En términos ajedrecísticos, sacrificó la reina para salvar al caballo de Milei y eso es derrota segura en cualquier tablero.

“Es peor que un crimen: es un error”, dice la frase atribuida a Fouché. Stefan Zweig la rescata en su biografía no para moralizar, sino para fijar un criterio: en política manda la utilidad, no la virtud. Zweig entiende a Fouché como un lector frío del poder, alguien que mide decisiones por sus efectos y no por sus intenciones.

El episodio que da origen a la frase fue un acto de soberbia del triunfador de Europa. En 1804, Napoleón estaba obsesionado con las conspiraciones monárquicas que buscaban derrocarlo. Los servicios de inteligencia le hicieron llegar informes imprecisos y en parte falsos, que vinculaban al duque de Enghien, un príncipe borbón exiliado en Baden, con uno de esos complots.

Napoleón ordenó entonces una operación que violaba abiertamente la soberanía de un Estado extranjero: tropas francesas cruzaron la frontera, secuestraron al duque y lo trasladaron a Vincennes. Ahí fue sometido a un juicio sumario, y fusilado de madrugada.

El problema no fue solo moral, pues era la ejecución de un inocente sin pruebas sólidas, sino estratégico. Enghien no estaba implicado en ninguna conspiración relevante y no representaba una amenaza real.

Su muerte, lejos de fortalecer a Napoleón, provocó el efecto contrario: escandalizó a las monarquías europeas, consolidó la percepción de que el régimen napoleónico era arbitrario y aceleró el aislamiento internacional de Francia. Fouché lo entendió de inmediato: no era solo un crimen, era un error, porque había debilitado al propio poder que buscaba proteger.

Lo ocurrido esta semana con la negativa del gobierno de José Antonio Kast a apoyar a Michelle Bachelet para la Secretaría General de la ONU se parece demasiado a ese tipo de decisiones, incluso hasta con informes falsos.

Dado el currículum de Bachelet —dos veces Presidenta, ex Alta Comisionada de Derechos Humanos, ex directora de ONU Mujeres—, retirarle el respaldo no es solo un gesto político: es, en la lógica de Fouché, un crimen contra el interés nacional.

No es la primera vez que Chile enfrenta este tipo de disyuntivas. En momentos anteriores, gobiernos de distinto signo entendieron que, cuando hay una carta competitiva en organismos internacionales, lo que está en juego no es la simpatía ideológica, sino la influencia del país.

Sebastián Piñera respaldó a José Miguel Insulza para la OEA y Gabriel Boric apoyó a Andrés Allamand para la Secretaría General Iberoamericana. En ambos casos, el cálculo fue simple: el cargo no es del gobierno de turno, es de Chile.

Aquí, en cambio, se optó por lo contrario: subordinar la política exterior a la contabilidad doméstica. Se suele ocupar de ejemplo el caso de Claudio Grossman, donde el Presidente decidió no apoyarlo por razones atávicas, pero ese empate es el peor de las situaciones.

La explicación oficial intentó vestir la decisión de racionalidad estratégica: dispersión regional, falta de viabilidad, diferencias con actores clave. Pero el propio desarrollo de los hechos desmiente esa tesis. Bachelet sigue en carrera con apoyos relevantes como Brasil y México. Es decir, no se bajó una candidatura muerta; Chile se bajó de una candidatura viva.

Ahí la teoría de juegos se aplica bien para entender el error de la jugada. Si Chile apoyaba a Bachelet, maximizaba su payoff: en el mejor escenario, contribuía a posicionar a una chilena en la cima del sistema multilateral; en el peor, perdía sin costo reputacional relevante, habiendo defendido un activo propio.

Al retirarle el apoyo, en cambio, el gobierno eligió una estrategia dominada. Porque ahora enfrenta dos escenarios igualmente malos: si Bachelet avanza o incluso gana con el respaldo de otros países, Chile queda en ridículo, marginado de un eventual triunfo de una expresidenta propia. Y si su candidatura se debilita, La Moneda habrá renunciado a su mejor ficha sin haber asegurado ninguna alternativa superior, quedando eventualmente forzada a respaldar a Grossi sin capacidad de incidir.

En términos ajedrecísticos, sacrificó la reina para salvar al caballo de Milei y eso es derrota segura en cualquier tablero. Para qué decir el tapabocas que le habría dado a la oposición con ese gesto, que estaba alzada en el Congreso por el alza de precio de los combustibles.

A eso se suma un problema de relato. La abogada internacionalista Paz Zárate planteó, tras las declaraciones del propio Presidente vinculando la decisión con Haití y la migración, el argumento de Cancillería quedaba reducido a un “artificio irrelevante”.

El bulo de la migración haitiana se parece mucho a los informes falsos que le pusieron a Napoleón, pues en su gobierno se empezó a exigir visa de entrada para detener el flujo de inmigrantes y se llevó a los tribunales a la línea aérea y la agencia que se dedicaba al tráfico de personas.

Y luego está la opinión pública, en la semana más combustible que se recuerde en un buen tiempo. La encuesta Descifra publicada por La Tercera mostró que 52% está en desacuerdo con quitarle el apoyo a Bachelet, 51% respalda su candidatura y 53% cree que la decisión afecta negativamente la imagen internacional de Chile. No sirve el argumento que se optó por una decisión de Estado y no populista como en el caso de los combustibles, porque es exactamente lo contrario.

Queda, sin embargo, una hipótesis más inquietante. Que esta no haya sido una decisión autónoma, sino inducida. Que alguno de los actores con poder de veto en el sistema internacional haya sugerido que bajaran la candidatura.

Si ese fuera el caso, la lectura cambia por completo: ya no estaríamos ante un error de cálculo interno, sino ante una señal de debilidad externa, de un país que ajusta su política exterior a presiones que no controla.

Pero si no es así, si no hubo tal advertencia, entonces la conclusión vuelve al punto de partida de Fouché y Zweig. No se trató solo de un acto inmoral, sino de algo peor: una decisión inútil y cara.