El mundo actual es complejo, interdependiente y multipolar. Requiere diplomacia técnica, prudencia institucional y comprensión profunda de los intereses permanentes del Estado de Chile.

La crisis de guerra en Medio Oriente vuelve a tensionar al sistema internacional. Pero más allá de la geopolítica, la pregunta que hoy se hacen miles de familias chilenas es concreta: ¿Cómo impacta esto en nuestro bolsillo?

Lo que ocurre entre Israel e Irán, y que afecta también a Palestina, involucra además a potencias como Estados Unidos. Cuando actores de esa magnitud entran en una dinámica de confrontación, los mercados reaccionan de inmediato.

El primer termómetro es el petróleo. Si el crudo sube, suben los combustibles. Si suben los combustibles, sube el transporte. Y si sube el transporte, suben los alimentos y los bienes básicos. El efecto final es inflación y mayor costo de vida.

Lee también...

Chile importa la mayor parte de los hidrocarburos que consume. Somos una economía abierta, dependiente del comercio exterior y sensible a la volatilidad internacional. Un conflicto prolongado puede fortalecer el dólar, encarecer importaciones y presionar nuevamente los precios internos justo cuando las familias buscan recuperar poder adquisitivo.

No estamos hablando de teoría económica. Estamos hablando del precio del pan, del gas, del pasaje y del supermercado.

Por eso este escenario exige responsabilidad y sentido de Estado.

Las relaciones exteriores son relaciones entre Estados, no entre gobiernos circunstanciales. No pueden manejarse desde impulsos ideológicos ni desde lecturas simplistas del escenario internacional. Chile mantiene vínculos estratégicos con múltiples actores globales, y esa red diplomática es un activo que protege nuestra estabilidad económica.

En este contexto, el próximo gobierno del presidente electo José Antonio Kast, que asumirá en las próximas semanas, tendrá un desafío mayor: conducir la política exterior con profesionalismo, equilibrio y visión estratégica.

No basta con declaraciones categóricas ni con enfoques binarios del tipo “con uno o con otro”. El mundo actual es complejo, interdependiente y multipolar. Requiere diplomacia técnica, prudencia institucional y comprensión profunda de los intereses permanentes del Estado de Chile.

La política exterior no es un espacio para señales ideológicas hacia la galería. Es una herramienta para proteger el empleo, la inversión, la estabilidad de precios y la confianza internacional.

Cuando el mundo se tensiona, un país pequeño y abierto como el nuestro necesita más madurez, no más estridencia. Más análisis técnico, no más simplificación. Más Estado, menos consigna.

Porque en definitiva, cuando el escenario global se desordena, quienes pagan primero son las familias.

Y el deber del gobierno que asumirá en las próximas semanas es garantizar que Chile enfrente este nuevo ciclo internacional con seriedad, equilibrio y una política exterior que esté a la altura de los desafíos económicos y humanos de nuestro tiempo.