La última semana dejó una lección simple para una economía pequeña y abierta como Chile, los shocks externos cambian rápido, pero la política monetaria no debe cambiar de diagnóstico con la misma velocidad que una pantalla financiera.

Hace pocos días, Medio Oriente volvió a poner al petróleo en el centro de la discusión. El riesgo de interrupciones en Ormuz elevó el crudo, encareció combustibles y reintrodujo presión inflacionaria externa. Luego vino el giro, acuerdo entre Estados Unidos e Irán, reapertura esperada de Ormuz y alivio en los mercados. Trump lo resumió a su manera, petróleo más barato y bolsas al alza.

En parte, tenía razón. El petróleo cayó, Wall Street subió pese a señales cautelosas de la Fed y la baja de la gasolina volvió al debate político. Pero una cosa es que los mercados eliminen prima geopolítica y otra que el mercado físico del petróleo se normalice.

Ese es el punto que hace relevante el comunicado de la última RPM. El Banco Central mantuvo la TPM en 4,5%, por unanimidad. Reconoció que el petróleo retrocedió, que los mercados reaccionaron positivamente y que el dólar se depreció globalmente. Pero también advirtió que el conflicto no está resuelto y que la oferta mundial de petróleo no se ha normalizado.

Esa cautela es correcta. Reabrir Ormuz no significa restablecer flujos sin fricciones. Persisten riesgos logísticos, seguros más caros e inventarios tensionados. Aunque algunos bancos ven espacio para que el petróleo siga bajando, otros análisis advierten que los inventarios cuentan una historia menos tranquilizadora que los precios spot.

Chile enfrenta este shock desde una posición mixta. La inflación anual llegó a 3,9% en mayo, empujada por combustibles; pero la inflación subyacente se mantiene más contenida y las expectativas a dos años siguen cerca de la meta. Es decir, el shock golpeó la inflación efectiva, pero no ha desanclado expectativas.

Esa distinción es clave. Un banco central no debe reaccionar igual frente a un aumento transitorio del petróleo que frente a una inflación persistente. La política monetaria no puede producir petróleo ni resolver conflictos geopolíticos. Sí puede evitar que un shock de costos se transforme en inflación duradera.

Por eso, mantener la TPM no es inmovilismo. Es prudencia. El error habría sido sobrerreaccionar al alza inicial del crudo. Pero también sería una equivocación sobrerreaccionar ahora a la baja, dando por cerrada una incertidumbre aún abierta.

La actividad interna muestra debilidad, menor dinamismo, inversión frágil y mercado laboral más estrecho. Eso empuja hacia una política menos restrictiva. Pero la inflación total sigue sobre la meta y el escenario externo sigue condicionado por un conflicto sin cierre definitivo.

Para Chile, la baja del petróleo es una buena noticia. Reduce presiones sobre combustibles, alivia costos de transporte y mejora el ingreso disponible. Si se consolida, puede facilitar la convergencia inflacionaria y abrir espacio para nuevos recortes. El condicional importa.

La peor lectura sería confundir alivio financiero con normalización macroeconómica. Entre la euforia de los mercados y la responsabilidad de llevar la inflación a 3%, el Banco Central hizo lo correcto, reconocer mejores noticias y esperar evidencia.