Su relevancia nacional y militar no descansa en la búsqueda de un protagonismo para ocupar un sitial privilegiado en la posterioridad, sino que se relaciona con algo aparentemente más sencillo, que fue cumplir con su deber cuando las circunstancias lo exigieron.

La historia militar de Chile está repleta de hombres cuyo ejemplo permanece vivo en la memoria nacional. La Guerra del Pacífico puso de manifiesto el carácter de una generación de chilenos que, provenientes de distintas partes del país y, en algunos casos, de la más absoluta sencillez, fueron capaces de sobreponerse a la fatiga y al miedo propiamente humano para cumplir con su deber.

En las pampas y quebradas del norte árido y agreste, quedaron grabados a sangre y fuego, el coraje, la abnegación y el profundo amor a la Patria que distinguieron al soldado chileno y que continúan inspirando a nuevas generaciones de civiles y militares.

La Toma del Morro de Arica reúne en sus protagonistas distintas virtudes que explican la trascendencia de aquella victoria y que debiera encarnar todo soldado. La disciplina del general Baquedano se mezcla con la astucia táctica del coronel Pedro Lagos y el liderazgo del comandante Juan José San Martín, cualidades que lo llevaron a entregar su vida en el cumplimiento del deber.

Las grandes acciones militares rara vez pueden explicarse únicamente a través de sus figuras más visibles. Entre los comandantes que planifican y la tropa que concreta la acción, la historia y las circunstancias, en algunas ocasiones, reservan un lugar para aquellos hombres que, sin quererlo, asumen responsabilidades mayores a las que el destino parecía haberles reservado. Es ahí donde aparece el sargento mayor Luis Solo de Zaldívar, segundo comandante del 4° de Línea.

El plan trazado por el coronel Lagos exigía rapidez y coordinación, pues su éxito dependía de conservar la iniciativa y el impulso del ataque para impedir cualquier reorganización enemiga y explotar la sorpresa estratégica conseguida por las tropas nacionales. Pero como es sabido, entre lo planificado y lo que finalmente ocurre en el terreno, siempre existe un espacio que solo puede ser cubierto por la voluntad de lucha, el carácter y la capacidad de quienes tienen la responsabilidad de ejecutar las órdenes recibidas.

La muerte del comandante Juan José San Martín, quien cayó “animando con la palabra y con la acción a sus soldados”, pudo haber supuesto una desorganización de la ofensiva, la vacilación de la voluntad o incluso la derrota, pero el 4° de Línea no se detuvo. Los bravos cuartinos continuaron su ascenso hacia la cima del Morro bajo la conducción del sargento mayor Solo de Zaldívar quien sostuvo a su contingente en el momento decisivo.

Aquella circunstancia permite reflexionar sobre un punto clave. Las organizaciones sólidas no descansan únicamente en la virtud de sus líderes, elemento esencial, sino que además dicha solidez está anclada en la fortaleza de los equipos y en la confianza que existe entre quienes la integran. Sin liderazgo no hay dirección, pero sin esfuerzo colectivo no hay victoria.

Una rápida leída al parte oficial del sargento mayor dirigido al coronel Lagos, redactado el 11 de junio de 1880, expresa una ausencia completa de autocomplacencia y de pretensiones de atribuirse méritos ajenos. Por el contrario, el documento transmite un profundo reconocimiento a la disciplina, el valor y el espíritu de cuerpo del regimiento, incluso señalando que recomendar especialmente a alguno de sus oficiales sería agraviar a los demás, porque todos demostraron bravura y pericia. Esa idea revela una concepción profundamente colectiva del éxito militar, donde los logros pertenecen al regimiento y no a una figura individual

Su relevancia nacional y militar no descansa en la búsqueda de un protagonismo para ocupar un sitial privilegiado en la posterioridad, sino que se relaciona con algo aparentemente más sencillo, que fue cumplir con su deber cuando las circunstancias lo exigieron. No obstante, es precisamente en esa aparente sencillez donde radicó su grandeza, conduciendo el esfuerzo de sus hombres tras la caída de San Martín, contribuyendo a alcanzar la victoria. Cualidades reconocidas de un buen liderazgo.

Por eso la figura de Solo de Zaldívar merece ser igualmente relevada cada 07 de junio. No para disputar el lugar histórico del coronel Pedro Lagos o del comandante Juan José San Martín, ambos de importancia histórica indiscutible, sino porque complementa la comprensión de aquella victoria. Lagos representa la visión, San Martín representa el sacrificio y Solo de Zaldívar representa a aquellos soldados que, llegada la hora decisiva, están a la altura de circunstancias extraordinarias. Los tres forman parte de una misma historia, la de “hombres de acero que acabaron triunfando contra fortalezas de granito”.

En definitiva, quizás sea la suma de todos estos esfuerzos humanos lo que explica por qué la Toma del Morro continúa ocupando un lugar privilegiado en la memoria histórica de nuestro Chile. Porque en ella convergen una de las más profundas lecciones de liderazgo, cohesión y servicio a la Patria que distinguieron a aquella generación de soldados chilenos.