La decisión de abandonar el Movimiento de Países No Alineados (NOAL) viene de la mano con definir a Estados Unidos como aliado estratégico principal. Esto exige una explicación pública rigurosa. No se trata de un ajuste diplomático menor: supone afectar principios históricos de la política exterior chilena y exige precisar cómo se resguardarán ahora la autonomía estratégica, el multilateralismo y el interés nacional.

Con sólo una frase, la Cancillería pretende justificar esta decisión: el NOAL “no responde a los nuevos desafíos y a la realidad internacional actual”. Pero esa fórmula, más que aclarar, abre preguntas. El escenario internacional, sin duda, plantea desafíos enormes: la pugna hegemónica entre las dos superpotencias, el asedio del cambio climático, la transición digital y energética, y la irrupción de la inteligencia artificial, con sus oportunidades y amenazas.

Precisamente porque son desafíos globales, requieren respuestas multilaterales. Por eso resulta indispensable que la Cancillería explique las implicaciones tanto de abandonar el NOAL como de definir a Estados Unidos, bajo la administración de Trump, como “aliado estratégico principal”: qué gana Chile con esa definición, qué márgenes pierde y a qué costos se expone.

La salida del NOAL

La salida de Chile del Movimiento de Países No Alineados (NOAL) implica renunciar a una tradición diplomática básica: dialogar con el máximo de países todos, mantener puentes abiertos con todas las regiones y no subordinar la inserción internacional del país a las preferencias de las grandes potencias.

El NOAL reúne a 120 países de África, Asia y América Latina y a dos tercios de los miembros de la ONU. Abandonarlo en nombre de una supuesta modernización revela incomprensión de un mundo más multipolar y donde el denominado Sur Global gana espacios en comercio e inversiones.

Chile no está en condiciones de mantener embajadas en los 193 Estados de la ONU, tiene solo dos embajadas en África subsahariana y ninguna en Asia Central. Por eso, el NOAL es importante para Chile: ofrece contactos, conversación política y apoyos. Salir de él no reduce una carga; elimina una herramienta de influencia.

Una contradicción estratégica. Cancillería afirma buscar una política exterior más diversificada, pero esta decisión la estrecha: en vez de ampliar el vínculo con el Sur Global, privilegia un socio tradicional y desestima el vínculo con potencias emergentes del siglo XXI.

Cancillería dice defender el multilateralismo, pero abandona un foro que reúne a dos tercios de la ONU. La contradicción tiene costos concretos: votos, apoyos, candidaturas, sedes, tratados y capacidad de interlocución.
India como ejemplo de incoherencia. Chile presenta a India como un socio estratégico indispensable por su tamaño, crecimiento, capacidad tecnológica, peso diplomático y papel en el nuevo equilibrio global. Sin embargo, India es también fundadora del NOAL y sostiene una política exterior marcada por el no alineamiento, necesitada justamente de equilibrar su política exterior entre China y Estados Unidos. Por eso, resulta difícil justificar que Chile busque acercarse a India mientras abandona uno de los espacios que mejor expresa esa tradición internacional. Recodemos que el NOAL surge de la confluencia de tres grandes líderes: Nehru (India), Nasser (Egipto) y Sukarno (Indonesia).

Diversificar mercados exige presencia política. Existe consenso en ampliar los destinos de nuestras exportaciones, pero esa diversificación no ocurre en el vacío. Los mercados de mayor dinamismo se concentran crecientemente en África y Asia, donde países como Nigeria, Etiopía, Egipto, Indonesia, Pakistán, Bangladesh, Filipinas, Vietnam y Tailandia combinan alto crecimiento y grandes poblaciones.

De los 120 miembros del NOAL, 53 son africanos y 39 asiáticos, vale decir, la mayor organización internacional después de la ONU tiene un claro sello afroasiático. Aunque su influencia actual sea limitada, sigue siendo un foro relevante para coordinar posiciones sobre desarrollo, soberanía y gobernanza global, así como para construir alianzas en la reforma del comercio y las finanzas internacionales. Marginarnos de esta instancia no nos agrega valor ni reduce costos financieros; limita nuestra capacidad de incidir en los grandes temas y hace más difícil y costoso el diálogo bilateral con cada una de estas economías emergentes.

Un gesto de alineamiento político. La justificación entregada parece responder más a una señal política que a una evaluación diplomática de fondo. Estados Unidos e Israel han observado históricamente con recelo al NOAL, precisamente porque en ese espacio numerosos países del Sur Global han defendido márgenes de autonomía frente a las grandes potencias. Pertenecer al NOAL, sin embargo, no obliga a Chile a respaldar cada una de sus declaraciones; el país ha formulado reservas cuando ha estimado necesario hacerlo.

En ese contexto, la salida de Chile del NOAL se lee menos como una decisión orientada a fortalecer su posición internacional y más como una señal de alineamiento con las prioridades de Trump y Netanyahu. Es una diplomacia de deferencia ante el poder, no una política exterior guiada por el interés nacional.

Un error diplomático mayor. La salida del NOAL no es un ajuste técnico ni una simple actualización de prioridades: es una definición política de fondo. Con ella, Chile estrecha sus márgenes de autonomía, debilita sus vínculos con una parte significativa del mundo y adopta una mirada internacional más dependiente y menos estratégica. En un siglo marcado por el ascenso del Sur Global, abandonar ese espacio no es una señal de modernidad ni de astucia diplomática; es un grave error de política exterior y una muestra de debilidad en pensamiento estratégico.

Estados Unidos, como “aliado estratégico principal”

La actual administración norteamericana erosiona las bases del multilateralismo: descree del cambio climático, se marginó del Acuerdo de París, de la OMS y de diversos organismos de Naciones Unidas; ha perseguido a jueces integrantes del Tribunal Penal Internacional; y ha optado por un proteccionismo agresivo, imponiendo aranceles incluso por encima de acuerdos comerciales previamente firmados.

La Casa Blanca también ha redefinido su relación con los socios europeos, explicitando su respaldo a expresiones de ultraderecha críticas de la arquitectura comunitaria. En América Latina, además, ha intervenido de manera inédita en procesos presidenciales, favoreciendo opciones radicales de ultraderecha. A ello se suma el bloqueo energético a Cuba, con severos costos para su población. En ese contexto, resulta inevitable preguntarse si una alianza estratégica principal con Washington implica avalar —o guardar silencio ante— los bombardeos norteamericanos e israelíes a Irán, el genocidio que Israel lleva a cabo en Gaza, los ataques a El Líbano y la apropiación de parte de su territorio.

¿Supone compartir esas iniciativas, guardar silencio frente a ellas o preservar la capacidad de disentir? Es una pregunta que la Cancillería no puede eludir.

La actual administración norteamericana ha reactivado, en los hechos, una lógica hemisférica inspirada en la Doctrina Monroe —actualizada ahora como una suerte de Doctrina Donroe— que vuelve a mirar a América Latina como zona de influencia natural, o incluso como “patio trasero”. Si esa visión se impone, Chile debe preguntarse con claridad qué espacio queda para su soberanía, su autonomía y su capacidad de decisión propia.

Chile no debe alinearse

Chile debe responder a los nuevos desafíos globales con una política exterior autónoma, democrática y multilateralista: defender el derecho internacional y los derechos humanos, sostener una voz clara frente a guerras y agresiones, y preservar una autonomía inteligente ante la pugna entre Estados Unidos y China, cooperando cuando convenga al interés nacional y evitando alineamientos automáticos.

Las dos decisiones de Cancillería que aquí comentamos tensionan pilares históricos de la política exterior chilena: soberanía, igualdad jurídica de los Estados, no intervención, autonomía estratégica, defensa del multilateralismo, paz y respeto de los derechos humanos.

Chile no debe reemplazar la no alineación por subordinación estratégica. Debe actualizar su autonomía en clave democrática, multilateral y orientada a la defensa del interés nacional. Esa es la política exterior que mejor conversa con nuestra historia y con los desafíos del mundo que viene.