La teología política de una hegemonía en construcción y el ascenso de su reverso prosaico.

Todo gobierno que aspira a construir una hegemonía enfrenta una dificultad elemental: debe resolver el problema de su unidad interna. Las coaliciones pueden ganar elecciones sumando fuerzas diversas, pero gobernar exige algo distinto. Gobernar exige un principio ordenador capaz de otorgar coherencia a sensibilidades, intereses y tradiciones que no siempre coinciden entre sí.

Es, en rigor, el tránsito que Antonio Gramsci describía como el paso de la dominación —la capacidad de imponerse y de sumar fuerzas— a la dirección: la capacidad de organizar el consenso y de articular intereses heterogéneos bajo una conducción moral e intelectual común. En otras palabras, una clase deviene dirigente cuando logra constituir un “bloque histórico” cohesionado por un “cemento ideológico” que excede la pura coerción. Cito a Gramsci porque el gran éxito de la derecha guzmaniana ha sido su gramscismo.

El gobierno de José Antonio Kast ha enfrentado precisamente ese desafío. Desde su origen conviven en su interior tres almas distintas. No son simples corrientes administrativas ni diferencias de estilo. Son tres maneras diferentes de interpretar la sociedad chilena, tres diagnósticos sobre la crisis contemporánea y tres respuestas posibles frente a ella.

La metáfora de Kast uno y trino busca describir esa situación, y conviene tomarla en serio en su densidad teológica, porque no es un adorno: es el modelo mismo del problema. La doctrina trinitaria cristiana fue, históricamente, el dispositivo conceptual más sofisticado que Occidente produjo para pensar la unidad sin uniformidad: tres personas realmente distintas, consustanciales y sin embargo un solo Dios, esto es, un solo principio fundante.

La forma trinitaria del poder

Conviene detenerse en la teología, porque es ella la que da forma al problema político y no al revés. El dogma de Nicea (325) y su precisión en Constantinopla (381) no resolvieron la unidad divina por vía de la razón demostrativa, sino por vía del dogma: se afirmó que el Padre, el Hijo y el Espíritu son homoousios —de la misma sustancia— sin que ninguna persona se disuelva en las otras ni se subordine ontológicamente a ellas.

Esta arquitectura ofrece tres aportes precisos a nuestro análisis, y ninguno de ellos sitúa al texto en inconsistencia; al contrario, lo ordena.

Primero, la teología trinitaria distingue entre la sustancia —lo común, lo que hace que las tres personas sean un solo Dios— y las personas —lo propio, irreductible de cada una. Trasladada a la política, en el caso de Kast está claro que el origen de su proyecto es de un conservadurismo restaurador (ya lo definiremos). Pero en el inicio de su gobierno la trinidad empezó a jugarle una mala pasada a la unidad. Esto fue advertido por el gobierno, luego de cien días aciagos, y decidió anunciar que el fundamento original seguía siendo el centro. La sustancia del gobierno de Kast es la promesa de orden; las personas son sus tres encarnaciones doctrinarias. La unidad no exige que las tres digan lo mismo, sino que participen de una misma sustancia. Por eso la cultura del orden (que fue presentada la semana anterior) puede funcionar como principio articulador sin homogeneizar a sus portadores.

Segundo, la herejía que el dogma combatió con mayor energía fue el arrianismo, que subordinaba al Hijo respecto del Padre, rompiendo la consustancialidad. El riesgo político equivalente es que una de las tres almas se vuelva meramente instrumental respecto de otra —que Quiroz o Poduje sean tratados como funcionarios del proyecto de Kast y no como personas consustanciales de la misma fórmula. La salud de la trinidad política se mide, precisamente, por su capacidad de evitar esa subordinación, que en términos de coalición se traduce en defección. Por supuesto, el juego es complicado, porque está claro que Kast es el jefe, pero también todos saben que hoy depende de Quiroz. Y que Poduje quiere que dependan de él.

Tercero, y esto es decisivo, la teología trinitaria nunca pretendió demostrar la unidad: la afirmó. Aquí aparece el filo del concepto. La cultura del orden aspira a operar como dogma político: un principio que se proclama y se celebra, no que se argumenta. Su fuerza —como la del dogma— es que cohesiona sin necesidad de prueba. Su debilidad —también como la del dogma— es que, fuera de la comunidad de creyentes, no convence a nadie: exige fe previa. Una hegemonía que descansa en un dogma es robusta hacia adentro y frágil hacia afuera. En ello reside su fuerza. Y en ello residen sus límites.

La metáfora, entonces, no es ornamental. Es el método: permite ver que el gobierno necesita simultáneamente tres personas distintas, una sola sustancia, y un acto de fe que las una. Lo que sigue describe cada persona; lo que cierra muestra qué ocurre cuando la fe no alcanza.

No se trata de una proyección externa (no es solo un análisis de este columnista). El propio programa de gobierno se autoorganiza en tres pilares: recuperar el orden y la autoridad; reimpulsar el progreso económico y el trabajo; y restaurar la libertad, la dignidad y la justicia.

Y esa misma estructura ternaria reaparece en la gramática de la gestión. En su primera cadena nacional, ya instalado en La Moneda, el Presidente afirmó que su administración enfrenta tres emergencias: seguridad, economía y situación social. El gobierno se piensa a sí mismo en tres desde el origen. El aporte analítico no consiste en inventar la triada, sino en mostrar que esos tres pilares no son funciones administrativas yuxtapuestas, sino almas en disputa, con portadores concretos y diagnósticos incompatibles entre sí.

La primera es el conservadurismo restaurador de José Antonio Kast. La segunda es el minarquismo de resistencia representado por Jorge Quiroz. La tercera es el populismo punitivo antiempresas encarnado por Iván Poduje.

El alma de Kast: conservadurismo restaurador

La primera alma es la más evidente porque es la que dio origen al proyecto político.

José Antonio Kast proviene de una tradición conservadora que se escindió de la UDI y que terminó construyendo una identidad propia. Sin embargo, sería un error interpretar esta corriente simplemente como una continuación del guzmanismo.

Jaime Guzmán construyó una doctrina compleja. Su pensamiento articulaba elementos del derecho natural, del hispanismo jurídico, del portalianismo, de la tradición católica y de una sofisticada reflexión sobre el orden institucional. Era una arquitectura intelectual que transitó del corporativismo de inspiración schmittiana hacia el liberalismo subsidiario consagrado en la Constitución de 1980.

Kast no es heredero de esa arquitectura. Es heredero de su impulso.

Su proyecto no está centrado en una teoría constitucional ni en una teoría económica. Está centrado en una intuición moral: la convicción de que la sociedad chilena ha perdido elementos fundamentales de orden, responsabilidad, autoridad y cohesión. Esa intuición tiene correlato verificable en su visión social, asentada en la jerarquía, la defensa de la familia como núcleo fundamental de la sociedad y el fortalecimiento de los valores asociados al orden, la autoridad y la seguridad pública.

Por eso el concepto más adecuado para describir esta corriente es el de conservadurismo restaurador.

El conservadurismo restaurador no busca simplemente conservar lo existente. Tampoco pretende regresar literalmente al pasado. Su núcleo consiste en la idea de que la crisis del presente surge de la erosión de ciertos principios normativos que anteriormente permitían la estabilidad social. La tarea política consiste entonces en restaurarlos. No es nostalgia: es estrategia de recomposición cultural.

El problema es que esta corriente suele confiar excesivamente en la fuerza transformadora del mensaje. Supone que la presencia de una nueva élite gobernante, portadora de convicciones claras, puede desencadenar por sí sola un proceso de restauración cultural. En esto comparte una paradoja con muchos movimientos radicales contemporáneos: la confianza en que la conquista del poder político puede producir, por sí misma, un cambio cultural profundo —una inversión del propio teorema gramsciano, que advertía que la hegemonía cultural antecede y sostiene al poder político, y no a la inversa.

El alma de Quiroz: minarquismo de resistencia

La segunda alma posee una naturaleza completamente distinta.

Jorge Quiroz representa una tradición económica orientada a reducir el peso del Estado, fortalecer la disciplina fiscal y limitar la expansión permanente del gasto público. Sin embargo, sería un error describir esta corriente como una reedición de los grandes proyectos neoliberales de los años setenta y ochenta. Aquellos proyectos tuvieron arquitectos.

José Piñera es un ejemplo: diseñó instituciones nuevas. Construyó el sistema de capitalización individual en 1980 (y con él formó un mercado de capitales antes inexistente en la práctica), reformó el mercado laboral con el Plan Laboral de 1979 y desarrolló instrumentos concretos para reorganizar la relación entre Estado y sociedad. El quironismo carece de esa ambición fundacional. Su principal característica no es la construcción de una nueva arquitectura institucional. Su principal característica es la resistencia. Y es que reducir el tamaño del Estado es un juego en contra de todo lo que se venía haciendo, de manera clara, desde Bachelet 1 y, ya sin complejos, desde Bachelet 2.

Por eso resulta más apropiado hablar de un minarquismo de resistencia. El concepto de minarquía —el Estado mínimo limitado a las funciones de protección— remite a Robert Nozick; pero el adjetivo importa más que el sustantivo. Se trata de una corriente que surge como reacción a un largo ciclo de expansión estatal y su objetivo principal no es crear un nuevo orden económico. Su objetivo es impedir que continúe expandiéndose el orden existente. Quiroz parece tener claro que no logrará bajar las pensiones (como se hizo a fines de los ochenta) o desechar apoyos sociales. Cuando mucho, quiere que el dinero público llegue a condición de entregar tranquilidad social. La legislación que se busca respecto a incivilidades tiene ese sentido.

La virtud política de Quiroz radica precisamente en esa capacidad. Ha demostrado una disposición poco común para soportar costos políticos, enfrentar conflictos y sostener posiciones impopulares. Su lenguaje político es el lenguaje de los límites. Donde otros observan aspiraciones, Quiroz observa restricciones. Donde otros observan demandas, observa costos. Donde otros observan derechos, observa financiamiento. No construye esperanza: construye contención.

Quiroz tiene un plan. Tal vez falle. La tesis de la austeridad expansiva —la idea de que el ajuste fiscal, lejos de contraer, estimula— ha sido empíricamente cuestionada con dureza tras la crisis europea, lo que abre un flanco al quironismo: su contención puede no producir el crecimiento que el conjunto del proyecto necesita para legitimarse. De fallar en esto Quiroz su proyecto estará derrotado.

Pero Quiroz ha logrado transformarse en uno de los centros de poder más relevantes del gobierno y lo ha hecho por la claridad de su perspectiva y la capacidad de afrontar rutas poco gratas, desde su historia judicial hasta las críticas por la falta de apoyo social.

El alma de Poduje: populismo punitivo antiempresas

La tercera alma es probablemente la más original.

Iván Poduje no representa una escuela doctrinaria. Tampoco una tradición partidaria claramente organizada. Representa una síntesis política novedosa, que podría definirse como un populismo punitivo antiempresas. La formulación parece paradójica para un gobierno de derecha, pero precisamente allí reside su importancia.

El concepto se apoya en la noción de populismo penal —la producción de enemigos identificables y la administración de un castigo simbólico como fuente de legitimidad—, aquí trasladada del campo de la seguridad al de la economía.

Poduje ha logrado incorporar a la derecha elementos discursivos que durante décadas fueron patrimonio de la izquierda. Desde el ciclo político iniciado en 2011, buena parte de la crítica pública se organizó alrededor de la idea de que ciertas empresas habían capturado derechos sociales para transformarlos en fuentes de lucro. Poduje absorbió ese diagnóstico. Pero en lugar de combinarlo con una crítica estructural al mercado, lo combinó con una demanda de orden, eficacia y capacidad de gestión.

El resultado es una figura singular: un reformador conservador que utiliza herramientas narrativas originalmente desarrolladas por la izquierda. Por eso podría describirse también como un Poduje frenteamplista: no porque comparta las posiciones ideológicas del Frente Amplio, sino porque incorpora parte de las sensibilidades políticas que ese sector ayudó a instalar (la idea de que el lucro de las empresas perjudica la implementación de derechos sociales, como la vivienda). Es la misma maniobra de pinza con que la derecha dura, en 2026, silenció la retórica explícita de guerra cultural para adoptar una narrativa de gestión de crisis centrada en la emergencia y el orden.

Su discurso se organiza alrededor de enemigos identificables: constructoras, intermediarios, burocracias, organizaciones ineficientes, actores que obstaculizan la solución de problemas concretos. Su lógica es profundamente comunicacional. A diferencia de Quiroz, que absorbe costos, Poduje tiende a desplazarse rápidamente entre escenarios. Su política opera mediante conflicto, velocidad narrativa y producción constante de adversarios. Se parece más a una campaña permanente que a una administración pública tradicional.

La nueva cultura del orden

La principal decisión estratégica del gobierno ha sido reconocer que estas tres almas no pueden coexistir indefinidamente sin una jerarquía. Toda coalición necesita una doctrina dominante. Y la doctrina elegida ha sido la que emerge del conservadurismo restaurador de Kast.

La nueva cultura del orden constituye el intento de convertir esa corriente en el principio organizador del conjunto. La decisión es comprensible: otorga identidad a la coalición, permite articular la dimensión económica de Quiroz, incorpora la potencia comunicacional de Poduje y construye una narrativa relativamente coherente. Desde ese punto de vista, mejora el escenario estratégico: las tres almas dejan de competir por la dirección general y pasan a ocupar funciones complementarias dentro de un mismo proyecto.

Aquí, sin embargo, la metáfora trinitaria muerde su propia cola. Porque la Trinidad ortodoxa es sin jerarquía: ninguna persona precede ni manda sobre las otras. En el momento en que el gobierno decreta que una de las almas —la de Kast— debe dominar a las demás, abandona la ortodoxia nicena y se desliza hacia el subordinacionismo: la herejía arriana que el dogma combatió.

Políticamente, eso tiene un nombre menos teológico: es el riesgo de que las otras dos personas dejen de sentirse consustanciales y comiencen a comportarse como facciones subordinadas que, llegado el costo, defeccionan.

El problema de los cimientos

La pregunta decisiva no es si la unificación es posible. Es si los pilares sociales que la sostienen son suficientemente sólidos. Y allí aparecen las principales dudas.

El orden es una aspiración relevante para una parte importante de la ciudadanía. Pero en el Chile contemporáneo no parece ser todavía el valor dominante. El dinero, la seguridad económica y las expectativas materiales continúan ocupando posiciones superiores dentro de la jerarquía efectiva de valores. La demanda de orden, enseña la sociología de los valores, no es un dato estable: crece como reacción ante la inseguridad percibida y retrocede cuando la prosperidad se restablece. En la encuesta LCN el orden lleva varios años con menor importancia que en el pasado y, de momento, incluso los votantes de la derecha optan más por el progreso que por el orden.

Pero más allá de sus defectos, la nueva cultura del orden posee una ventaja evidente: ofrece sentido. Y ese rendimiento no es menor. No obsta, de todos modos, que exista al menos una dificultad igualmente evidente: la cultura del orden necesita demostrar que puede producir bienestar.

La historia reciente muestra que las sociedades toleran grados importantes de desorden cuando perciben prosperidad, y que la demanda de orden se dispara cuando la prosperidad desaparece. El propio mandato de origen es ambivalente: el casi 60% obtenido en segunda vuelta se construyó sobre preocupaciones de seguridad y de recuperación económica simultáneamente. Pero ya el gobierno ha perdido alrededor de 20%. Y eso es porque el orden viene atado a una promesa material que tendrá que cumplirse. Lo que significa que todo depende de Quiroz.

Los reparos a la estabilidad

Hasta aquí, el relato oficial de la unificación. Conviene no darlo por bueno sin examinarlo, porque la evidencia disponible sugiere una fragilidad mayor que la que el propio gobierno admite. Hay, al menos, cuatro reparos.

El primero es de funcionamiento. El gobierno realizó su primer cambio de gabinete a los 69 días de mandato: el más temprano desde el retorno a la democracia. La remoción de dos ministras y la creación de biministerios no es el gesto de una coalición consolidando hegemonía, sino el de una administración con problemas internos tempranos. Una doctrina fundante no debería requerir una corrección de personal a diez semanas de iniciada.

El segundo es de incompatibilidad estructural entre las almas. El minarquismo de Quiroz quiere un Estado mínimo; el populismo punitivo de Poduje necesita un Estado activo, intervencionista y veloz para castigar a las empresas y producir resultados visibles. Quiroz juega al mediano y largo plazo. Poduje quiere hacer su fama rápido y probablemente migrar a otro ministerio con su popularidad como activo. Y es que su proyecto no puede prosperar con un ministro que le pide que baje costos mientras Poduje exige doblar las garantías de posventa y sostiene que las viviendas sociales requieren patio. En el mediano plazo suena extraño que ambos puedan brillar a la vez.

La relación con el poder estatal es contradictoria en el fondo, no en el matiz: uno lo quiere quieto (Quiroz), el otro lo quiere en movimiento permanente (Poduje). La historia los ha unido (ambos fueron laguistas), pero sus fuerzas se mueven con vectores diferentes. La cultura del orden no resuelve esa contradicción: la posterga. Y el orden puede terminar funcionando no como síntesis sino como anestesia del conflicto interno.

Coda: el reverso prosaico

La doctrina existe. La unificación estratégica ha comenzado. La teología es sofisticada y, bien mirada, hasta hermosa: una trinidad de almas que aspira a una sola sustancia de orden, cohesionada por un acto de fe en que el orden será, a la vez, sentido y bienestar.

Y sin embargo. Mientras el gobierno depura su teología trinitaria, lo único que esa teología ha producido de manera tangible, hasta ahora, es el crecimiento de su reverso más prosaico y menos espiritual: Franco Parisi. La encuesta CEP de los primeros noventa días lo muestra con crudeza. Parisi sube 11,3 puntos en evaluación positiva y alcanza el 35%; el Partido de la Gente salta al 7% de identificación partidaria y empata con el Partido Socialista como primera fuerza del país.

El mecanismo es exactamente el que la teología no previó: el descontento con Kast no fluye hacia la izquierda, sino hacia el populismo transaccional. Donde el gobierno ofrece una sustancia —el orden como sentido—, Parisi no ofrece sustancia alguna: ofrece transacción. Ni fachos ni comunachos, ni dogma ni fe, ni Padre ni Hijo ni Espíritu. Un árbitro sin teología que cobra peaje en cada votación y capitaliza, sin doctrina, el desgaste de quienes sí la tienen. No es casual que ya antes hubiese llegado al tercer lugar con cerca del 20% de los votos, desplazando a la derecha tradicional y a la derecha libertaria por igual.

He aquí la ironía que ordena todo el cuadro. La nueva cultura del orden es un esfuerzo teológico de primer nivel por fundir tres almas en una. Pero la política, que es terrenal, premia por ahora a quien no tiene alma doctrinaria de ninguna clase.

La sofisticada trinidad de Kast, en su tránsito de la doctrina a la vida cotidiana, está alimentando —involuntariamente— el ascenso de su negación más literal: un populismo sin trascendencia, sin restauración, sin contención y sin castigo simbólico; un puro cálculo de votos que prospera, precisamente, en el espacio que la fe en el orden todavía no logra llenar.

En ese tránsito —de la teología a la experiencia concreta de vida— se jugará el éxito o el fracaso histórico del proyecto encabezado por José Antonio Kast. Por ahora, el único que recoge los frutos del esfuerzo es quien jamás creyó en él.