Mientras la creatividad refleja potencial, la innovación mide la capacidad de implementar soluciones que generan valor económico y social.

¿Por qué Chile, siendo relativamente creativo, innova poco? La evidencia es elocuente.

La prueba PISA 2022, que mide la capacidad de jóvenes de 15 años para generar ideas originales y valiosas, sitúa a Chile como el mejor de América Latina, con un puntaje cercano al promedio de la OCDE (31 versus 33).

Sin embargo, el Índice Global de Innovación (GII) 2025 de la OMPI muestra un rezago significativo: Chile alcanza 33 puntos, muy por debajo de los 52 del promedio OCDE. Siendo, además, la correlación entre ambas métricas, moderada (0,4). La creatividad no se traduce automáticamente en innovación.

La diferencia es sustantiva. Mientras la creatividad refleja potencial, la innovación mide la capacidad de implementar soluciones que generan valor económico y social.

Como ha planteado Joel Mokyr, el tránsito entre ambas depende de factores institucionales y culturales: la calidad de los vínculos universidad-empresa, la difusión del conocimiento, la cultura de innovación en las firmas, la densidad del capital social y la disponibilidad de financiamiento de riesgo.

En Chile, estas condiciones siguen siendo débiles. La institucionalidad está fragmentada; las universidades enfrentan incentivos centrados en publicaciones más que en impacto; y persisten brechas culturales que dificultan la colaboración con el sector productivo. El resultado es un sistema que genera ideas y publicaciones científicas, pero no logra escalarlas.

Cerrar esta brecha exige decisiones de política pública:

Primero, alinear los incentivos del sistema universitario hacia investigación aplicada, interdisciplinaria y con resultados transferibles, incorporando métricas de impacto en innovación.

Segundo, fortalecer instrumentos de vinculación con la industria, incluyendo centros tecnológicos y consorcios sectoriales con gobernanza efectiva.

Tercero, desarrollar programas de magíster y doctorados profesionales orientados a resolver problemas productivos concretos.

Finalmente, profundizar el financiamiento de riesgo y los mecanismos de escalamiento empresarial.

Chile no carece de creatividad. Lo que falta es un sistema que la transforme sistemáticamente en innovación. Ese es el desafío pendiente.