La imagen que se exhibe es la de un agotamiento contagioso.
La Unión Europea, la experiencia más exitosa en favor de la paz de los últimos siglos, está en peligro. Institución septuagenaria creada como “Comunidad Europea del Carbón y del Acero”, es el fruto de la reconciliación franco alemana de la postguerra.
Sus éxitos económicos, sociales y políticos constituyen sus activos principales, pero su resultado mayor es haber creado las condiciones para una paz duradera entre las naciones europeas. Más allá de los principios de libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas de sus tratados constitutivos, así como de aquellos de su extensa normativa complementaria, su objetivo primordial es la paz.
Su organización es compleja y, suele ser objeto de críticas. Hoy está integrada por 27 países, que, compartiendo una geografía común, son de culturas y grados de desarrollo económico y social diferentes. Ponerlos de acuerdo a todos, o lograr mayorías ponderadas para las decisiones, no es empresa fácil.
Además, la Comisión, órgano ejecutivo principal, ha tenido tendencia a burocratizar sus procedimientos y extender sus prerrogativas, lo que ha provocado un alejamiento entre las instancias de decisión y la población.
Con todo, la UE es un espacio económico de 450 millones de habitantes, el segundo exportador e importador mundial y, sobre todo, la principal referencia planetaria de la democracia.
Sin embargo, a la luz de acontecimientos más recientes, cabe hacerse la pregunta: ¿Seguirá siendo así por mucho tiempo?
Algunos factores endógenos de la crisis
Dentro de los factores que provocan la crisis de diferentes dimensiones que evidenciamos, el más ilustrativo pareciera ser la complejidad de sus mecanismos y procesos de decisión, lo que genera descontento y una lenta erosión de su legitimidad. La gobernanza es percibida como tecnocrática y alejada de los ciudadanos.
La Política Agrícola (P.A.C.) ejemplifica lo afirmado. En los países como Francia, Italia, España… con altos costos de producción y una reglamentación medioambiental estricta, los productos agrícolas se vuelven cada vez menos competitivos. Para compensar una producción muchas veces a pérdida, se subvenciona a los agricultores mediante procedimientos que los obligan a pasar más tiempo llenando formularios que trabajando el campo. El reciente tratado firmado con el Mercosur, incrementará esta dinámica. De ahí en parte las masivas protestas en algunos países.
Dentro del plano político, el desgaste de la UE es explotado por movimientos nacionalistas hostiles a la integración, argumentando pérdida de soberanía nacional. Estos se sitúan a la extrema derecha y se muestran favorables o complacientes con la Rusia de Putin. Algunos partidos de izquierda dura (…donde aún subsisten…) manifiestan posiciones algo análogas, haciendo hincapié en el “modelo neoliberal” imperante en la Unión.
El retiro del Reino Unido, conocido como el Brexit, del que hoy se arrepiente la mayoría de los británicos, fue un golpe duro para la dinámica implementada durante varias décadas. Los acuerdos posteriores alcanzados en materia de pesca, defensa y control fronterizo, no compensan la ausencia británica.
A esto habría que agregar factores más profundos, como el envejecimiento de la población, el endeudamiento para mantener un sistema social cada vez más costoso, un fenómeno migratorio desregulado y una cierta falta de liderazgo en Alemania y Francia, países pilares de la Unión.
La política de apertura de la canciller Angela Merkel y su acercamiento a Rusia y China, contribuyeron a alejar a la UE de algunos de sus objetivos. El liderazgo asumido después por Emmanuel Macron se ha visto perjudicado por la inestabilidad política de Francia y el incremento de su deuda pública.
La descomposición y polarización de las opciones políticas en estos dos países, ha favorecido el cuestionamiento a las instituciones, fenómeno éste que traspasa las fronteras nacionales. De llegar a gobernar el RN (partido de extrema derecha) en Francia, o que AfD (su homónimo germano) integrara una coalición de gobierno, por ejemplo, se pondría en peligro existencial a una organización que viene enferma de cuidado.
Finalmente —aunque menos importante—, la posición del Primer ministro húngaro, Viktor Orban, con relación a Ucrania y Rusia, y su afán por bloquear las decisiones y acuerdos de la Unión, es también un factor que agudiza la crisis. Paradoja: las extremas derechas europeas en las que está inserto el líder húngaro, favorecen tanto las ambiciones de Trump, como las pretensiones de Putin; o sea, debilitar a la UE.
Expuesto todo aquello, lo que más pareciera haber provocado la actual urgencia son los golpes externos recibidos por parte de Donald Trump.
Los factores que agudizan la crisis
No es impresión, sino certeza: el modelo de la UE molesta al actual gobierno norteamericano, su aliado histórico y principal. Así lo expresan sus dirigentes con declaraciones y acciones, cual de todas más agresivas y humillantes.
Los aumentos de aranceles marcaron el inicio de un quiebre ante el que, tanto la Comisión como los gobiernos tardaron en responder. Al cabo de un año se observa que hay mucho de bluf amenazante en Donald Trump, pero que provoca nerviosismo en inversores y mercados. La reglamentación a la IA e impuestos a las compañías americanas como Amazon, Google y otras en Europa, agudizan una crisis que va más allá de lo comercial.
La guerra de Ucrania, en la que los EEUU soportaba un alto costo, junto al rol de la OTAN, han sido otro flanco de polémicas y desencuentros. Hoy, son los países de la europeos quienes financian lo esencial de la ayuda militar a Ucrania e incrementan considerablemente sus presupuestos de defensa; muchos de ellos, provocando un aumento de su deuda y reduciendo gastos sociales.
Los deseos de Trump de hacerse de Groenlandia fue un reciente terreno de conflicto. Esta vez, en forma unida, los principales Estados europeos apoyaron a Dinamarca e hicieron retroceder, al menos provisoriamente, la descontrolada codicia del gobernante americano.
Las declaraciones de desprecio hacia Europa y su cultura, así como los insultos a algunos de sus gobernantes, las sanciones a altos funcionarios e instituciones, las humillaciones a Ucrania y el acercamiento infructuoso a Putin…encuentran a una UE con estrategias de respuesta divididas. Hoy, la nueva política de defensa para enfrentar las ambiciones imperiales rusas parece ser más bien un muro de contención que un camino común de futuro.
Los esfuerzos por reindustrializar Europa, repatriando capitales y generando nuevas inversiones, junto a una política de defensa común, independiente de los “diktat” norteamericanos, propiciadas por Macron, no cuentan aún con un apoyo sólido por parte del canciller alemán, lo que se traduce en la paralización de proyectos de defensa integrada que esperan decisiones.
Los países orientales periféricos, actores de primera línea de una eventual confrontación bélica con Rusia, se preparan a lo peor. Más pragmática que ideológica, Meloni parece privilegiar la relación personal con Trump y se aleja de las grandes decisiones de la Unión, mientras el gobierno español, con una lectura de política interna, y prisionero de las contradicciones de su coalición, se muestra inoperante.
La decadencia de la UE se agudiza con una lectura política no siempre compartida por sus miembros. En ella, la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha buscado llenar el vacío de liderazgo, no siempre de manera acertada, y con insuficiente legitimidad para hacerlo.
Esta crisis multifacética retrata a una gran institución que parece encontrarse en la UCI: con sus países fundadores endeudados y poco cohesionados, carentes de respuesta ante los extremos políticos que amenazan la democracia, desintegrados socialmente algunos, y empobrecidos los otros. La imagen que se exhibe es la de un agotamiento contagioso.
Sin un nuevo proyecto unificador, sin objetivos renovados capaces de integrar a generaciones más apáticas que aquellas que adherían a la integración para la paz, será difícil sacar a la UE de su estado de letargo.
Por de pronto, una cierta unificación del sistema de defensa colectiva —propuesta por Francia la semana pasada—, junto a una reforma institucional que permita actuar a la representación política por sobre la tecnocrática, serían fármacos adaptados; al menos, para sacarla de la UCI.
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