La soberanía no se declama según la conveniencia del momento ni se ejerce con calculadora ideológica. Se defiende siempre, frente a todos y con la misma fuerza.

La reciente decisión de Estados Unidos de revocar la visa a tres altos funcionarios chilenos —por el “grave atentado” de tramitar una solicitud de proyecto para una empresa transnacional— abrió un debate que va mucho más allá de un episodio diplomático. Lo que está en juego es algo más profundo: nuestra idea de soberanía y la coherencia con que la defendemos.

En un primer momento vimos gestos de indignación transversal. Era lo lógico: cuando a ciudadanos chilenos se les sanciona sin debido proceso ni explicaciones públicas, lo mínimo esperable es una defensa cerrada del país.

Pero la indignación duró poco. Bastó que el tema se cruzara con China para que algunos pasaran de hablar de dignidad nacional a instalar la sospecha interna, como si reunirse con autoridades de ese país o impulsar un proyecto de inversión fuese, en sí mismo, un acto ilícito.

Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿Desde cuándo la soberanía se mide según el origen del capital? Porque mientras se levantan alertas por un eventual proyecto con participación china, nadie parece recordar que Chile tiene desde 2024 un acuerdo con Google —capitales estadounidenses— para el desarrollo del cable Humboldt en condiciones equivalentes.

Allí no hubo escándalo, ni columnas incendiarias, ni acusaciones de entrega del país. Al parecer, hay inversiones que integran al mundo y otras que lo ponen en riesgo. Todo depende de la geografía del inversionista.

La contradicción es aún mayor si recordamos que proyectos de esta naturaleza fueron promovidos con entusiasmo por el propio expresidente Sebastián Piñera. Es decir, lo que ayer era política de Estado hoy se transforma en amenaza a la seguridad nacional, no por su contenido, sino por quién lo ejecuta. Esa no es una discusión estratégica: es una disputa ideológica disfrazada de patriotismo.

Chile es —y ha sido por décadas— un país abierto al mundo. Su desarrollo depende de su capacidad de vincularse con múltiples actores, de diversificar mercados y de atraer inversión bajo reglas claras.

Convertir esa apertura en un campo de batalla geopolítico interno no solo es miope, sino que además debilita nuestra posición internacional. La política exterior no puede transformarse en un instrumento de trinchera.

Pero hay otro punto igual de relevante. A días de asumir un nuevo gobierno, resulta preocupante ver a quienes aún no se invisten como autoridades comportarse como si ya lo fueran, fijando posiciones que comprometen al Estado antes de tiempo. Gobernar no es comentar la contingencia ni actuar como delegado de intereses externos: es responderle a la ciudadanía que votó por un programa y que espera soluciones concretas en seguridad, crecimiento y bienestar.

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Por eso la metáfora del cable no es menor. Chile necesita conectarse, sí, pero no a la cadena de mando de ninguna potencia. El único cable que debe importar es el que nos une con nuestra propia gente: con quienes esperan que las promesas se transformen en políticas públicas y no en excusas.

La soberanía no se declama según la conveniencia del momento ni se ejerce con calculadora ideológica. Se defiende siempre, frente a todos y con la misma fuerza.

Y esa es una tarea que no admite tutelas ni cables con control remoto. Respetado Pepe, conéctate.