Incrédulos por lo leído, junto a Cristian, nos reímos bastante esa mañana, hasta que un extraño silencio se hizo presente en su consulta.
Tanto el diván del psicoanalista como los sillones de peluqueros y dentistas son sitios confortables donde pacientes y clientes escuchan, se expresan y, a veces, comadrean con el profesional que los atiende. A su manera, estos actúan como terapeutas de facto. Antes de que se pusieran huidizos y gruñones, los taxistas también formaban parte de esa misma estirpe con “habilidades interrelacionales” —como califican siúticamente a quienes son, simplemente, simpáticos—.
Tengo un amigo dentista, con quien me atiendo regularmente. Naturalmente, conversamos mucho. Por obvias razones, más lo hace él que yo. Solo cuando no estoy con algún aparato en la boca le respondo y comento, de manera de acompañar esas pláticas, siempre amenas.
Pues bien, mientras Cristian —así se llama— pasaba cuidadosamente el láser sobre mi mandíbula, me relató hace poco una de esas anécdotas que suelen quedarse en la memoria. Le dije que bien valdría la pena darla a conocer, y es lo que hago.
Un paseo con historia al lago Vichuquén
A poco de recibirse de cirujanos dentistas, un grupo de compañeros de curso fue a pasar un fin de semana al lago Vichuquén. Arrendaron un pequeño autobús con chofer y salieron de Santiago por la tarde. Varios de ellos, ya bastante alegres al partir, aprovecharon el trayecto para pasar de la alegría a la euforia que provoca el whisky bebido de la botella que circulaba entre los asientos.
Uno de ellos, de apellido Lillo, llevaba un hermoso bolso de cuero, recién comprado, con el que debía viajar días después a los Estados Unidos. En su interior, guardaba celosamente los documentos de viaje, pasaporte y dólares de viático.
No faltaron quienes repararon en aquel hermoso bolso, y comenzaron a tirárselo como si fuera una pelota. Tampoco faltó el inteligente de turno que abrió una ventanilla y lo lanzó hacia afuera entre las risotadas de un grupo complaciente y la molestia de un Lillo, inquieto por sus pertenencias.
“Pare, chofer, se cayó uno de cabeza…” —comenzaron entonces a cantarle al conductor.
El bus se detuvo. Los dentistas descendieron; algunos con linternas, pues ya estaba oscuro, y recorrieron por largos minutos el borde del río Maipo. La búsqueda fue infructuosa y los amigos se dieron por vencidos, mientras Lillo se mostraba irritado por la pérdida.
Se detuvieron en la comisaría más cercana para dejar constancia de lo ocurrido y encomendar a los carabineros avisarles si acaso alguien lo encontraba. Dejaron sus datos y el número de teléfono del lugar donde estarían.
Al día siguiente, un sargento les comunicaba telefónicamente que podrían pasar a buscar el bolso a la comisaría. ¡Milagro! —gritó el que contestó la llamada—, y partieron en patota a buscar el objeto extraviado. Un viejo artesano que trabajaba al borde del camino lo había encontrado y entregado a los carabineros. No faltaba un solo billete.
Se dirigieron entonces al lugar donde estaba instalado el artesano para recompensarlo por su gesto, encontrándolo en plena faena. Durante el corto intercambio de palabras, el hombre les contó que trabajaba con fierros y cemento, en lo que le pidieran. Esta explicación dio pie a una singular sugerencia que es la que da vida a la anécdota vivida por el grupo de dentistas.
“¿Nos haría usted una animita en el lugar donde encontró el bolso?” —interrogó uno de ellos—; pregunta que en el acto apoyaron los demás. “Una de San Lillo” —replicó otro— entre risas cómplices del grupo.
Fue así como, pagando por adelantado, y dejándole al artesano una botella de vino vacía en la que, con letras blancas, escribieron el nombre del dueño del bolso, se erigió una pequeña animita a un costado del río Maipo, cerca del puente.
La animita se vuelve milagrosa
Pasaron los años y la anécdota pasó al olvido, hasta que, ya maduros —algunos con esposas e hijos—, los dentistas decidieron organizar un paseo al mismo lago. Durante el trayecto, alguien se acordó de la animita, sugiriendo pasar a saludarla.
La encontraron fácilmente. Era más grande de lo que imaginaban. Un rectángulo con rejillas metálicas y una cabecera de concreto. La botella, polvorienta, sujeta contra el pequeño muro, estaba intacta. Aún podía leerse, perfectamente, “San Lillo”.
Sin embargo, lo curioso es que había flores plásticas a su alrededor y una decena de placas de agradecimiento por favores concedidos: por la cura de enfermedades, el nacimiento de un hijo, o el regreso de la mascota perdida…
Una voz monocorde susurró: ¡Es un milagro! Pero esta vez no hubo risas, sino una dosis de consternación expresada en las reflexiones que intercambiaron después los amigos en el autobús.
Una animita famosa
Tengo una amiga francesa, antropóloga y estudiosa de asuntos extraños, quien se ha dedicado por años a investigar santos profanos, equecos y animitas milagrosas en varios países, entre otros, Chile. Debe ser una de las expertas más eruditas sobre estos temas. Me dije que la llamaría para reírme con ella de la anécdota contada por mi apreciado dentista.
Sin embargo, al relatársela detalladamente, no se mostró muy sorprendida y me hizo repetir varias veces el nombre escrito en la botella, el que tuve incluso que deletrearle. Cinco minutos más tarde, recibía por WhatsApp la fotografía de un texto escrito en francés, cuyo primer párrafo decía: “San Lillo, animita a veces asociada a Baldomero Lillo, situada al borde del río Maipo, entre las comunas de San Bernardo y Buin, al sur de Santiago de Chile”.
Incrédulos por lo leído, junto a Cristian, nos reímos bastante esa mañana, hasta que un extraño silencio se hizo presente en su consulta. Él me dijo después que estaba pensando en cómo contarles la historia a sus excompañeros y, sobre todo, a Lillo. Yo no quise decirle que, en mi revoltijo de agnóstico y ateo que llevo por dentro, me había quedado pensando en la fe popular y en los milagros profanos, aquellos de los que tanto me habla la antropóloga.
Ese mismo día, las imágenes de Trump parodiando groseramente una sanación de Jesucristo, y luego sus ofensas violentas al Papa, vinieron a perturbar mis eclécticos pensamientos. “La fe mueve montañas”, escribió Mateo y hoy lo reza el refrán que conocemos. Y razones hay para pedir que se desplacen las montañas y se produzcan los milagros que esa fe popular genera.
Entonces, ya que hay tanto loco suelto incendiando el mundo y cometiendo crímenes abyectos, me han dado ganas de pedirle a San Lillo —con una vela encendida y manda incluida— que encierre a doble llave y para siempre, a aquel lenguaraz y abominable desquiciado.
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