Chile ha conocido estos lugares, los ha habitado y, en ocasiones, los ha superado. Pero cada vez que emergen, recuerdan que incluso los sistemas más estables pueden, bajo ciertas condiciones, transformarse en Jerusalén.

Paul Johnson refirió a Jerusalén en su “Historia de los judíos” como la ciudad más nerviosa del mundo. Son ya más de dos mil años de nerviosismo intenso y creciente, de esperanzas y de ásperas decepciones.

El nerviosismo de una ciudad es una condición de tensión permanente caracterizada por alta inestabilidad, sensibilidad extrema a los acontecimientos y presencia constante de conflictos o amenazas, donde la vida social y política se desarrolla bajo un estado de alerta continuo.

Podemos profundizar la idea de “ciudad nerviosa” en el sentido que sugiere Paul Johnson incorporando un elemento decisivo: el peso acumulado de la historia como factor activo del presente. Jerusalén no es nerviosa solo por lo que ocurre en ella, sino por todo lo que ha ocurrido y sigue operando simbólicamente en cada acontecimiento. En este sentido, el nerviosismo no es simplemente tensión actual, sino tensión históricamente sedimentada.

Una ciudad se vuelve verdaderamente nerviosa cuando los eventos que allí suceden no pueden ser leídos únicamente en su contexto inmediato, sino que reactivan capas profundas de significado histórico. En Jerusalén, cada conflicto —por mínimo que sea— no se interpreta como un hecho puntual, sino como parte de una secuencia milenaria. Esto introduce un elemento singular: el presente no tiene autonomía. Está permanentemente “habitado” por el pasado.

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Ese pasado no es homogéneo ni unificado. Está compuesto por múltiples tradiciones que no solo coexisten, sino que compiten por el derecho a definir el sentido legítimo del lugar. Jerusalén es simultáneamente sagrada para el judaísmo, el cristianismo y el islam, tres sistemas religiosos con pretensiones universalistas. Cada uno de ellos no solo interpreta la ciudad, sino que la inscribe en una narrativa total del mundo. Esto genera una sobrecarga simbólica única: el espacio físico es pequeño, pero el significado que contiene es prácticamente infinito.

Aquí el nerviosismo adquiere una dimensión distinta: no es solo reacción a estímulos, sino respuesta a la importancia de lo que está en juego. Jerusalén es nerviosa porque lo que ocurre en ella importa desproporcionadamente. Importa teológicamente, históricamente, civilizatoriamente. Es una ciudad donde los conflictos no son percibidos como locales, sino como eventos con consecuencias universales.

Esto se explica también por su posición histórica. Jerusalén se sitúa en una zona que, durante siglos, funcionó como límite y punto de contacto de grandes formaciones imperiales. Fue frontera oriental del mundo romano, espacio de transición entre lo que posteriormente se configuraría como “Occidente” y las civilizaciones de Asia. En ese sentido, no es solo un lugar geográfico, sino un umbral civilizatorio.

Autores como Edward Gibbon han mostrado cómo las tensiones religiosas en esta región influyeron en la transformación del Imperio romano, mientras que historiadores contemporáneos han destacado el rol de Jerusalén en la configuración de las religiones abrahámicas como sistemas de alcance global. La ciudad, por tanto, no solo refleja la historia: la produce y la condensa.

Este carácter se mantiene hasta el presente, aunque con una transformación importante. En los conflictos contemporáneos de Medio Oriente, la violencia y la muerte no siempre se concentran en Jerusalén. Los principales escenarios bélicos han estado en otros territorios: Siria, Irak, Gaza, Irán hoy por hoy (aunque también Israel). Sin embargo, Jerusalén conserva una centralidad simbólica que excede su rol operativo inmediato.

Un punto de referencia

Esto es clave: Jerusalén no necesita ser el lugar donde ocurre la mayor violencia para ser el epicentro del significado del conflicto. Funciona como un punto de referencia, un lugar donde se proyecta el sentido de lo que ocurre en toda la región. El centro militar de los conflictos no están en Jerusalén, pero sí es el centro semántico. Ahí se juega la verdad y, con ello, la vida. Tres religiones la han declarado propia y santa. Y de ello, de esa disputa, no ha salido mucho más que sangre. Pero no estamos aquí para hacer un discurso moral.

Desgraciadamente los límites del mundo no están en los límites de los valores más altos. Y por eso es necesario decir que Jerusalén representa hoy algo aún más complejo: no solo un límite histórico entre Oriente y Occidente (como lo era en la época del Imperio Romano, en la época de Cristo por supuesto), sino un espacio que marca los límites de la capacidad operativa de Occidente mismo. Las intervenciones occidentales en Medio Oriente —desde el siglo XX hasta hoy— han mostrado dificultades persistentes para estabilizar la región. Jerusalén, en este sentido, simboliza el punto donde los marcos políticos, militares y culturales occidentales encuentran resistencias profundas.

Pensadores como Samuel Huntington, más allá de las críticas a su enfoque, han señalado la persistencia de fracturas civilizatorias en esta región. Jerusalén aparece entonces como un lugar donde esas fracturas no solo se manifiestan, sino que se vuelven irreductibles. Así, el nerviosismo de Jerusalén puede entenderse como el resultado de tres fuerzas que convergen: la acumulación histórica, la densidad simbólica y la relevancia civilizatoria.

Es una ciudad donde el pasado no pasa, donde el significado no se estabiliza y donde lo que ocurre tiene siempre la posibilidad de adquirir un alcance global. Como en toda ciudad que imita a Jerusalén, cosa no infrecuente, el futuro es una carga tan pesada como el pasado, ya sea una promesa u otra, ya sea tierra prometida, ya fuese catástrofe restauradora o una victoria definitiva (es decir, la sangre del otro).

En consecuencia, hablar de Jerusalén como una ciudad nerviosa no es solo describir su estado, sino reconocer su función: es un lugar donde la historia se mantiene abierta, donde los conflictos no se cierran y donde el mundo, en cierto sentido, sigue discutiéndose a sí mismo.

Pero aunque usted no lo crea, esta columna no es para hablar de Jerusalén. Pienso que esta ciudad, su nerviosismo, viene a tono para comprender nuestro presente en el mundo y nuestro presente en Chile. Y es que Jerusalén no nació nerviosa; se volvió nerviosa. Y desde que ello ocurrió, eso no ha cesado.

En lo que dura nuestra referencia habitual, desde la Grecia clásica hasta ahora, Jerusalén ha sido destruida al menos 2 veces, asediada más de 20 veces, capturada o recapturada más de 40 veces y atacada decenas de veces adicionales. Es difícil decir cuántas guerras, pero son más de 30. Y episodios de alta gravedad, al menos 50.

Y ese tránsito no ocurrió de golpe, sino como una acumulación lenta, casi imperceptible, de capas de sentido que nunca lograron integrarse del todo. En sus orígenes, la ciudad fue un centro religioso intensamente cohesionado, donde el vínculo entre territorio, divinidad y comunidad estaba ordenado por una estructura simbólica clara. El Templo no era solo un edificio: era el eje que absorbía y organizaba la energía social. Allí, la relación entre energía y significado encontraba una forma de estabilidad.

Sin embargo, esa estabilidad tenía una condición: la clausura. Jerusalén era estable en tanto lograba mantener relativamente cerrada su matriz simbólica frente a influencias externas. Pero esa condición comenzó a erosionarse cuando el mundo circundante dejó de ser una suma de particularismos y comenzó a transformarse en un sistema universalizante. La irrupción del mundo helenístico no solo trajo ejércitos o administración; trajo una nueva forma de comprender el mundo, una gramática distinta del sentido. Y con ello, Jerusalén dejó de ser un sistema cerrado. Su mundo se globalizó y gobernar no era lo mismo. Y el concepto de igualdad inundó su mundo y la idea de ser ciudadanos del mundo (griega) puso en cuestión el culto a la divinidad que imperaba.

El conflicto que emergió entonces no fue meramente político, sino ontológico. No se trataba de quién gobernaba, sino de qué significaba vivir correctamente (ese fue Cristo). La tensión entre helenizantes y tradicionalistas no era una disputa superficial, sino una fractura en la estructura misma del significado. Por primera vez, la energía del conflicto dejó de estar en la frontera y se instaló en el interior del sistema simbólico. Jerusalén comenzaba a experimentar lo que podríamos llamar una primera forma de nerviosismo: la imposibilidad de sostener una unidad de sentido.

La revuelta macabea fue, en este sentido, menos una rebelión que un intento de restauración simbólica (los gobernantes griegos proscribieron en la práctica la religión judía). Los macabeos ganan la disputa, pero ese esfuerzo, aun cuando exitoso en lo inmediato, dejó una huella irreversible, ya que el sistema ya había sido expuesto a su propia fragilidad. Desde entonces, Jerusalén no volvió a ser completamente una.

Con la llegada del dominio romano, esa fragilidad se intensificó. La ciudad se fragmentó en múltiples corrientes que ya no compartían un mismo horizonte interpretativo. Fariseos, saduceos, esenios y zelotes no eran simplemente grupos; eran versiones incompatibles del mundo. Cada uno proponía una forma distinta de relación entre ley, poder y trascendencia. El sistema simbólico ya no podía absorber la energía: la multiplicaba.

En ese contexto emergió el cristianismo, no como un elemento externo, sino como una mutación interna del propio sistema. La figura de Jesús de Nazaret introdujo una nueva lógica: la universalización del mensaje, la posibilidad de que lo sagrado no estuviera confinado al espacio del Templo. Jerusalén, entonces, dejó de ser solo el centro de un mundo para convertirse en el origen de múltiples mundos.

La destrucción del Segundo Templo en el año 70 d.C. no fue solo un evento histórico; fue una dislocación estructural. El núcleo material que organizaba el significado desapareció, pero el significado no se extinguió. Se dispersó. El judaísmo se reconfiguró, el cristianismo se expandió y, siglos más tarde, el islam incorporó la ciudad a su propio sistema simbólico. Jerusalén comenzó a albergar no uno, sino varios universos de sentido, todos absolutos, todos incompatibles, todos anclados en el mismo espacio.

Desde entonces, la ciudad se transformó en un sistema de sobrecarga semiótica. La energía no disminuyó; aumentó. Cada capa histórica no reemplazó a la anterior, sino que se sumó a ella. El resultado fue una acumulación sin síntesis.

Este nerviosismo no es simplemente conflicto. Es una condición en la que el sistema permanece en estado de excitación permanente.

Jerusalén no es un caso, es un tipo de caso

Pero lo más interesante es que Jerusalén no es solo un caso singular. Es también un modelo. A lo largo de la historia, han emergido situaciones que replican, a menor escala, esta lógica: espacios reducidos donde se condensa una disputa mayor, donde el conflicto adquiere una intensidad desproporcionada respecto del tamaño del territorio. Lugares donde parece jugarse algo mucho más grande que lo que allí ocurre.

Podemos pensar en Belfast y la frontera invisible de los barrios entre católicos y protestantes, donde una calle podía condensar siglos de conflicto; en la Explanada de las Mezquitas en la propia Jerusalén contemporánea; en la plaza Tahrir en El Cairo durante la Primavera Árabe; o en el Maidan de Kiev, donde un espacio urbano se transformó en símbolo total de una disputa nacional e incluso geopolítica. En cada uno de estos casos, el territorio se convierte en un nodo de condensación simbólica extrema.

En Chile, este fenómeno tuvo una expresión particularmente nítida en la estatua de Baquedano —o Plaza Italia— durante el estallido social. Cada viernes, la ocupación del lugar se ritualizaba, convirtiendo ese punto en el escenario donde se disputaba el sentido completo del orden social. La estatua misma, intervenida una y otra vez, funcionaba como soporte material de esa batalla simbólica. Cada semana la policía y la protesta se jugaban el control de un dios que antes no existía, todo se había politizado, dominar a Baquedano era señal de triunfo. Piñera se siente allí en la pandemia, vuelve Baquedano con Kast.

A estos fenómenos podemos llamarlos escenarios Jerusalén, en tanto una categoría compleja, donde cada acto tiene un significado intenso y politizable. Son situaciones en las que un conflicto general se condensa en un espacio mínimo, produciendo la sensación de que allí, en ese fragmento reducido de territorio, se juega la totalidad del sentido. No se trata solo de intensidad, sino de densidad, ya que el lugar deviene totalidad. Y en esa condensación, el nerviosismo deja de ser una propiedad de una ciudad para convertirse en una forma específica de organización del conflicto contemporáneo.

Un metro puede no ser un metro, sino la frontera entre la fe y el paganismo.

Chile no ha sido, en su historia, una Jerusalén permanente. No ha vivido bajo un régimen continuo de sobrecarga simbólica ni ha estado condenado a una excitación estructural constante. Sin embargo, en ciertos momentos precisos —escasos, intensos, decisivos— el país ha experimentado episodios donde la energía social se desborda, el significado se fractura y, sobre todo, el sistema global irrumpe con tal fuerza que el conflicto interno deja de ser simplemente nacional. En esos momentos, Chile deja de ser un país y se convierte en un escenario Jerusalén.

El primer gran antecedente de esta condición (dejando de lado las etapas incipientes de la república, naturalmente inestables) aparece en la guerra civil de 1891, bajo la presidencia de José Manuel Balmaceda. A simple vista, el conflicto podría interpretarse como una disputa institucional entre el Ejecutivo y el Congreso. Pero esa lectura es insuficiente. En realidad, lo que estaba en juego era la relación entre el Estado y el naciente capitalismo global.

El salitre, recurso estratégico en la economía mundial, conectaba a Chile con el sistema financiero internacional, especialmente con intereses británicos. Balmaceda encarnaba una tentativa de soberanía estatal sobre ese recurso, mientras sus opositores representaban una articulación más permeable al capital transnacional. La guerra civil, entonces, no fue solo interna: fue la expresión local de una tensión global.

Ese momento, sin embargo, aún no alcanza la forma plena de Jerusalén. La energía fue alta, sin duda; la violencia, real; la ruptura institucional, total. Pero el sistema de significados no se fragmentó completamente. Las élites en disputa compartían, en última instancia, una matriz cultural común. El conflicto era profundo, pero no ontológicamente incompatible. Aun así, 1891 inaugura algo decisivo: la posibilidad de que Chile funcione como un punto de condensación de tensiones del sistema mundioal.

Ese patrón se vuelve más evidente en el ciclo de crisis entre 1924 y 1932. Durante estos años, Chile atraviesa una secuencia vertiginosa de transformaciones: caída del parlamentarismo, irrupción militar, gobiernos de excepción, crisis económica y experimentación política radical. La figura de Carlos Ibáñez del Campo sintetiza, en parte, esta etapa de reconfiguración. Pero lo verdaderamente determinante no está solo en la política interna, sino en la irrupción de la Gran Depresión, que desarticula el modelo económico exportador y pone en cuestión las bases del orden liberal.

Aquí, por primera vez, Chile experimenta una forma de nerviosismo que no proviene únicamente de sus propias tensiones, sino de una crisis global que desestructura sus equilibrios internos. Sin embargo, este momento carece de un elemento clave: la condensación simbólica territorial. El conflicto está en todas partes, pero no se concentra en un lugar específico donde se juegue el todo. Es, por así decirlo, una Jerusalén difusa, extendida en el tiempo y el espacio.

El caso más cercano a una Jerusalén plena ocurre entre 1970 y 1973, durante el gobierno de Salvador Allende y el posterior golpe que redundará en los gobierno de la junta y de Augusto Pinochet. Aquí, todas las condiciones se alinean de manera excepcional. La energía social alcanza niveles máximos: movilización permanente, polarización extrema, violencia política creciente. El sistema de significados se fractura completamente, ya que dos proyectos de sociedad incompatibles disputan la legitimidad del orden. Y, sobre todo, la irritación global es directa y estructurante: la Guerra Fría convierte a Chile en un nodo estratégico de una disputa planetaria.

En ese contexto, el territorio chileno deja de ser simplemente nacional. Los cordones industriales, las tomas de terrenos, las marchas en el centro de Santiago se transforman en espacios donde se juega no solo el futuro del país, sino el sentido mismo de dos modelos de civilización. Chile se vuelve, por un breve pero intenso período, una Jerusalén estructural, es decir, un lugar donde la historia mundial se condensa en un espacio concreto.
Tras el golpe, el régimen militar logra, mediante la fuerza, reducir la energía social y reordenar el sistema de significados. Pero esa estabilización no elimina la posibilidad del nerviosismo; la contiene. Las protestas de los años ochenta reactivan parcialmente la energía, pero lo hacen en un marco más definido: hay un adversario claro, una estructura de poder identificable. La complejidad simbólica es menor. No hay múltiples sistemas de sentido en disputa, sino una oposición a un orden dominante. Por ello, este período no alcanza la condición Jerusalén.

El ciclo abierto en 2019 introduce una nueva forma de nerviosismo, distinta a la de 1973. El estallido social despliega una energía masiva, difusa, difícil de canalizar. Pero, a diferencia del pasado, no existe un único sistema alternativo de significado. Lo que emerge es una fragmentación radical: múltiples demandas, múltiples lenguajes, múltiples interpretaciones del malestar y las derechas y las izquierdas explotando en experimentos y rutas antes desconocidas. El sistema no enfrenta una alternativa, sino una proliferación de ellas.

En este contexto, aparece con claridad la figura del escenario Jerusalén. La Plaza Baquedano —rebautizada simbólicamente como Plaza Dignidad— se convierte en el punto donde se condensa el conflicto. Cada viernes, la ocupación del espacio se ritualiza. El lugar deja de ser un punto urbano para transformarse en un nodo simbólico total. Allí, en ese espacio reducido, se juega el sentido completo de la crisis. La estatua intervenida, las banderas, los enfrentamientos, todo adquiere una densidad que excede el lugar mismo.

Este fenómeno no es exclusivo de Chile. La historia reciente ofrece múltiples ejemplos: la plaza Tahrir en El Cairo durante la Primavera Árabe, el Maidan en Kiev, ciertas calles de Belfast durante el conflicto norirlandés, o incluso espacios específicos en Jerusalén contemporánea como la Explanada de las Mezquitas. En todos estos casos, el conflicto general se condensa en un punto específico, produciendo una intensificación simbólica extrema.

Lo que distingue a Chile, sin embargo, es su capacidad histórica de reabsorción. A diferencia de Jerusalén, donde la sobrecarga simbólica se mantiene en el tiempo, Chile tiende a reconstruir marcos de estabilidad tras los momentos de crisis. Sus Jerusalén son episódicas, no permanentes. Aparecen cuando el sistema se ve atravesado por tensiones globales y fracturas internas simultáneamente, pero no logran instalarse como condición estructural.

Podemos decir, entonces, que Chile funciona como un sensor periférico del sistema-mundo. No genera por sí mismo las grandes fracturas, pero las registra, las amplifica y, en ciertos momentos, las condensa. Sus momentos Jerusalén no son anomalías, sino indicadores de que el orden global está en proceso de transformación.

En este sentido, los escenarios Jerusalén permiten observar que el conflicto contemporáneo ya no se organiza únicamente en grandes escalas, sino que se territorializa en puntos mínimos de alta densidad simbólica. Lugares donde lo local y lo global se superponen, donde el espacio se vuelve significado y el significado se vuelve disputa. Chile ha conocido estos lugares, los ha habitado y, en ocasiones, los ha superado. Pero cada vez que emergen, recuerdan que incluso los sistemas más estables pueden, bajo ciertas condiciones, transformarse en Jerusalén.

Chile no ha superado el estallido, nuestra Jerusalén que ya cumple siete años y que guarda en sus entrañas algo de nosotros que falló radicalmente. Tampoco está claro qué sería exactamente superarlo. Felizmente está lleno de gente que tiene muy claro qué hacer con esta historia reciente. Según ellos todo está muy claro. Ya quisiera yo tener ese optimismo.