima respuestas autoritarias frente a debates que deberían poder desarrollarse en el terreno de las ideas.

Para Butler, buena parte de las posiciones que se levantan contra el género ni siquiera están interesadas en discutir seriamente qué entendemos por este concepto, cuáles son sus fundamentos o qué debates intelectuales lo han constituido. No hay lectura, muchas veces basta con instalar una palabra como amenaza para clausurar la conversación.

En este movimiento también convive, de manera preocupante, un fuerte impulso antiintelectual. Se produce el rechazo a las ideas antes incluso de conocerlas, estudiarlas o debatirlas.

Es en este contexto donde debe leerse la controversia suscitada por la eliminación de Simone de Beauvoir, junto a otras autoras, de un vídeo difundido por Prodemu.

Más allá de que la propia dirección de Prodemu haya señalado públicamente que la exclusión de la filósofa francesa no supone desconocer su relevancia intelectual, filosófica e histórica ni constituye una censura a la circulación de su obra, el episodio sí debiera alertarnos sobre algo más profundo.

No se trata únicamente de la presencia o ausencia de una autora en un video. Se trata de preguntarnos qué lugar estamos dispuestos a conceder al conocimiento, a la lectura y al pensamiento crítico cuando una obra o una autora se convierten en objeto de disputa política e intelectual.

Simone de Beauvoir no es una autora circunstancial. Es una de las pensadoras más importantes de los feminismos contemporáneos y una de las filósofas que contribuyó decisivamente a transformar la manera en que pensamos la experiencia de las mujeres, la desigualdad y la construcción social de las diferencias sexuales.

Publicado en 1949, El segundo sexo abrió debates que, más de siete décadas después, continúan interpelándonos.

“No se nace mujer: llega una a serlo”. La frase sigue siendo provocadora precisamente porque no describe un destino inmutable, sino que invita a preguntarnos cómo las sociedades producen y reproducen aquello que entendemos por ser mujer. De Beauvoir puso en cuestión aquello que parecía natural, evidente e incuestionable.

Por eso, más que preguntarnos si Simone de Beauvoir debe aparecer o no en un determinado material, deberíamos preguntarnos qué ocurre cuando dejamos de leer a las autoras que han contribuido a construir nuestro pensamiento. ¿Qué perdemos cuando reemplazamos el debate intelectual por la sospecha, la descalificación o la eliminación?