La ciudadanía está cansada del populismo, de la polarización y de la postverdad instalada como método de acción política. Gobernar no puede ser administrar hashtags. Y oponerse no puede ser dinamitar cualquier posibilidad de acuerdo.

Hay cambios de gabinete que fortalecen a un gobierno. Y hay otros que dejan al descubierto que el relato se agotó antes que las soluciones. El ajuste ministerial del presidente José Antonio Kast, realizado a solo 69 días de iniciado su mandato, no es una simple corrección política: es la primera gran señal de que gobernar a punta de consignas, metáforas y frases de campaña simplemente no funciona.

Porque una cosa es ganar una elección hablando de orden. Otra muy distinta es gobernar un país complejo, tensionado y cansado de la polarización permanente.

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La salida de Trinidad Steinert y Mara Sedini no es solo un cambio de nombres. Es la admisión silenciosa de que el gobierno perdió conducción política antes de cumplir sus primeros cien días. Y cuando un gobierno que prometió autoridad comienza a reaccionar más rápido de lo que conduce, lo que aparece no es fortaleza. Es ansiedad.

Chile enfrenta una crisis real de seguridad, inmigración irregular, narcotráfico y deterioro institucional. Y no hablo desde la comodidad de una oficina ni desde el análisis teórico. Hace pocos días recibí un mensaje que resume el miedo que viven miles de familias chilenas: “Hola, nos acaban de hacer una encerrona a mi pareja y a mí por pasaje María Troncoso, en la comuna de Cerrillos”.

Ese no es un dato estadístico. Es el Chile real. El de personas que salen a trabajar, estudiar o simplemente volver a sus casas con temor. El de familias que sienten que el Estado llegó tarde o simplemente desapareció.

La ciudadanía esperaba decisiones firmes, equipos sólidos y liderazgo. Pero lo que ha visto hasta ahora es un Ejecutivo atrapado en sus propias expectativas y en una lógica comunicacional donde el símbolo parece más importante que la gestión.

La política convertida en marketing tiene fecha de vencimiento.

Y aquí hay una lección que toda la clase política debe entender, no solo el oficialismo. Porque también sería un error que la oposición transforme esta crisis en una oportunidad para el sabotaje permanente o la obstrucción sin sentido. Chile ya perdió demasiado tiempo en trincheras ideológicas, en la lógica del enemigo interno y en esa competencia absurda por quién grita más fuerte en redes sociales.

La ciudadanía está cansada del populismo, de la polarización y de la postverdad instalada como método de acción política.

Gobernar no puede ser administrar hashtags. Y oponerse no puede ser dinamitar cualquier posibilidad de acuerdo.

Durante años vimos cómo distintos sectores reemplazaron la política seria por performances, frases virales y caricaturas del adversario. Hoy pagamos las consecuencias: instituciones debilitadas, desconfianza ciudadana y una democracia atrapada entre extremos que se necesitan mutuamente para sobrevivir.

José Antonio Kast llegó al poder prometiendo recuperar el orden. Pero el orden no se decreta en conferencias de prensa ni se construye desde relatos épicos. Se construye con conducción política, capacidad técnica, diálogo democrático y equipos preparados para gobernar, no solamente para ganar elecciones.

Porque el principal problema de este gobierno no es un ministro que sale o una vocera que cae. El problema es la ilusión de que Chile podía gobernarse únicamente desde la épica ideológica. La realidad siempre termina golpeando más fuerte que los eslóganes.

Y en medio de esta crisis, todos tienen una responsabilidad. El oficialismo debe abandonar la soberbia y entender que gobernar exige escuchar, corregir y dialogar. Pero la oposición también tiene que estar a la altura. No se construye un mejor país apostando al fracaso del gobierno de turno. Cuando a un gobierno le va mal, a Chile completo le termina yendo peor.

Hoy más que nunca se necesita una política menos fanática y más republicana. Menos barras bravas y más acuerdos. Menos cálculo electoral y más sentido de Estado.

Porque las democracias no mueren solamente por golpes de fuerza. A veces también se erosionan lentamente cuando la política deja de buscar acuerdos y comienza a alimentarse del odio, la desinformación y el miedo.

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El presidente aún está a tiempo de corregir el rumbo. Pero para hacerlo deberá entender algo esencial: gobernar no es resistir en Twitter; gobernar es conducir un país real.

Y como dijo Pedro Aguirre Cerda, una frase que sigue teniendo absoluta vigencia en tiempos de crisis y división: “Gobernar es educar”.

Educar en responsabilidad. Educar en diálogo. Educar en convivencia democrática. Porque cuando la política deja de educar y solo busca dividir, el poder se transforma en ruido. Y los países no se destruyen por falta de discursos grandilocuentes. Se destruyen cuando quienes gobiernan olvidan cómo construir confianza entre los chilenos.